Caramelos & Cenizas

Capítulo 15

Los apuntes estaban hechos un desastre sobre la mesa: hojas dobladas, palabras mal copiadas, un par de garabatos que fingían ser mapas conceptuales. Entre ellos, su letra apretada, nerviosa. Las palabras parecían enemigos atrapados al vuelo.

Répète: je suis fatigué —pidió Kiliam.

Elian gruñó algo contra el brazo que usaba de almohada. No fue francés. Probablemente ni siquiera fuera humano. Los hombros le pesaban. Intentó enderezarlos. Volvieron a caer.

Je suis fatigué de esta mierda.

Cerró los ojos. Si los mantenía cerrados lo suficiente, tal vez desaparecería el maldito idioma de la faz de la Tierra. O al menos del examen del viernes.

Kiliam ya estaba ahí cuando llegó. Espalda contra la pared. Vista directa a la puerta. Como siempre. Elian puso los ojos en blanco y no dijo nada. Kiliam le había prometido ayudarle con el examen de francés, y ahí estaba, cumpliendo con su parte de la «misión».

—Duele escucharte pronunciar eso —dijo Kiliam desde el otro lado de la mesa, con voz tranquila, casi divertida.

Elian no se movió.

—Duele vivirlo —murmuró sin levantar la cabeza.

El francés le raspaba la garganta. Cada erre, cada vocal que no encajaba donde debería.

—Repítelo —insistió Kiliam—: Je suis fatigué.

Elian alzó una mano y levantó el dedo medio, con elegancia pausada.

Kiliam se rió. Bajo. Sincero.

La tensión en el pecho cedió. Joder.

—No es tan difícil. Solo necesitas dejar de pelear con el idioma como si te hubiera hecho algo personal.

—Me ha hecho algo personal.

—Es porque no lo entiendes —respondió Kiliam, girando su taza de café sin azúcar entre las manos.

—¿Y cuántos idiomas entiendes tú, genio?

Kiliam se encogió de hombros. Jugó con el asa de la taza. Los dedos se movían demasiado. El pulgar frotaba el borde, ida y vuelta.

—Suficientes para pedir ayuda, mentir o escapar en la mayoría de los países europeos.

—¿Eso es un número?

—Cuatro... quizás.

Alzó la cabeza apenas lo suficiente para mirarlo con los ojos entornados.

—¿Y eso se supone que me debe motivar o humillar?

—Lo que te sirva más.

Kiliam se acomodó en la silla.

—¿Por qué tantos? —preguntó sin pensarlo.

Kiliam se encogió de hombros.

—Colegio privado. Padre con demasiados planes.

—Claro —resopló—. Porque hablar cuatro idiomas es lo normal.

Kiliam ladeó la cabeza y, en un murmullo casi burlón, soltó algo que no llegó a entender. El sonido le era familiar. ¿Una de esas películas rusas que Kiliam había puesto el mes pasado? La de los hermanos en el tren. Se había quedado dormido a mitad, pero el acento se le quedó pegado.

Ni siquiera miró a Kiliam. Seguía con el bolígrafo atrapado entre los dedos, deslizándolo una y otra vez cerca del borde de la taza de té ya fría. No la había tocado desde que se sentaron.

—No sé qué dijiste, pero sonó como amenaza.

—Tal vez —Kiliam dejó escapar una leve sonrisa. Disfrutaba verlo perdido—. Era ruso.

—Genial.

Apoyó la frente contra la mesa. El contacto con la madera cálida fue casi reconfortante. Casi.

Había sugerido la cafetería porque si estudiaba en la casa acabaría inconsciente. No dormido. No descansando. Solo apagado. Su cuerpo decidía desconectarse a la fuerza. Aquí al menos el ruido lo mantenía despierto. El olor del café amargo, las voces ajenas, la música de fondo.

Kiliam dejó la taza en la mesa. El ruido cortó el murmullo de la cafetería un segundo.

—¿Hace cuánto no duermes bien?

Elian no se movió.

—Define bien.

—Más de cuatro horas seguidas.

—Define seguidas.

Kiliam alzó una ceja. Elian suspiró.

—Una semana. O más —la voz se le apagó, hundiéndose—. Pero eso tampoco es nuevo.

Cinco noches seguidas despertándose empapado. La garganta cerrada. El corazón golpeando como si quisiera escapar. Hace un mes dormía tres, cuatro noches seguidas. Sin gritar. Sin despertar desorientado. Desde el callejón, nada. Dos horas. Despierto. Dos horas más. Despierto.

Y luego Dorian Jarrow. El rostro se mezclaba con el tipo del callejon. No completo. Fragmentos. Una mano. El abrigo. Esa voz. Las pesadillas lo sabían. Se alimentaban.

No iba a decir nada de eso.

—No es tan grave —dijo, bajando la voz—. Sigamos, tengo que practicar para cuando me secuestres y me vendas a un burdel en París. Necesito sonar creíble.

Kiliam no rió. Pero una comisura de sus labios se alzó apenas.

—Si lo hiciera, te mandaría a Alemania. Pagan mejor.




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