La salida del instituto tenía dos versiones.
Esta era la versión sin Kiliam: auriculares puestos, capucha subida, pasos rápidos hacia la parada del autobús. Esperar al más vacío. Nada de charla. Nada de demoras. Los miércoles y viernes no contaban. Esos días el coche negro lo esperaba.
Hoy era jueves.
Hoy el hombre que lo observaba desde el otro lado de la calle rompió la secuencia. No era un extraño. No del todo.
El viento trajo algo con él. Colonia cara. Algo que había olido antes, hace mucho. El pecho se le tensó. Respiró por la boca.
No podía ubicarlo. El rostro estaba ahí, en algún lugar de su cabeza, pero cada vez que intentaba enfocarlo, desaparecía. Solo quedaba el residuo de algo que debería recordar.
El hombre cruzó la calle. Abrigo oscuro, lana cara. El viento le movía algunas canas. Su expresión no reveló nada. Ni sonrisa. Ni prisa. Solo control: elegante, frío.
A su alrededor los demás estudiantes seguían de largo. Elian se echó hacia atrás.
—Elian —dijo el hombre. Voz tranquila, cargada de una nostalgia que no tenía derecho a usar—. Ha pasado mucho tiempo.
No respondió. Ajustó la mochila sobre el hombro, tensando los dedos hasta que dolieron.
—No esperaba que me recordaras. —El hombre dio un paso más cerca—. Pero me alegra verte. Soy Dorian Jarrow. Un amigo de tu padre.
Padre.
Los dientes se le apretaron solos.
La voz. Un vaso de whisky. Una risa grave junto a su padre.
El recuerdo llegó sin permiso.
Ese hombre sentado en el sofá de cuero. El abrigo colgado junto al de su padre. Las llamadas nocturnas. La risa compartida que él no entendía.
Ese hombre estaba siempre ahí.
Las imágenes volvían borrosas. Fragmentadas. De cuando todavía era pequeño. De antes de que todo se rompiera.
No quería recordar eso. No quería que le importara. Pero le importaba.
—¿Qué quieres?
Le salió más seco de lo que pretendía. No importaba.
Ni un parpadeo de Dorian. Las manos colgaban a los lados. Quietas. Ningún gesto innecesario. Ningún movimiento que no fuera deliberado.
—Ponerme al día. Nada más. —Hizo una pausa breve—. Tu padre ha estado pensando en ti. Yo también he pensado en ti. En cómo estarías.
Se le escapó una risa áspera. Rota.
—¿Pensando en mí?
El estómago se le cerró. El sabor ácido en la boca.
Diez años. Diez putos años.
Dorian ladeó la cabeza apenas.
—Sé que suena extraño. Después de tanto tiempo. —Bajó la mirada—. Pero entiendo si no quieres nada con él. Con ninguno de nosotros.
«Nosotros». Acomodó su peso en el otro pie.
—¿Y te envía a ti?
Las palabras le salieron lentas, arrastrándose.
Una sonrisa breve. Sin afecto.
—No vine en su nombre. —La voz bajó. Confidencial. Como si compartieran un secreto—. Vine porque sé lo que es perder a alguien sin poder arreglarlo. Y no quiero que él viva con eso si hay algo que hacer.
Cada palabra medida. Cada pausa donde debía estar.
Las uñas se le clavaron en las palmas. Más fuerte. Hasta que algo punzó.
—No me interesa lo que él viva o deje de vivir.
Dorian asintió. Sin discusión. Como si ya hubiera ganado algo solo con pararse ahí. Sacó una tarjeta del bolsillo. Blanca. Un número. Un nombre. La sostuvo entre dos dedos.
—Por si cambias de opinión.
Elian no la tomó. Ni siquiera hizo el ademán. La miró. Un instante. Como si fuera veneno.
Se dio la vuelta. Echó a andar. Sus pasos resonaban contra el asfalto.
La nuca le pesaba. Como si alguien lo mirara. Lo estaba mirando.
Dobló la esquina. Inhaló por la nariz. Tres veces. No se reguló.
Tu padre ha estado pensando en ti.
La voz de Dorian todavía resonaba como un zumbido.
Que piense lo que quiera.
Su padre había tenido diez años.
Apretó el paso. La mandíbula le dolió. Las manos seguían cerradas.
No las abrió.
El pecho le ardía. La respiración se le cortaba.
No pienses. No pienses.
Pero ya estaba pensando: su padre, el hospital, los doctores, la maleta, el coche, Miriam.
Tropezó. Se sostuvo contra la pared. El cemento frío contra la palma. La respiración errática.
Cálmate. Cálmate. Cál—
Se quedó ahí. Contra la pared. Temblando.
Solo.
—•••—•••—•••—
La calle olía a meado y humo rancio. Jueves por la noche. Seth esquivó un charco de vómito y siguió caminando. Vlad iba unos pasos adelante, con la capucha subida y las manos en los bolsillos.