Caramelos & Cenizas

Capítulo 13 

La calefacción de Jarrow estaba demasiado alta. Liam tragó—la garganta seca, rasposa. Las voces se superpusieron—risas agudas, murmullos graves—y el sonido le raspó por dentro como lija.

Se apoyó contra la pared. El mármol le enfrió la espalda a través de la chaqueta, pero no alcanzó. La copa de vino en la mano. Sin beber. El líquido se había entibiado hace rato.

Alice se reía con un grupo junto a la mesa de cristal. Vestido rojo. Brillante como advertencia. Los ojos de Liam siguieron a Jarrow—un depredador disfrazado de anfitrión—moviéndose entre los invitados con esa sonrisa calculada.

Johan le había dado una orden. Vigílalo. Nada más. Dos semanas desde entonces. Jarrow seguía husmeando. Nombres viejos. Archivos cerrados. Preguntas que nadie hacía sin razón. Los muertos de los Hartwell no se desenterraban por curiosidad. No sin consecuencias.

Johan no acudía a fiestas. Enviaba mensajes: Te estoy viendo. Una cortesía con filo. Liam estaba allí por eso. Representación. Teatro.

Dorian Jarrow flotó entre invitados. Se detuvo justo el tiempo necesario con cada persona. Pero sus ojos volvieron. Una y otra vez. Hacia él.

Los músculos se le tensaron.

—Liam Hartwell.

La voz llegó demasiado cerca. Mano extendida. Teatral. Suave. Pegajosa. El mismo tono que usaban los informantes de Johan. Los que vendían secretos antes de que les rompieran los dedos. Siempre sonriendo. Siempre necesitando algo.

—Jarrow.

La tomó. Fría. Delgada. Dedos de pianista o cirujano. El apretón se extendió. Dos segundos. Tres. Demasiado tiempo.

El pulgar de Jarrow le rozó el dorso de la mano—deliberado, lento. Dos veces. Liam no retiró la suya. No apartó la mirada. Pero los hombros se le tensaron. El derecho primero. Involuntario.

Un mensaje. O una prueba. O las dos cosas.

Contó. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

Lo soltó.

—No esperaba que Johan te enviara en su lugar.

Se inclinó apenas hacia atrás. Recuperó espacio. Sonrió. La curva no alcanzó sus ojos pero sabía que Jarrow lo notó.

—¿Le molesta?

—No. Solo me intriga.

Jarrow ladeó la cabeza. Como si Liam fuera un rompecabezas que todavía no terminaba de armar.

—No sabía que ahora confiaba tanto en ti.

El aire de la habitación seguía demasiado caliente.

—No confía en nadie.

Algo se movió en los ojos de Jarrow. Las comisuras se le alzaron. Medio milímetro. Luego nada. Entrecerró los ojos. Breve. Luego su atención se desvió hacia la entrada.

Un nuevo invitado acababa de cruzar el umbral.

—Si me disculpas. Hay alguien a quien debo saludar.

No esperó respuesta. Se giró. Cada paso calculado. Liam lo observó alejarse. El vino seguía en su mano. Tibio. Inútil.

El pulso no se había calmado del todo.

—¿Es él?

Alice se había materializado a su lado. Ese tono que usaba cuando fingía desinterés pero ya estaba armando el rompecabezas.

Siguió su mirada. Traje gris claro. El recién llegado tenía una sonrisa amable. Demasiado amable. El tipo de sonrisa que no sobrevivía en lugares como este.

Alice bajó la voz.

—Aidan Morrell. Jarrow y él se conocen desde la universidad.

Morrell.

El nombre le cayó como piedra. Los dedos encontraron el borde de la copa. La presión aumentó hasta que el cristal crujió apenas. Elizabeth tenía razón. Jarrow rondaba a los Morrell. Y ahí estaba la prueba. La mano de Jarrow sobre el hombro de Morrell. Familiar. Posesiva.

Familia de políticos. Tres generaciones sin una mancha.

Y Jarrow lo había invitado.

Alice frunció el ceño. Le dio un sorbo a su copa pero no miró a Morrell ni a Jarrow como los demás invitados. Sus ojos fueron del uno al otro. Se detuvieron. Volvieron. Como si buscara algo que no estaba donde debía.

Lo observó de reojo. Ya sabía. Los Hartwell no asistían a cenas. Organizaban operaciones. Ella distinguía cortesía de órdenes. Esta noche eran órdenes. Y ella estaba aquí fingiendo que no lo sabía.

Liam bebió.

—¿Y por qué tu padre no vino esta vez? Pensé que estas reuniones eran su escenario favorito para marcar territorio.

No respondió de inmediato. Giró la copa entre los dedos. La dejó sobre la mesa. El sonido del cristal contra mármol. Demasiado fuerte.

—Tal vez no quería ensuciarse los zapatos.

Alice sonrió. Volvió a observar a Jarrow.

—Actúa distinto con él.

Liam la miró de reojo.

—¿Distinto cómo?

Alice se encogió de hombros. La copa giró entre los dedos. Dos vueltas. Se detuvo.

—Como si Morrell fuese la única razón por la que vale la pena quedarse en este país.




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