El despacho de Miriam olía a papel viejo y manzanilla. Las estanterías ocupaban tres paredes. Carpetas alineadas. Etiquetas que no se atrevían a torcerse. En la esquina, una planta con hojas marrones. La lámpara del escritorio lanzaba una luz amarilla que hacía doler los ojos.
Elian había entrado ahí cinco veces. La primera: Miriam le explicó que su padre cedía la custodia. La segunda: resultados del psicólogo que no iba a leer. Las otras tres no importaban. Este despacho no servía para hablar. Servía para firmar papeles que te partían en dos.
Miriam estaba sentada al otro lado del escritorio. No tenía buenas noticias. Lo supo apenas entró y vio su expresión. El leve apretón de labios, la forma en que sus dedos tamborileaban apenas sobre el borde del escritorio. Un gesto mínimo, pero lo suficiente.
Elian se mantuvo de pie. Espalda recta. Brazos cruzados. Las rodillas querían doblarse. No las dejó.
Un sobre esperaba entre ellos, en el escritorio, sin que nadie se atreviera a tocarlo. Conocía demasiado bien ese blanco opaco, el sello que pretendía autoridad, la letra impersonal.
—Llegó esta mañana —dijo Miriam, sin rodeos.
No preguntó. Lo tomó. Lo abrió. Leyó.
«Comparecencia voluntaria».
Las manos empezaron a sudar.
«Investigación reabierta».
La garganta se le cerró.
«Solicitud de testimonio».
Apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. El papel se arrugó entre sus dedos. La tinta se difuminó apenas donde el pulgar presionaba demasiado fuerte.
—No estás obligado a ir —continuó Miriam—. Aún no. Pueden llamarte por la vía jurídica si insisten, pero por ahora es voluntario.
«Voluntario».
Si no iba, lo obligarían. Si hablaba, lo romperían. Otra vez.
—Dijiste que no llegaría a esto.
No levantó la voz. No hacía falta.
Miriam se frotó el puente de la nariz. Inhaló despacio. Los dedos le temblaron apenas.
—Dije que haría lo posible. Pero no puedo prometerte que el sistema va a olvidarse de ti solo porque nosotros queremos.
Olvidarse de mí.
—¿Para qué? —preguntó, sin dirigirse a nadie en particular.
—Quieren entender qué pasó. Creen que ahora podrías... aportar cosas.
—¿Y antes no?
Cortó el aire como una navaja.
—¿Cuando estaba hecho mierda? ¿Cuando no podía tocar una puta puerta sin temblar?
Miriam apretó la mandíbula. Sostuvo su mirada pero no respondió. Los nudillos se le pusieron blancos sobre el escritorio.
—¿Y si no quiero?
Se pasó una mano por el cuello. La piel tirante.
Miriam inhaló.
—Puedo intentar frenarlo. Hablar con gente. Pero si el caso sigue avanzando...
Se detuvo. Los ojos se le desviaron hacia la ventana.
—Tal vez podría hablar con tu padre.
Padre.
Dio un paso atrás. El talón golpeó contra la pared. No lo había planeado.
—No.
Sin titubeo.
Miriam se irguió en la silla, clavándole los ojos.
—No me digas que no así de fácil.
La voz más firme ahora.
—Sé que lo odias.
Hizo una pausa. Los dedos se le cerraron sobre el borde del escritorio.
—Pero tienes diecisiete años, Elian. El sistema no va a frenarse porque tú cierres los ojos. Tu padre podría sacarte de la línea de fuego.
—No.
—Tu padre tiene contactos—
—No lo quiero metido en esto.
—Podría conseguir que te excluyan—
—No me interesa lo que pueda hacer.
Miriam se inclinó hacia adelante. La lámpara le iluminó las ojeras que llevaba semanas ocultando.
—¿Sabes lo que estás haciendo?
La voz no se quebró. Casi. Se contuvo justo al final.
—Te estás atando a un proceso que te va a destrozar otra vez.
Respiró hondo antes de continuar.
—Y no voy a poder cubrirte cuando llegue el golpe.
Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
—Por favor, Elian.
Las uñas se le clavaron en las palmas. El pulso le latía en las sienes.
—No se trata de orgullo.
La voz le salió más baja. Más peligrosa.
—Se trata de que otra vez alguien decida por mí.
El aire no entraba bien. Forzó la inhalación.
—Primero me arrancan todo, después me exigen que lo reviva, y ahora ¿quieres que le deba algo a él?