El coche frenó. Liam salió antes de que el motor muriera y el aire gélido le golpeó la cara. La mansión se erguía frente a él: mármol blanco, como una lápida.
Adentro estaba Johan. Y habría que reportarle.
Cruzó el umbral. Los guardias asintieron. La chaqueta colgaba de un hombro. Antes de llegar al salón, las voces lo alcanzaron. Una lo detuvo. Frunció el ceño. Vera. Suave, pero cada palabra tenía filo.
—…no me digas que aún sigues dejando que tu padre te elija tus relaciones, Lizzy.
—Solo cuando no tengo energía para discutir —respondió su hermana, divertida.
—Como Cristin —comentó Vera. Una pausa. Después, con una ironía tan pulida que parecía cortesía—: Johan siempre supo cómo agotar a las mujeres de su vida
Liam entró. Los pasos sin prisa.
Johan, inmóvil en su sillón. El vaso de whisky casi intacto. La tablet en sus manos. Los dedos apretaban los bordes. Vera siempre tenía ese efecto. Liam sonrió.
Elizabeth estaba en el sofá. Relajada. La copa de vino en su mano, apenas tocada. Los ojos siguiendo cada movimiento de Vera.
Vera caminaba por el salón con pasos lentos, medidos. Se detuvo junto al ventanal. El cabello castaño oscuro recogido con esa elegancia fría que Johan nunca había podido doblegar. La postura erguida, los hombros hacia atrás.
Ocho años desde que fue enviada al extranjero. Pero seguía siendo la misma.
—Liam.
Los brazos de Vera ya estaban ahí. El perfume de jazmín. La presión en los hombros. El cuerpo se le tensó medio segundo tarde.
—Tía.
Los ojos grises de Vera—los mismos de Johan, pero sin el hielo—lo recorrieron con demasiada atención. Como si buscara algo que no estaba la última vez.
—Un año entero. Y sigues entrando como una sombra.
Él apenas sonrió.
—Culpa de la casa.
Vera soltó una risa. Breve. Cortante.
Johan dejó la tablet a un lado. Sin prisa. Casi por inercia.
—Llegas tarde.
—No recordaba que me convocaran.
Dejó su chaqueta sobre el respaldo del sofá. Se sentó. El cuero crujió bajo su peso.
Vera rió suave, como si acabara de presenciar un buen chiste privado.
—La puntualidad siempre fue más tu obsesión que la mía, hermano —intervino su tía. Luego se giró hacia Liam—: Estás más delgado. No me digas que sigues sin desayunar.
—Depende de con quién despierte.
Elizabeth levantó una ceja, divertida. Johan bebió sin decir palabra. Vera continuó, inmutable.
—Al menos dime que esa chica… ¿cómo se llama?
—Alice —intervino Elizabeth.
—Eso. Alice. Al menos dime que cocina.
Liam dejó escapar un suspiro bajo.
—No vine a hablar de mi dieta.
Vera se acomodó junto a Elizabeth. Un intercambio de miradas entre ellas. Rápido.
—Agradezco tu visita, Vera. Pero esta casa no es un hotel —dijo Johan. Voz baja, precisa, letal.
Elizabeth se tensó. Los hombros rígidos. La copa quieta entre sus manos.
Liam observó los lirios en el jarrón de la mesa auxiliar. Blancos. Su madre los prefería a las rosas. Johan aún lo recordaba. Los dedos apretaron el borde del cojín.
—Qué lástima, pensé quedarme. Después de todo, esta familia necesita algo de sentido común —replicó Vera. Cruzó las piernas. Despacio.
Johan alzó la vista. Nada de sorpresa. Apretó la mandíbula. Nada más.
—Espero que no sea por ambición. La familia ya está bastante ocupada con los asuntos actuales.
—Querido hermano —dijo Vera—. Si me hubieran dejado aquí cuando Cristin más me necesitaba, quizá no habría tantos asuntos que atender ahora.
Silencio.
Johan no parpadeó. Se llevó la copa a los labios. Despacio. Calculado.
Elizabeth se quedó inmóvil. Los dedos alrededor de la copa. Blancos en los nudillos. Respiraba despacio. Demasiado despacio. Como si contara cada inhalación.
Liam conocía eso. Lo había hecho durante años. Hasta que dejó de funcionar. Hasta que tuvo que irse.
Elizabeth seguía aquí.
—La ciudad no te sienta, Vera. Te vuelve... impulsiva.
—Tan aburrido como siempre.
Elizabeth suspiró detrás de la copa. Breve. Contenido.
Liam sonrió.
Sus ojos se encontraron. Dos segundos. Menos.
El espectáculo de siempre.
—Por cierto —dijo Vera. Tono fingido de ligereza—. ¿Qué tal va el asunto con Jarrow?
—Vengo de su cena.
Miró de reojo a su padre. Johan ya había dejado el vaso en la mesa. La mirada fija en ellos.
—¿Algo interesante? —preguntó Vera.