Caramelos & Cenizas

Capítulo 04

Sábado por la tarde. La luz del sol entraba por las ventanas sin cortinas, proyectando sombras largas sobre el suelo de concreto. Afuera, el ruido familiar del fin de semana: coches pasando, una pareja discutiendo en la acera de enfrente, alguien cerrando un portazo tres pisos abajo.

El mundo giraba. La gente tenía planes, lugares a los que ir.

Liam llevaba horas sentado en el mismo sofá.

El café en la mesa, frío desde el mediodía. El cuaderno abierto sobre sus piernas. La mano se movió antes de que su cabeza decidiera nada.

El lápiz trazó líneas que ya conocía. Perfil. Ángulo del mentón. Cabello cayendo sobre los hombros. Llevaba haciéndolo desde mediodía: mismas líneas, mismos ojos. Como si su mano se negara a dibujar otra cosa.

Se detuvo.

Los ojos del papel lo miraban de vuelta. Directos. Sin miedo.

Elian no miraba así a la gente.

Dejó el lápiz sobre el cuaderno.

La carpeta negra descansaba a su lado. Johan se la había dado esa mañana. La abrió. Foto escolar. Elian Ashworth. Diecisiete años. Residente en casa de acogida Ashworth. La cerró antes de llegar a la siguiente página.

La boca seguía seca. Desde el despacho de Johan. El sabor a bilis no se iba. Tragó. No ayudó.

Vigílalo. Acércate.

Tres años manteniéndolo invisible. Tres años usando otro nombre. Tres años asegurándose de que Johan nunca viera esa cara. Nunca supiera que existía.

Y ahora Johan le entregaba una carpeta con su foto, con su vida resumida en un par de hojas.

¿Por qué? ¿Qué sabía Johan? ¿Cuánto sabía?

El cuello le ardió. Los anillos giraron. Negro. Plata. Negro. Plata. Los dedos no paraban.

Si Johan ya sabía de Elian, era demasiado tarde. Si no sabía, esta orden lo llevaría directo a él.

No había salida. Ninguna jodida salida.

Negarse era decirle a Johan que Elian importaba. Era entregarle el arma. Era convertir cada visita, cada jodido caramelo, en munición.

Johan no necesitaba saber por qué importaba. Solo necesitaba saber que importaba.

No podía negarse.

Se pasó las manos por la cara. Los dedos le temblaban. Presionó las sienes, fuerte, hasta que dolió.

El apartamento silencioso. Solo su respiración, demasiado rápida, rebotando en las paredes de concreto. El sonido pequeño. Atrapado.

La carpeta seguía sobre el sofá.

Cerró los ojos.

Elian en el sofá de Miriam. La forma en que doblaba las piernas. La manera en que sus dedos jugaban con la envoltura del caramelo sin mirar. El ángulo de su cabeza cuando escuchaba música.

Abrió los ojos. La foto seguía ahí.

Un clic en la cerradura.

La espalda se le puso rígida. Cerró el cuaderno rápido y lo dejó bocabajo sobre la mesa baja frente al sofá.

—Podrías tocar alguna vez.

Elizabeth entró sin esperar respuesta. El abrigo largo, gotas de lluvia en los hombros, sonrisa torcida.

—Deberías conseguir una cerradura decente, hermanito.

—O tú podrías respetar límites.

—No entraría si supiera que estás acompañado.

Alzó una ceja.

—Qué considerada. —La observó de reojo—. Podrías al menos fingir que este lugar tiene cerradura por una razón.

Elizabeth se giró y lo estudió con esos ojos verdes que no perdonaban nada. Se acercó al sofá.

—Y tú podrías fingir que no estás escondiendo nada.

Silencio.

—¿Qué quieres?

—Jarrow.

Directo. Sin rodeos. Se recostó contra el sofá.

—¿Y?

—Está cerca de los Morrell.

Morrell. Política. Trajes caros.

—¿Y eso qué tiene de raro?

—Los Morrell no se mezclan con gente como nosotros. Nunca lo han hecho. Y sin embargo, allí está Jarrow. —Se sentó en el brazo del sofá, a su lado, y tomó el lápiz de su mano sin pedir permiso —. Vera también lo notó. Dice que debemos estar atentos.

Vera Hartwell.

Los dientes se le apretaron. Los anillos giraron otra vez.

—¿Vera vuelve?

—Para el aniversario de mamá. Dice que está demasiado vieja para andar jugando a espía. Quiere estar cerca.

Ocho años atrás. El estudio de su madre con olor a óleo y trementina. Su madre poniendo el pincel en su mano, manchándole los dedos de azul cobalto.

Podrías ser lo que quieras. Pintor. Arquitecto. Libre.

Vera sentada en el sillón de la esquina, tomando té, observándolos en silencio. Johan nunca entraba cuando ella estaba ahí.

Elizabeth le pinchó el brazo con el lápiz, obligándolo a regresar a la realidad.




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