Caramelos & Cenizas

Capítulo 06

Lunes por la tarde. Elian salió de la librería con las manos vacías.

El aire estaba frío. La ciudad rugía a su alrededor: motores, voces, bocinas. Caminaba sin apuro, audífonos colgando del cuello, vista en el suelo.

Tenía demasiados libros en su habitación. Algunos leídos hasta que las páginas casi se deshacían, otros marcados en capítulos olvidados. Pero seguía viniendo. Como si esta vez fuera a encontrar algo diferente.

El móvil vibró en su bolsillo. Lo sacó con los dedos entumecidos.

Se detuvo en la esquina.

—¿Ya me estás rastreando?

Sonrió. Torcido.

—¿Dónde estás?

La voz de Kiliam sonaba pausada. Grave. Sin el filo de otros días.

—¿Qué pasa, te aburriste de jugar a las casitas con tu novia?

—Te estás poniendo celoso, Elian. Me gusta.

—Lo tuyo con el ego es un caso clínico.

Bufó. Las comisuras se le levantaron igual.

Una risa breve del otro lado. Grave.

—Pero… digamos que hoy no tuve compromisos. Pensé en buscarte.

—Qué romántico.

—Lo intento. ¿Dónde estás?

Rodó los ojos.

—Saliendo de la librería de siempre. Y sí, antes de que preguntes, no compré ninguno. Estás autorizado a decir te lo dije cuando llegues.

—Y lo haré. Voy en camino.

—¿Cuánto vas a tardar?

—Estoy a seis minutos. Cuatro si me paso algunos semáforos.

—No te mates por mí, Romeo.

Sonreía a pesar del frío.

—Empiezo a pensar que—

Alguien lo agarró.

El estómago le dio un vuelco. Se tambaleó. El móvil golpeó el suelo.

Hierro helado en su brazo. Lo estrujó. El corazón golpeó errático. La presión lo arrastró hacia el callejón. Las piernas se volvieron cemento.

Soltarse. Tenía que soltarse.

—Shh, tranquilo. No queremos hacer una escena, ¿verdad?

Voz áspera. Desconocida. La piel se le erizó. El agarre apretó más fuerte. Jadeó, corto, trémulo. Tragar aire se había vuelto imposible.

Intentó liberarse. El cuerpo respondió con lentitud. Resbaló un paso hacia atrás, chocó con algo metálico. El sonido agudo se mezcló con el zumbido en su cabeza.

Miró alrededor. Nadie. Solo él y ese extraño.

—Te hemos estado buscando mucho tiempo.

Mucho tiempo.

Buscando.

El aire se le cerró. Siete años de nuevo. El olor a encierro. Oscuridad.

No.

Muévete. Muévete, joder.

Los pies no se movieron.

Atrapado.

Otra vez.

Abrió la boca. Nada salió. Algo se clavó en la garganta.

Los sonidos se apagaron. El mundo se alejó.

Las rodillas cedieron.

El agarre desapareció.

Otras manos lo atraparon antes de que cayera. Firmes. Tibias.

—Elian.

Kiliam.

Parpadeó. La niebla seguía espesa. Las manos sobre él. Presión. Calor. Demasiado contacto.

Tenía que apartarse.

No pudo.

Una mano en su nuca. Otra en su brazo. Las de Kiliam.

Calor donde lo tocaba. Frío en todo lo demás.

Tembló. Los músculos se tensaron. Las piernas no sostenían.

Apartarse.

No podía.

—Mírame.

La voz cortó la niebla.

Jadeó. El aire volvió como una puñalada. Las costillas protestaron.

Kiliam seguía ahí. Voz baja. Insistente.

No entendía las palabras. Solo que eran de Kiliam.

—Estoy aquí... por favor.

Por favor.

Kiliam no pedía. Nunca pedía.

Levantó la vista.

Kiliam estaba cerca. Demasiado cerca.

No se apartó.

Ojos verdes. Fijos. Sin miedo. Sin lástima.

Ahí.

Los dedos encontraron la chaqueta de Kiliam. Se aferraron. La tela se arrugó bajo sus manos.

Calor. Solo calor. El tejido. El olor familiar. Algo que tenía bordes y peso.

No se apartó.

Kiliam.

—•••—•••—•••—

Kiliam conducía cuando la línea se cortó.

Medio segundo de silencio. Luego nada.




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