Carolina

Romper para sanar.

Nunca imaginé que llegaría el día en que reuniera el valor suficiente para hacerlo. Con el corazón desecho y las lágrimas nublandome la vista, tomé una decisión que me partió el alma:

Eliminar y bloquear a Nicolás de todas mis redes sociales. No fue un acto impulsivo nacido de la rabia, ni una decisión fría tomada con la cabeza. Fue una necesidad. Fue mi manera desesperada de empezar a salvarme.

Todo comenzó cuando una aplicación apareció frente a mi. Micaela lo había etiquetado y, en cuestión de segundos, todo aquello que había intentado mantener bajo control volvió a derrumbarse. Sentí como el suelo desaparecía bajo mis pies. Quise ignorarlo, fingir que no existía, convencerme de que aquella simple notificación no tenía el poder de destruirme otra vez.

Pero si lo tenía.

Y entonces, entre lágrimas y con las manos temblando, actúe.

Eliminar.

Bloquear.

Silenciar.

Uno por uno fui cerrando todos los caminos que podían conducirme a él. Todos los puentes que me mantenian atada a una esperanza que solo seguía haciendome daño. Sin embargo, nada de eso evitó el dolor.

Mi pecho se sentía oprimido, como si unas manos invisibles lo estuvieran estrujando sin piedad. Las lágrimas no dejaban de caer y, en medio de aquel vacío insoportable, no dejaba de atormentarme:

¿Era este el final de todo o apenas el comienzo de una herida que tardaría mucho tiempo en cicatrizar?

Había pensado que sería más sencillo. Creí que dejar de verlo, de encontrarme con sus fotografías, sus historias y esas pequeñas señales que tanto significado tenían para mí, haría que el dolor desapareciera poco a poco. Pero me había equivocado.

Porque seguía doliendo.

Y dolía muchísimo.

Aún así, había algo dentro de mi que seguía sorprendiendome. Una parte de mi corazón que, pese a estar hecho pedazos, continuaba deseándole lo mejor. Era extraño, incluso contradictorio.

¿Cómo era posible querer el bienestar de alguien que había roto mi alma?

Pero el amor, cuando es sincero, no siempre se convierte en odió.

Y aunque Nicolás me había herido profundamente, no podía verlo como un monstruo.

Era simplemente una persona que me había hecho daño... Y a la que, de una manera que ni yo misma lograba comprender, todavía guardaba cariño.

Por eso, aquel día comenzaba el contacto cero.

Y lo hacía sabiendo perfectamente que no sería fácil.

Sabía que mi voluntad flaquearia. Que habría noches en las que buscaría cualquier excusa para asomarme a su vida, esperando encontrar una señal, una fotografía, una prueba de que todavía existía un lugar para mí sabía que habría momentos en los que me sentiría sola frente al silencio que yo misma había creado.

Pero también sabía que era necesario.

Porque había heridas que no podían sanar mientras siguieran abiertas.

Y aunque amarlo seguía siendo una verdad dolorosa, por primera vez en mucho tiempo estaba eligiendome a mí.

Estaba eligiendo sanar.

Si sanar tomaba tiempo, entonces esperaría.

Si sanar dolía, entonces aprendería a vivir con ese dolor.

Porque cada día sin sus notificaciones, sin sus fotografías y sin la tentación constante de buscarlo, sería un día más en el que mi corazón tendría la oportunidad de recomponerse.

Esa noche cerré el teléfono y deje que el silencio llenará la habitación. Respiré profundamente.

Y, por primera vez en mucho tiempo, me permití empezar de nuevo.

Mañana sería otro día.

Quizá mañana el dolor seguiría ahí.

Quizá mañana todavía lloraría.

Pero tal vez, solo tal vez, mañana aquella punzada en el pecho sería un poco menos intensa.

Y mientras las lágrimas se secaban lentamente sobre mis mejillas, comprendí algo que jamás había entendido antes:

A veces, el acto de amor más grande que una persona puede tener consigo misma no es luchar por quedarse... Sino encontrar la fuerza para marcharse.

Y así, con el corazón roto y el alma cansada, elegí el silencio. Porque, porque por primera vez en mucho tiempo, el silencio ya no era soledad.

Era un acto de amor propio.




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