Caramelos & Cenizas

Capítulo 08

Dejó a Elian en la casa de acogida. La lluvia repicó contra el parabrisas todo el camino de vuelta.

El rostro del tipo no se le borraba de la cabeza.

Cerró la puerta del apartamento. Oscuro. El olor a café frío en la barra. Las sirenas apagadas en la distancia. El seguro hizo clic.

Puso agua a calentar. Mientras esperaba, apoyó los codos en la encimera y dejó caer el peso de la cabeza entre los hombros.

Detrás de los ojos: presión sorda. Llevaba ahí desde las cuatro.

El agua hirvió. Preparó el café. Lo bebió demasiado caliente porque no tuvo paciencia para esperar y le quemó la lengua. Bien. Algo que sentir con claridad.

Se dejó caer en el sofá. Abrió el cuaderno. El lápiz se movió antes de pensarlo.

Línea tras línea. Sin curvas. Sin suavidad.

El rostro emergió. Ojos fríos. Barba descuidada. Cicatriz cortando la mandíbula. Trébol tatuado bajo el ojo izquierdo. Cada trazo: preciso, duro, funcional.

Los dedos se cerraron sobre el papel. Arrugar la página. Romperla. No. Lo alisó contra la mesa. El trébol seguía ahí. Los ojos seguían ahí. Mirándolo. El pulso le latía en las sienes. Una mierda de dibujo. Eso era todo lo que tenía.

El lápiz crujió entre sus dedos. La punta se hundió en el papel.

Solo me dijo que me estaban buscando.

La voz de Elian. Plana. Muerta. Pero las manos temblaban. Los dedos blancos contra el tazón.

Apretó la mandíbula hasta que los dientes crujieron.

El dibujo no bastaba. El tipo seguía vivo.

Cerró los ojos. Respiró.

Guardó el lápiz. Sacó el móvil. Recorrió los contactos.

Se detuvo en un nombre.

Marcó antes de cambiar de opinión. El tono sonó tres veces. Entonces:

—Hartwell. Qué honor. ¿Esto es negocios o extrañabas mi voz?

—Necesito información.

—¿Y qué te hace pensar que estoy disponible?

—Porque lo estás. Siempre que hay algo que puedas usar.

La risa al otro lado. Baja. Íntima.

Los dedos apretaron el móvil. El plástico crujió.

—Touché. Me conoces demasiado bien, Liam. Es sexy y aterrador a la vez.

Se apretó el puente de la nariz. Tres segundos. Cuatro. Respiró. El anillo negro giró una vez. Dos.

—Quiero que encuentres a un hombre. Alto. Cicatriz en la mandíbula. Ojos muertos. Tatuaje de trébol bajo el ojo izquierdo. Se mueve en tu mierda.

—Oh, hay alguien más. Me rompes el corazón.

Cerró los ojos.

—No empieces.

—Tan poco cariñoso. Y yo que me arriesgo tanto por ti. —Noah se quedó en silencio. Calculaba—. Pero está bien. Puedo buscarlo.

—Lo necesito esta noche.

Escuchó el chasquido de lengua al otro lado.

—Apurado, frío… ¿Alguien te importa, Hartwell?

La mandíbula se le tensó. Silencio. Noah esperaba respuesta. No la tendría.

—Hazlo rápido.

—De acuerdo. Pero me debes una. No acepto gracias. Algo más íntimo. Un secreto. Algo que pruebe que tienes sangre.

Cortó. Sin una palabra. Sin promesas.

Arrojó el móvil al sofá. Se pasó una mano por la cara. El retrato sobre sus rodillas.

Noah lo encontraría. Tenía contactos. Recursos.

Y si Liam lo pedía, significaba que Johan no podía saberlo.

Noah no necesitaba más razones.

• • •

Bajó del coche. El concreto cuarteado crujió bajo las botas. Charcos. Farolas apagadas. Avanzó por callejones donde el aire olía a metal y orina. El frío le calaba los huesos.

Noah lo esperaba bajo un letrero de neón roto, el cigarrillo entre los labios, los ojos entornados.

—Llegas tarde, cariño.

—¿Lo encontraste?

Noah se empujó de la pared y algo cambió en su rostro. La burla se evaporó.

—Sí. Solo que… está un poco muerto.

El aire se le atascó en la garganta. Los dedos buscaron los anillos. Un giro. Dos. Mantuvo el rostro inmóvil.

—¿Muerto?

—Más que muerto. Pulcro. Limpio.

Noah dio la primera calada y el humo se arrastró hacia la luz del neón, azul y denso.

—Tan limpio que parecía una jodida obra de arte. Pero estuve allí. Pólvora. Perfume caro. ¿Te suena?

Cerró los puños en los bolsillos. Mierda. Presionó los anillos contra la articulación.

Las botas de Noah chapotearon en un charco. Más cerca.

—¿Quién demonios era ese tipo para ti?

—Nadie.

Noah inclinó la cabeza y la luz del neón tiñó la mitad de su rostro de azul eléctrico.




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