El infierno nunca fue un lugar de fuego.
Los humanos inventaron esa imagen porque necesitaban creer que el mal podía verse fácilmente. Ríos de magma. Demonios deformes. Gritos interminables. Castigos eternos. Era más cómodo imaginarlo así.
La verdad era distinta.
El infierno no quemaba.
Consumía lentamente.
Existía un lugar olvidado entre dimensiones llamado Noxareth. Una ciudad infinita donde jamás amanecia. No había sol, ni luna, ni estrellas. Solo un cielo gris oscuro cubierto por una niebla negra que parecía moverse con voluntad propia.
Desde lejos, Noxareth parecía una ciudad común.
Había cafeterias habiertas durante madrugadas eternas. Edificios altos iluminados por luces blancas. Tiendas abandonadas. Centros comerciales silenciosos donde canciones antiguas seguían sonando aunque nadie recordará quien las había encendido siglos atrás.
Los demonios caminaban por las calles como personas normales.
Vestían elegante.
Fumaban bajo la lluvia.
Trabajaban.
Sonreían.
Mentian.
Pero debajo de esa aparente normalidad existía algo mucho peor.
Las almas.
Miles.
Millones.
Condenadas a vagar eternamente entre la niebla.
Algunas repetían la misma rutina una y otra vez sin recordar quienes fueron. Otras permanecían sentadas frente a escaparates vacíos observando reflejos que ya no existían. Muchas simplemente caminaban.
Siempre caminaban.
Sin destino.
Sin descanso.
Cómo si estuvieran buscando algo que perdieron hace demasiado tiempo.
En Noxareth el cielo era más aterrador que cualquier grito.
Y en el centro de esa ciudad existía un palacio gigantesco construido con piedra negra y vitrales oscuros.
El palacio infernal.
Mi hogar.
Mi prisión.
Mi nombre es Adael.
Heredero del trono carmesí.
Hijo de lucifer.
Y durante diez mil años nunca supe lo que era vivir en paz.
Desde pequeño entendí que había nacido diferente.
No porque me lo dijeran.
Porqué podía sentirlo.
Los demonios evitaban mirarme directamente a los ojos. Los sirvientes inclinaban la cabeza apenas entraba a una habitación. Los generales guardaban silencio cuando pasaba cerca.
Miedo.
Eso era lo que veía en ellos.
Y yo todavía era solo un niño.
Lucifer jamás me llamo hijo frente a otros demonios.
Para el yo era un proyecto.
Un arma.
El heredero perfecto.
Recuerdo perfectamente las noches dentro del palacio.
Pasillo interminables iluminados por lámparas doradas.
Ventanas gigantes donde la niebla golpeaba el cristal como si quisiera entrar.
Silencio.
Siempre silencio.
A veces despertaba de madrugada y caminaba por los corredores mientras escuchaba voces provenientes de habitaciones vacías.
El palacio estaba vivo.
Respiraba.
Observaba.
Y yo crecí dentro de el sintiéndome constantemente vigilado.
Mi padre decía que los demonios débiles necesitaban afecto por qué eran incapaces de soportarse a si mismos.
- El cariño vuelve vulnerables a las criaturas poderosas.
Eso repetía constantemente.
Lucifer gobernaba el infierno como un rey al que incluso la oscuridad temia decepcionar.
Nunca levantaba la voz. Nunca perdía el control. Y presisamente por eso resultaba aterrador.
Mientras más tranquilo hablaba más peligroso era.
La primera vez que comprendi cuánto me despreciaba tenía apenas mil años.
Había escapado sin permiso.
Quería ver Noxareth desde abajo.
No desde las ventanas gigantes del trono.
Quería caminar sus calles.
Sentir el infierno lejos de las órdenes.
Esa noche la lluvia negra caía lentamente sobre la ciudad. Los postes iluminaban las avenidas vacías mientras las almas caminaban entre la niebla como cadáveres que aún no aceptaban estar muertos.
Fue ahí donde entendí algo horrible.
La condena no era sufrir.