-Tengo buenas noticias -
Dijo la tía Sindy al otro lado del teléfono.
-Yo te compro el medicamento.
Por un instante sentí que algo dentro de mi se aflojaba. Llevaba semanas aferrándome a la esperanza que me habían dado el diagnóstico de TDAH.
Desde que el psiquiatra Jairo me explico lo que ocurría y me habló de tratamiento, había imaginado una vida distinta.
Una en la que estudiar no fuera una batalla diaria, en la que pudiera organizarme, terminar proyectos y dejar de sentirme atrapada detrás de una versión de mi misma que nunca lograba alcanzar.
De verdad? -Pregunte, intentando contener la emoción.
-Claro que sí. No quiero que sigas esperando.
Colgué con una sonrisa que hacía mucho no sentía. Era alivio. Era gratitud. Era la sensación de que, por fin, una puerta comenzaba a abrirse.
Pero la felicidad duró poco.
Esa misma noche, mientras observaba el techo de mi habitación, otra emoción empezó a ocupar espacio. Una más amarga. Mi mamá paso frente a la puerta y se detuvo al verme despierta.
-¿Todavía no duermes?
Me incorporé lentamente.
-No.
Hubo un silencio incómodo.
-¿Que pasa? Preguntó mi madre.
Dudé antes de responder.
-Nada... Bueno, si pasa algo.
Mi mamá me miró esperando que continuará
-Me alegra mucho que la tía Sindy vaya a ayudarme, pero también estoy enojada.
-¿Enojada conmigo?
La pregunta quedó suspendida en el aire
-Un poco - admiti-. Se que tienes muchos gastos y que las cosas no son fáciles, pero a veces siento que hay dinero para las necesidades de mis hermanos y nunca para las mías.
Mi madre bajo la mirada.
-No es así.
-Tal vez no intencionalmente pero así se siente.
El silencio volvió a instalarse en ambas.
Sabía que mi madre hacia lo que podía. Lo sabía de verdad. Sin embargo, comprender algo no siempre evita que duela.
-Solo quería una oportunidad -murmure -. Una oportunidad para intentar estar mejor.
Mi madre no respondió de inmediato.
Esperaba que se disculpara pero claro que no.
Ella nunca se disculpa.
Y entonces estaba el otro problema.
La receta.
Aquella hoja que había representado una posibilidad ahora estaba vencida.
¿Y si ya no sirve? - pregunté al día siguiente.
-¿Que quieres decir?
-La receta. Ya pasó el tiempo. No sé si tendré que sacar otra.
La sola idea me revolvía el estómago.
- Preguntaremos -
Contesto mi tía.
-No te adelantes.
Pero era difícil no hacerlo.
¿Que pasaría si necesitaba una nueva consulta? ¿Y si tenía que esperar otros seis meses? ¿Y si todo volvía a quedarse detenido?
A veces sentía que mi vida era exactamente eso:
Una sala de espera interminable.
Miré por la ventana. Afuera, el mundo seguía avanzando. La gente estudiaba, trabajaba, hacia planes, construía futuros. Mientras tanto yo permanecía quieta, observando desde detrás del cristal.
Sabía que podía cambiar. Lo sentía en lo más profundo de mi pecho. Sabía que existía una versión de mi misma capaz de hacer tantas cosas que ahora parecían imposibles.
Solo necesitaba una oportunidad.
Solo necesitaba la llave correcta.
Por ahora, todo lo que podía hacer era esperar, cargando esa mezcla de felicidad y enojo, de esperanza y frustración. Un sabor agridulce que me acompañaba mientras miraba una puerta que aún no terminaba de abrirse.