Caramelos & Cenizas

Capítulo 03

Elian bajó las escaleras descalzo. Cada tabla crujió bajo su peso, y el frío del suelo le subió por los pies más de lo que debería en otoño.

05:47 AM. La casa dormía aún, y él llevaba despierto al menos dos horas. Tal vez tres. Otra pesadilla.

Caminó hasta la cocina, esperando encontrarla vacía.

Pero Miriam estaba ahí. Taza de café a medio tomar, laptop abierta. La luz de la pantalla le marcaba sombras bajo los ojos. Ceño fruncido. Sus dedos permanecían suspendidos sobre el teclado, sin escribir.

—No hay monstruos en el refrigerador, por si eso era lo que venías a comprobar.

Se apoyó contra la encimera, las manos planas contra el mármol frío.

—Eso es exactamente lo que diría un monstruo.

Miriam levantó la vista por encima de los lentes. Sonrió, pero la arruga entre las cejas no desapareció. Nunca lo hacía cuando estaba preocupada de verdad.

—Buenos días, sol en mi cielo nublado.

—Tanto optimismo debería ser ilegal.

Ella sonrió.

—Pensé que Kiliam se había quedado.

Sacó la caja de cereal del armario y la dejó sobre la mesa con un golpe seco que resonó más de lo necesario.

—Se fue en la madrugada.

Lo había escuchado levantarse con el mínimo ruido posible, cerrar la puerta sin mirar atrás. Kiliam había esperado que la pesadilla pasara antes de irse, como siempre.

—Le gusta hacer sus entradas y salidas como espía ruso.

Miriam no respondió. Tomó un sorbo de café. Otro. Se quitó los lentes y los limpió con el borde de la camisa.

La miró de reojo. Había visto esa mirada antes. La misma que usó cuando Seth empezó a salir de noche sin avisar. La misma que puso cuando Jess llegó con la primera cicatriz de una pelea.

Miriam no medía el peligro de las personas. Medía cuánto podían romper a los suyos. Y Kiliam podía.

Los dedos de Elian se detuvieron en el asa del refrigerador. Lo abrió. Sacó el cartón de leche y se sirvió sin mirar.

—Relájate. No voy a empezar a escribir poesía triste ni nada de eso.

Miriam lo miró un instante antes de volver a ponerse los lentes.

—Bien. Porque no leería poesía triste antes del desayuno. —Levantó la taza y la mano le tembló—. Tengo estándares.

Se dejó caer en una silla, las patas rasparon contra el suelo rompiendo el silencio artificial que ambos estaban manteniendo.

—¿Y tú dormiste?

—Lo suficiente para seguir respirando.

—¿Noche tranquila?

—Claro.

Miriam sonrió, pero la comisura izquierda no subió del todo. No insistió. Nunca lo hacía cuando mentía sobre las pesadillas.

Elian bajó la vista al bol. Los músculos tensos desde las tres de la madrugada no se habían relajado.

Miriam cerró la laptop con demasiada fuerza. El sonido rebotó en las paredes vacías de la cocina.

—Me llamaron anoche. —Pausa. Respiró—. La policía.

No levantó la vista. No quería ver su cara. Miriam tenía voz rasposa, como si hubiera pasado la noche sin dormir igual que él.

—Van a reabrir el caso.

La cuchara se le resbaló de los dedos. Metal contra cerámica. La leche salpicó la mesa. Un charco pequeño. Ninguno de los dos se movió.

—Pensé que eso ya estaba enterrado.

Su voz. Plana. Como si le hubiera pasado a otra persona.

Miriam apretó los labios en una línea fina.

—Dicen que tienen nuevas pistas. No me dieron detalles.

Diez años.

Se frotó el antebrazo sin pensar. La piel parecía normal. Sin marcas visibles. Pero su cuerpo tenía memoria propia.

El latido se le aceleró. Respiró por la nariz intentando mantener el control. Una vez. Dos. No sirvió.

—Quería que lo supieras por mí.

Asintió. Tragó, y le raspó la garganta. La boca se le había secado de golpe.

—¿Vas a querer hablar con alguien?

Cerró los dedos alrededor de la cuchara. Metal. Presión. El impulso de romper algo le subió por los brazos pero lo contuvo.

—¿Quieres decir con un tipo trajeado que me mire como si fuera una víctima rota o una pieza del rompecabezas que no encaja?

La voz le salió áspera, con un filo que no pretendía pero tampoco pudo contener. Sabor metálico. Se había mordido la lengua sin darse cuenta.

—No, gracias.

—Elian...

—Estoy bien, Miriam.

Ninguno de los dos lo creyó.

—Van a querer que hable, ¿no?

—Tal vez. Pero no tienes que hacerlo. Nadie te va a obligar.

Opciones. Decisión. Las palabras sonaban bien cuando Miriam las decía, como si elegir fuera algo que él hubiera podido hacer alguna vez.




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