Carolina

El Alivio De Su Lejanía.

Carolina:

La sala de espera olía a café viejo y desinfectante. Yo jugaba nerviosamente con mis dedos mientras observaba el reloj de pared avanzar con una lentitud insoportable.

-Carolina Montes -

Me llamo la secretaria. Me levanté de inmediato y entré al consultorio.

Del otro lado del escritorio estaba el doctor Jairo Beltrán, revisando algunos documentos.

Dr. Jairo: toma asiento dijo con una sonrisa tranquila.

Obedecí.

Durante varios minutos hablamos de síntomas, olvidados, pensamientos acelerados y de todas aquellas cosas que me habían acompañado durante años sin que yo entendiera exactamente por qué.

Finalmente, el psiquiatra cerro la carpeta.

~

- Ya tengo una respuesta para ti.

Sentí que el corazón me daba un pequeño salto.

-¿Qué es?

-Tienes TDAH.

Por un instante me quedé en silencio.

No llore.

No sonreí.

Simplemente procese aquellas palabras.

~

-Entonces... ¿Si había una razón para todo esto?

-Sí - respondió Jairo -. Y ahora podemos trabajar en ello.

El medico tomo una hoja y comenzó a escribir.

Dr Jairo: Voy a recetarte un medicamento. Puede ayudarte bastante.

Observé la receta.

-Gracias, Doctor.

Dr Jairo: Este es un comienzo, No un final. Recuerda eso.

Asentí lentamente.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que había un camino.

Más tarde, mientras caminaba por la calle, llame a mi tía

~

¿Cómo te fue?- pregunto Sindy apenas contesto.

-Ya tengo diagnóstico.

-¿Y?

-TDAH

Hubo unos segundos de silencio.

-Bueno, al menos ya sabemos que está pasando.

Sonreí.

-Sí.

-¿Y el medicamento?

-Lo Necesito.

-Entonces lo compramos. No te preocupes por eso.

-¿En serio?

-Claro que sí.

Sentí un nudo en la garganta.

-Gracias, tía.

-Para eso estoy.

~

Colgué sintiéndome un poco más ligera

Esa noche abrí instagram.

Y allí estaba.

Una notificación.

A Nicolás Lome le gustó tu publicación.

Observé la pantalla durante varios segundos.

Nada más.

Un simple Like.

Ni un mensaje.

Ni una llamada.

Ni una reacción especial.

Solo un corazón rojo debajo de una publicación.

Y aún así fue suficiente para alterar mi tranquilidad.

-¿Porque sigues apareciendo?

-Murmure para mí misma.

Sabía que lo extrañaba.

Lo extrañaba muchísimo.

Pero también sabía algo más.

Desdé que él estaba lejos, podía respirar mejor.

Ya no vivía pendiente de cada movimiento.

Ya no sentía aquella ansiedad constante.

Lo quería.

Lo amaba.

Y precisamente por eso no iba a escribirle.

Mi orgullo seguía sentado junto a mí.

-Si quiere hablar, que hable él-

Dije cerrando la aplicación.

Aunque en el fondo Sabía que si veía aparecer un mensaje suyo, probablemente sonreiria como una tonta.

No mucho después apareció otra notificación.

Esta vez el nombre hizo que frunciera el ceño.

Mensaje de Kelan Haro.

-Ay, no...

Abrí la conversación.

-Hola, ¿Cómo has estado?-

Decía el mensaje.

Dejé escapar un suspiro.

Recordaba perfectamente quién era.

Recordaba aquellas decisiones

Impulsivas.

Las fotografías.

Los errores.

Los momentos vacíos.

Y precisamente por recordarlos no tenía ninguna intención de repetirlos.

El teléfono volvió a vibrar.

Kelan: ¿Sigues ahí?

Mire la pantalla.

Carolina: ¿Que quiere este hombre?

-Murmure

Sabía perfectamente la respuesta.

No quería hablar.

No quería verlo.

No quería retomar nada.

Absolutamente nada.

Porque mi corazón seguía apuntando a una sola persona.

Nicolás.

Y aunque aquello pudiera parecer absurdo para algunos, para mí era una verdad imposible de ignorar.

Terminé cerrando la conversación sin responder.

Como si él universo hubiera decidido añadir una última escena a la jornada, ocurrió el accidente.

Todo paso en segundos.

El celular resbaló.

Golpeó el borde de una mesa.

Y después el suelo.

-¡No, no, no, no!

Lo levanté de inmediato.

La pantalla estaba rota. Cerré los ojos.

-Perfecto.

Mire el desastre frente a mi.

Diagnóstico nuevo.

Medicamentos.

Recuerdos de Nicolás.

Mensajes de Kelan.

Y ahora un teléfono destruido.

Solté una pequeña risa cansada.

-Bueno... Supongo que no podía terminar el día de otra manera.

Me deje caer sobre la cama.

La habitación quedó en silencio.

Y mientras observaba el techo, comprendí algo.

Las ausencias seguían doliendo.

Los recuerdos seguían apareciendo.

Las personas seguían regresando cuando menos las esperaba.

Pero yo seguía avanzando.

Paso a paso.

Con miedo.

Con dudas.

Con heridas.

Pero avanzando.




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