No sé exactamente a que hora ocurrió. Estaba dormida, perdida en algún rincón de la noche, cuando de pronto me encontré en un lugar que no reconocía.
Era una casa distinta a la mia. No sabría decir dónde estaba ni porque me encontraba ahí. Solo recuerdo que estaba sentada en la banqueta de una cochera, tranquila, observando el silencio que lo envolvía todo.
Entonces la vi.
Mi abuelita Cuquita.
La mamá de mi mamá.
Habían pasado años desde que falleció. Ahora tengo dieciocho, pero cuando ella se fue yo apenas tenía siete u ocho años. La verdad es que casi no conservo recuerdos de ella. El tiempo se llevó la mayoría, dejando pequeñas sombras de lo que alguna vez fue.
Pero en aquel sueño estaba ahí. La vi salír despacito, avanzando con cuidado mientras se apoyaba en la pared. Recordé que había perdido la vista, y aún así caminaba con esa calma que siempre pareció acompañarla.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Me vi a mi misma.
No era la joven que soy ahora.
Era la niña de ocho años que alguna vez fui.
La vi correr hacia ella con todas sus fuerzas, como si hubiera estado esperando ese momento durante toda una vida. Como si todos los años de ausencia hubieran desaparecido de golpe.
Cuando la abracé, el mundo entero pareció detenerse.
Sentí sus brazos rodeandome y, aunque no podía verla de frente, pude imaginar perfectamente la sonrisa que apareció en su rostro al reconocerme. Era una sonrisa calida, de esas que solo existen cuando el amor encuentra el camino de regreso a casa.
Todo se sintió real.
Tan real que todavía puedo recordarlo.
Sentí sus mejillas tibias apoyadas contra las mías. Percibí el olor a suavitel que siempre la acompañaba, un aroma suave y familiar que parecía vivir para siempre en ella.
Incluso pude sentir su cabello, tan delgadito y frágil como un hilo de seda, guardando en cada hebra la ternura de toda una vida.
No fue un. Sueño cualquiera.
Fue un abrazo.
Uno que el tiempo me había negado durante años.
Desperté con el corazón tranquilo y el alma llena. Porque Aunque casi no tengo recuerdos de mi abuelita, aquella noche me regaló algo mucho más valioso.
Me devolvió, aunque solo fuera por unos instantes, la sensación de estar entre sus brazos una vez más.