Observé el reloj por tercera vez en menos de cinco minutos.
9:18.a.m.
Permanecía acostada sobre la cama, inmóvil, con la mirada perdida en el techo de mi habitación.
No había hecho nada desde que desperté. Ni levantarme, ni desayunar, ni siquiera revisar el celular. Y, sin embargo, me sentía agotada, como si hubiera pasado horas cargando algo demasiado pesado para mí. Cerré los ojos durante unos segundos, esperando encontrar un poco de calma, pero fue un error. Apenas lo hice, apareció él. Nicolás.
-No- susurré para mí misma.
Abrí los ojos de inmediato y solté una risa amarga.
-¿Enserio? ¿Otra vez?
La habitación permaneció en silencio. Claro nadie iba a responderme. Últimamente hablaba más conmigo misma. Que con cualquier otra persona. Aún así, seguí haciendolo porque era la única manera que tenía de ordenar el caos que llevaba dentro.
-Ya paso, Carolina -Murmure mientras me cubría los ojos con una mano-. Ya pasó hace mucho tiempo.
Pero ni siquiera yo me creí esas palabras.
Porque si realmente hubiera pasado, no estaría allí, mirando el techo como si el mundo entero pesará sobre mi pecho.
Si realmente hubiera pasado, mi cuerpo no reaccionaria de aquella manera cada vez que pensaba en él. Si realmente hubiera pasado, no tendría ganas de llorar a las nueve de la noche por alguien que ya no formaba parte de mi vida.
Sentí un nudo en la garganta.
Entonces, ¿Que me pasa?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Trague saliva y volví a mirar el techo.
Era una pregunta que llevaba meses haciendome. Quizá años.
¿Que era exactamente lo que seguía doliendo?
Porque ya ni siquiera estaba Segura de que fuera él. A veces pensaba que si. Otras veces creía que era algo mucho más complicado. Tal vez no lloraba por Nicolás. Tal vez lloraba por la versión de mi misma que había existido cuando él todavía ocupaba un lugar importante en mi corazón.
La chica que imaginaba futuros completos a partir de conversaciónes sencillas. La chica que creía que algunas personas llegaban a quedarse. La chica que todavía no sabía lo que era despedirse de algo que nunca llegó a existir.
Una lágrima escapó de mis ojos y descendió lentamente por mi mejilla.
-Que ridicula eres.
Me limpié el rostro con rapidez, aunque no había nadie allí para verme.
-No lo extraño.
La frase salió sola.
Sin embargo, algo dentro de mi pareció cuestionarme inmediatamente.
-¿No?
Cerré los ojos.
-No.
-Entonces, ¿Porque sigo pensando en él?
No encontré respuesta.
Y eso fue lo que más me asustó.
Porque habría sido mucho más sencillo admitir que seguía enamorada. Mucho más sencillo decir que lo extrañaba. Pero aquello no se sentía así. Era diferente. Más confuso. Más profundo. Era como si estuviera de luto por algo invisible. Por una posibilidad. Por una historia que nunca tuvo la oportunidad de convertirse en realidad.
Escuché a mi madre Caminar por la casa y me incorporé ligeramente sobre la cama. Todavía faltaba para que saliera. Todavía tenía que fingir que todo estaba bien. Y estaba cansada. Tan cansada de fingir que a veces me preguntaba si alguien notaría la diferencia si simplemente dejaba de hacerlo.
Volví a acostarme y observé como la luz de la mañana se extendia lentamente por las paredes. El mundo seguía avanzando. El reloj seguía moviéndose. Mi madre continuaba con su rutina. Todo parecia funcionar con normalidad.
Todo, excepto yo.
Y entonces una idea atravesó mi mente.
Quizá él problema nunca había sido el silencio.
Quizá había hablado demasiado.
No con palabras.
No con lágrimas.
Si no con ese dolor que se había instalado dentro de mi desde hacía tanto tiempo que ya formaba parte de mi rutina. Un dolor paciente. persistente. Invisible. Uno que esperaba el momento adecuado para recordarle que seguía allí.
Volví a cerrar los ojos.
Y comprendí que tal vez mi cuerpo no estaba reaccionando contra el recuerdo de Nicolás.
Tal vez estaba reaccionando contra todo aquello que nunca pude decir.
Contra todas las preguntas que quedaron sin respuesta.
Contra todas las despedidas que jamás ocurrieron.
Contra todas las versiones de mi vida que imaginé y que nunca llegaron a existir.
Porque hay dolores que dejan de vivir en el corazón.
Y cuando eso ocurre, encuentran otro lugar donde quedarse.
A veces en la memoria.
A veces en los sueños.
Y a veces, como aquella mañana, en un cuerpo que continua gritando todo lo que mi voz decidió callar.