Caramelos & Cenizas

Capítulo 09

El motor estaba apagado. El reloj del tablero marcaba las 03:14 AM.

Frío del volante bajo las palmas. Los dedos entumecidos por la presión. El parabrisas cubierto por la humedad de la madrugada. Más allá, las luces tenues de la casa de Miriam. Tercera ventana a la izquierda, segundo piso. Luz apagada.

Elian dormía. O lo intentaba.

Apoyó la frente contra el volante. El metal helado contra la piel. Respiró hondo. El vapor chocó contra el cristal. Afuera, la calle vacía. Ni un coche. Ni un sonido.

¿Quién lo mató?

No fue la policía. No fue casualidad. Fue limpieza. Y si están limpiando, alguien quiere borrar rastros. Y si borran rastros—

El estómago se le revolvió. Cerró la boca. Respiró por la nariz. Despacio.

Elizabeth tenía razón. Los registros de Elian apestaban. Huecos. Parches. Líneas reescritas con demasiado cuidado. Alguien lo necesitaba invisible. El cuero del asiento crujió. Los hombros tensos. Respirar dolía.

Respuestas. Para conseguirlas, tendría que preguntarle. ¿Quién eres, Elian? ¿Quién te necesitaba invisible? Pero no podía preguntarle. No sin antes decirle la verdad.

¿Y cómo se lo decía? ¿Cómo empezaba eso? Soy Liam Hartwell. Heredero. Asesino. Hijo del hombre que construyó un imperio sobre cadáveres. Se frotó el rostro con fuerza.

Elian lo miraría diferente. Lo miraría y vería la mentira. Todo. Desde el primer día. Cada conversación. Cada caramelo. Cada momento en que lo llamó «Kiliam» sin saber que ese nombre era solo una máscara.

Se clavó las uñas en las palmas.

Pero Kiliam era real. Con Elian no actuaba. No fingía. No calculaba. Las manos le temblaban. Las metió en los bolsillos.

Ocultarlo. Perderlo. Las dos únicas opciones. Ambas equivocadas.

Las manos buscaron los anillos. El metal no bastó. Levantó la cabeza. Miró la ventana apagada.

Abrió la puerta. Bajó sin ruido. Las botas apenas crujieron sobre el pasto húmedo. El frío de la madrugada le golpeó la cara. Caminó hacia el árbol. El ascenso fue rápido. Las manos sabían dónde agarrarse. Los pies, dónde pisar. Las ramas crujieron apenas. Deslizó el vidrio. Mal cerrada, como siempre.

El aire del cuarto le golpeó. Más cálido que afuera. Olor a sábanas limpias y algo más: Elian.

Entró. Mantas desordenadas. Almohada torcida. Elian. Tendido. Ojos abiertos, fijos en el techo. No se giró.

Se apoyó contra la pared. La luz de la farola dibujaba sombras sobre el suelo, sobre las sábanas. Desde ahí lo observó. Las ojeras. La respiración controlada. Como si cada inhalación requiriera decisión. Las manos aferradas a la manta. Los nudillos blancos.

No podía preguntarle ahora. No cuando acababa de salir del borde. Mañana. Cuando esté mejor. Los brazos cruzados se le tensaron. ¿O cuando yo pueda manejarlo? Apartó el pensamiento.

La respiración de Elian, lenta. La suya propia, todavía errática.

Esta noche no. Se quedó de pie, espalda contra la pared. Desde ahí podía ver el movimiento del pecho de Elian. Subir. Bajar. Subir.

Nadie iba a tocarlo.

—•••—•••—•••—

Elian no dormía. Había perdido la cuenta de cuántas veces.

Cada vez que se hundía, algo lo esperaba en la oscuridad. Nunca tenía forma. Solo peso. Presión. Cuando volvía, el pecho le ardía y las manos no paraban de temblar.

La habitación tardaba demasiado en volverse real.

Las paredes respiraban. No. No respiraban. Eran paredes.

Tardó un minuto en creerlo.

Peor que ayer. El ataque había roto algo.

Respiró. Contó. Uno. Dos. La cama era real. Tres. Sus manos eran suyas. Cuatro. Estaba despierto. Probablemente. Estaba tendido. Las mantas en la cintura. Los ojos clavados en el techo. Las sombras se movían ahí arriba. O tal vez no. Tal vez era él.

La ventana se abrió. Un clic sordo. El vidrio deslizándose. Mal cerrada. Como siempre.

No se giró.

Los pasos: silenciosos, medidos. Conocían cada tabla que crujía. Dónde evitarlas. Kiliam. Cualquier otro y ya no estaría ahí.

—Pensé que ibas a subir más silencioso.

La habitación no estaba completamente oscura. La luz de la farola filtraba formas a través de la cortina, apenas lo suficiente para intuir la silueta de Kiliam. Abajo, un camión pasó haciendo vibrar los vidrios. La ciudad seguía su curso, indiferente. Escuchó el golpe de las botas, ese peso inconfundible.

—Me tropecé con tu planta muerta.

Giró apenas la cabeza. Kiliam se apoyó contra la pared. Los hombros tensos. La mirada fija en algún punto por encima de su cabeza. Como si no lo estuviera observando.

—Miriam quiere matarte.

—¿Tiene preferencia por algún método? Para estar preparado.

—Algo lento. Quiso que lo supieras.

Kiliam sonrió. Esa sonrisa suya: sesgada, cansada, de alguien parado al borde de un precipicio sin intención de abandonar.




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