Un crujido en el piso de arriba. Leve. Familiar.
Kiliam. Habitación de Elian.
Vlad lo registró sin moverse. Vigilaba la puerta desde el sofá. La manta que Jess le había dejado olía a detergente floral. La apretaba contra el pecho.
Los párpados pesaban. Había dormido dos horas. Tal vez tres. Podía dormir más. El cuerpo lo pedía.
No iba a hacerlo.
Siete meses en esa casa: techo, paredes, cerradura en la puerta. Miriam decía que ya estaba a salvo. Que podía dormir.
No podía.
Las paredes crujían. La nevera zumbaba desde la cocina. De vez en cuando, un coche en la calle. Todos ruidos conocidos. Todos ruidos que no importaban.
La puerta era lo que importaba.
Los ojos abiertos. El cuerpo quieto. Como las ratas de callejón que saben que el segundo que cierran los ojos es el segundo que pierden la cola. O algo peor.
Aquí estás a salvo, Vlad. Miriam se lo decía con esa voz suave. Preocupada. Tal vez tenía razón. Pero en la calle, los chicos que dejaron de vigilar no llegaron a los quince.
Había dormido en callejones donde era el único de su edad. En portales donde sabía que si gritaba, nadie vendría. Espalda contra la pared. Siempre. Dormirse de otro modo era regalar lo que llevabas. O regalarte a ti mismo.
Zapatos robados. Costillas rotas.
Cosas peores.
Despertar y tardar un minuto en recordar dónde estabas. Quién eras. Si seguías siendo tú.
Un nuevo crujido desde la habitación de Elian.
Jess se lo había contado: Kiliam sube por la ventana. Siempre. A Miriam no le gusta, pero no lo detiene. Sin ella, seguiría sin entender por qué nadie cerraba la puerta con seguro. O por qué Miriam dejaba dinero en la mesa.
En esa casa las reglas no eran como en la calle. Pero seguían siendo reglas.
Un destello azul iluminó las escaleras. Levantó la vista. La luz de un móvil.
Seth. Bajaba despacio. Encorvado. El móvil brillaba contra su cara. La mandíbula apretada. El pulgar temblaba sobre la pantalla.
Había visto eso en la calle. El chico con la jeringuilla vacía. La mujer que rebuscaba en la basura llamando un nombre. La forma en que los hombros se doblaban hacia dentro cuando lo que buscabas no aparecía.
Seth tenía esa forma ahora. La de quien llevaba semanas buscando algo. La de quien acababa de encontrar algo y no sabía si eso era mejor que no encontrar nada.
Ahora tenía un nombre en esa pantalla. Tal vez una dirección. Vlad no necesitaba verla para saberlo.
La hermana de Seth. Desaparecida. Jess se lo había contado: Miriam la había buscado. Sin resultado. Sabía preguntar sin que pareciera pregunta. Sabía escuchar sin que notaran que escuchaba. Él había sobrevivido así. Le habían pagado por nombres, movimientos, patrones. Jess podría hacer lo mismo. Tal vez mejor. Pero Jess tenía esa casa.
Esperó a que Seth cruzara hacia el pórtico. Cuando se aseguró de que todo había vuelto a estar en silencio, se levantó del sofá. Descalzo. Silencioso.
Vio a Seth hablar en voz baja.
—No me importa, solo dime dónde.
No era la voz de alguien que va a buscar información. Era la voz de alguien que va a buscar a una persona.
—No me importa eso tampoco. Si está ahí, voy.
Vlad se apoyó contra el marco de la puerta. Seth colgó.
—Estás a punto de hacer una estupidez grande.
Seth se giró.
—¿Qué haces despierto, enano?
Lo miró. Seth era más alto. Apenas. Tres centímetros. Tal vez cuatro.
—La puerta.
Se encogió de hombros.
—No deberías espiar.
—No espío. Escucho.
Esperó.
—Puedo ayudarte. Sé dónde preguntar.
Seth negó con la cabeza. Rápido.
—Esto no es para críos. No metas las narices.
Seis años. El umbral de su casa. Su padre: ¡Fuera! ¡No metas las narices! ¡Largo! Conocía cómo sonaba eso. Y lo que venía después, cuando nadie te escuchaba. Las manos le encontraron los bordes de la manga. Las apretó.
—No soy un crío.
—Tienes quince.
—Sé cómo moverme en la calle, Seth.
Seth guardó el móvil. Suspiró. Se cruzó de brazos.
—Esto no es un juego. No voy a la zona más turbia de la ciudad por gusto.
—Lo sé. Pero no sabes cómo se mueve esa gente. Tu desesperación te va a joder.
Su voz bajó.
—Jess se va a preocupar.
Jess había sido la primera en acercarse cuando llegó a la casa. No le pidió nada. Solo le dijo dónde no ponerse en el instituto, a quién no mirar demasiado, qué profesores ignorar. Cómo hablar para que no te eligieran.