El edificio abandonado. Las ventanas sin cristales. El suelo cubierto de polvo y musgo. Olor a humedad rancia. Empujó la puerta oxidada de la azotea. La cerró detrás de él.
Elian estaba ahí. Sentado en el borde. Las piernas colgando. Doce pisos de caída bajo las suelas.
El mundo se detuvo. Lo había encontrado. Las manos le temblaron antes de que pudiera cerrarlas en puños. Los pulmones se le vaciaron. Pero seguía ahí. En el puto borde.
No dijo su nombre. No lo gritó. No corrió hacia él. Cualquier cosa brusca y podría perderlo igual. Caminó. Lento. Firme.
Se detuvo a dos metros.
—No vuelvas a hacer esto.
La voz le salió más baja de lo que pretendía. Las palabras le rasparon la garganta.
Elian no se giró.
El viento se colaba entre los huecos del edificio. Frío. Cortante. Húmedo.
—No lo apagué a propósito —murmuró Elian, sin dejar de mirar al frente—. La batería murió. Eso es todo.
Eso es todo. Como si con esas tres palabras pudiera borrar la noche entera. Dio un paso más. La lengua recorrió el interior de los dientes. De izquierda a derecha.
—¿Y pensaste que no importaba?
Elian apretó el papel. No respondió. Los hombros tensos. La espalda demasiado recta. Conocía esa postura. La había visto cuando Elian se encerraba y el mundo dejaba de existir.
—Pensé que necesitaba aire.
Exhaló despacio. Se obligó a contenerse. No podía ser otra amenaza más. No cuando Elian ya tenía demasiadas.
Se acercó. Se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de Elian. Con cuidado. Lo suficiente para cubrir, no para tocar.
Elian no se apartó. Tampoco lo miró. La vista clavada en las luces de la ciudad.
El anillo plateado giró. Intentó aflojar los hombros. Nada. El cuerpo no cedía.
—Miriam pensó que algo te había pasado.
Yo también. Las palabras se le quedaron atoradas. No salieron.
Silencio.
—Pasó —dijo Elian. Esta vez sí giró un poco la cabeza, sin mirarlo directamente. Solo lo justo para que la palabra tuviera dirección.
Lo observó. La rigidez en el rostro. El parpadeo que lo delataba. Conocía esa tensión. Las noches sin dormir. Los silencios que pesaban más que los gritos. No sabía qué había pasado. Pero había visto suficiente para entender que no estaba bien.
—¿Y pensaste que este era un buen lugar para... qué? ¿Desaparecer?
Se quedó quieto, midiendo la distancia. Cada fibra le pedía moverse. No cedió. Y aun así, algo le reptaba por la columna.
Elian soltó una risa breve.
—Pensé que acá no me iba a encontrar nadie.
—Excepto yo.
Siempre lo encontraría. No importaba dónde se escondiera.
Elian no lo negó. Solo se encogió de hombros.
Se sentó a su lado, sin colgar las piernas. La espalda recta. Miró al frente. Habían estado aquí antes. Elian mirando el atardecer. En silencio. Un lugar que solo ellos conocían. Por eso había vuelto.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando el papel.
Elian lo miró un segundo. Los dedos se cerraron alrededor del papel. La piel blanquecida por la presión.
—Una citación —dijo al fin. La voz rasposa—. Para declarar.
La frase cayó. Sin fuerza. Kiliam frunció el ceño. Por eso. Por eso había huido.
—¿Declarar? ¿Por qué?
—Porque quieren respuestas. Para escarbar en vieja mierda como si eso arreglara algo.
Ese tono. Elian no hablaba así. Algo le apretó el pecho. No sabía cómo ayudarlo con esto. No sabía qué decir que no sonara vacío.
Esperó. Elian volvió a guardar silencio.
—Podrías haberme llamado antes —dijo, sin mirarlo.
—Podrías haber estado con tu novia —respondió Elian.
Las palabras lo golpearon como un puñetazo. Los dedos encontraron el borde del concreto. Uñas contra la superficie áspera. Como si horas buscándolo no significaran nada. Como si dejarlo todo no importara. El calor le trepó por el cuello. Se tragó lo que quería decir. Inhaló. Una vez. Dos. La garganta se le cerró.
—No me jodas con eso.
—No te jodo. Solo digo lo que es.
Las palabras le retumbaron en el pecho. Algo más duro subía. Lo contuvo. Elian no entendía. O tal vez entendía demasiado y por eso lo decía.
—Lo que es —repitió— es que te voy a buscar. Sin importar nada más.
Esta vez sí lo miró.
Elian bajó la vista. El papel arrugado temblaba.
—No sabía adónde ir —susurró.
Algo se le clavó entre las costillas. Afilado. Frío. No tenía ningún lugar. Ninguno excepto este edificio olvidado. Excepto él.
—Acá está bien —murmuró.