El parabrisas empañado reflejaba la luz mortecina del farol frente a la casa de Miriam. Las gotas de lluvia golpeaban el techo del coche. Lentas. Perezosas.
El motor estaba apagado, pero Kiliam seguía con las manos en el volante. Soltarlo sería desencadenar algo que debía mantener bajo control.
Elian dormía en el asiento de copiloto con la cabeza ladeada, la frente pegada al vidrio. Su respiración era irregular, peleada incluso en el descanso. Se había quedado dormido en cuanto subieron al coche, después de hablar arrancándose la piel con cada palabra. Ahora estaba ahí, quieto. Vulnerable. La palabra le raspó por dentro.
Los dedos apretaron el volante hasta que el cuero crujió. Aun así no dejó de mirarlo.
Tenía siete años.
Siete.
A esa edad, Kiliam ya sabía que los errores se pagaban con cicatrices. Ya había aprendido a no parpadear ante el clic de un gatillo vacío.
Elian...
Elian solo tenía un dibujo en la mano cuando se lo arrancaron todo.
No era justo.
Lo peor: no podía hacer nada. Tragarse la injusticia y seguir respirando. ¿Cómo se sigue después de eso?
Sin embargo, ahí estaba. Durmiendo. Respirando. Después del secuestro. Después de las pesadillas. Después de que su propia piel lo traicionara cada vez que alguien lo rozaba. Se levantaba. Caminaba. Respondía con ese sarcasmo que cortaba como vidrio. Se tragaba el mundo a pedazos y seguía de pie. La lluvia comenzó a caer con furia sobre el coche. Golpeando el metal con un estruendo que lo inundó todo.
Kiliam apoyó el antebrazo en el volante. La frente le palpitaba.
Tenía una orden. Johan se la había dado con la misma indiferencia con la que uno tira una taza rota: vigílalo. No preguntó. Las preguntas hacían más real la orden. Más difícil de traicionar.
Pero ahora...
¿Habían tenido algo que ver? ¿Era esa la raíz podrida bajo todo? ¿La conexión que no quería ver, pero que su instinto seguía rascando como un perro a una puerta cerrada?
El dedo índice empezó a golpear el volante. Tic. Tic. Tic. Tic. La mandíbula se le tensó hasta doler. El calor subiendo por el cuello. Las uñas se le clavaron en las palmas.
¿Fueron ellos? ¿Y si no? ¿Y si sí?
Quería un objetivo. Cualquiera. Alguien con cara. Alguien al que presionar hasta que cediera, que soltara algo —lo que fuera, inventado si no tenía nada real.
El anillo giró. Paró.
No había nadie. Eso era el problema.
Elian se movió levemente. Un suspiro se escapó de sus labios.
Lo miró otra vez. El perfil dormido. El pecho subiendo y bajando con un ritmo que aún no se decidía del todo. La chaqueta cubriéndolo hasta el cuello. Ese cuello donde una vez una mano...
Tenía que protegerlo.
No por lástima. No por culpa.
Porque Elian era lo único real en medio de toda la mierda.
Afuera, la casa de Miriam seguía iluminada. La cortina del cuarto del frente temblaba levemente. Ella esperaba. Claro que esperaba. Porque sabía que Elian necesitaba un lugar seguro. Una cama, una taza de té, una rutina sin sobresaltos.
Pero Kiliam no podía soltar el volante.
Los dedos se le crisparon.
Encender el motor.
Pisar el acelerador.
Alejarse de esa casa. De Miriam. De las preguntas.
Llevarse a Elian.
El pulso le golpeó las sienes. La llave estaba ahí. Cinco centímetros. Los dedos se movieron. Se detuvieron a medio camino.
No era su decisión.
Soltó el volante.
Las manos le quedaron en el aire un momento antes de caer.
Se inclinó lo suficiente para que su voz no fuera más que un roce contra el silencio.
—Cymer fi fel dy darian, fy nhywysog tywyll.
Susurró: tómame como tu escudo, mi príncipe oscuro.
No esperaba que Elian lo oyera. No quería que lo oyera.
Necesitaba decirlo.
Porque si el mundo iba a arder, entonces él estaría entre el fuego y Elian.
Siempre.
—•••—•••—•••—
Elian despertó de golpe, arrancado del sueño sin transición. La cabeza aún le pesaba. El cristal frío del coche contra su mejilla, las luces de la calle filtrándose en líneas desvaídas.
Se incorporó. El cuello protestó.
La humedad del vidrio había formado una capa gruesa. Había dormido más de lo que debería. Parpadeó. El motor estaba apagado. Todo estaba en silencio, salvo por el leve golpeteo de lluvia intermitente sobre el techo.
Desvió la mirada hacia Kiliam. El perfil tenso. Los labios apretados en una línea fina. Las pestañas proyectaban sombras sobre los pómulos.
El silencio se extendía entre ellos. Kiliam no había dicho nada desde la azotea. Podía ser indiferencia. O podía no serlo.