Carolina

La Noche Que Me Quebré En El Baño.

Entro al baño la puerta choca detrás de mi y por un segundo tengo la ilusión tonta de que si la cierro con fuerza también voy a cerrar la noticia, que voy a empujarlo fuera de mi vida.

Me siento en el suelo frío, con la espalda pegada a la puerta, y todo lo que hice en los últimos días los intentos, las llamadas, las excusas que me decía a mi misma se desmorona en una sola frase que alguien me soltó como si fuera un detalle sin importancia: Nicolás invitó a Micaela a cenar.

Se que dije que haría contacto cero pero tenemos amistades en común y por obvias razones sin querer me entero de cosas y eso no ayuda mucho.

No entiendes lo que es sentir como se te aprieta el pecho hasta que no puedes respirar. No entiendes lo que es intentar tragar lágrimas con la boca seca y sentir que se te revuelve el estómago. Me dobló hacia adelante, me cubro la cara con las manos, y las lágrimas salen sin permiso. No paro de pensar en ella: su risa, su luz, ese ángel bonito que todos ven en ella. Y mientras pienso en eso me preguntó, que tiene ella que yo no, que versión de mi habría bastado para que no sintiera este vacío tan feo.

duele Nicolás. Me duele su nombre en la boca, el recuerdo de sus mensajes, la costumbre de leerlo y buscar respuestas donde ya no hay nada. Me duele que él pueda invitarla a cenar como si fuera natural, como si fuera solo otra salida, como si no hubiera pasado nada entre nosotros que me pudiera romper por dentro. Y me duele porque lo quiero -aunque eso suene ridículo y contradictorio.

-y el querer duele cuando no te corresponde de la manera que necesitas.

La náusea llega en oleadas. Se me sube un sabor a metal a la garganta y siento que vomitaría si hubiese algo que vaciar. Me dejó estar en el suelo, escuchando el latido atropellado en mis oídos, y pienso en todas las formas de evitar sentir: Salir, mirar el cel, escribir, es la única que funciona.

Todo me devuelve a la misma imagen: ellos dos, tal vez con la luz cálida del restaurante iluminando sus rostros, ella riendo y él inclinándose solo un poco para escucharla -esa postura mínima que me quema.

Me preguntó si siempre será ella.

Esa pregunta es una puñalada doble: por un lado, el miedo de que sea verdad; por otro, la rabia que me dice que no puedo decidir la vida de otra persona ni obligar sentimientos. ¿Que puedo hacer? ¿Aguantarme? ¿Tragarme esto y fingir que no pasa nada?

Me niego a tener respuestas fáciles. Se que hay una parte de mi que quiere correr hacia él, decirlo todo, reclamarlo, hacerme visible otra vez. Y una parte que sabe que eso sería entregarme a la incertidumbre otra vez, abrir una puerta que ya no me protegió.

Cierro los ojos y recuento: lágrimas, respiraciones, me veo a mi misma en fragmentos -la que intento ser buena persona y que ahora, herida, piensa en venganzas pequeñas o en convertirse en alguien distinto sólo para protegerse de que alguien más le haga daño. Me da miedo esa versión de mi, la que sabotea o se vuelve dura por temor. ¿Que queda cuando todo lo que te queda es un silencio que te duele más que cualquier pelea?

No sé cuánto tiempo paso en el baño., la humedad de la noche me entra por debajo de la puerta. Pienso en mi familia, en lo que dirían si me vieran así. -esa idea de que algunas presencias se quedan en pedazos dentro de uno - y me asusta que yo me esté volviendo un pedazo por dentro.

Me prometo, en voz baja, que no voy a convertir mi dolor en odio.

Pero prometo también cuidarme:

Comer, dormir, respirar, no tomar decisiones que mañana me avergüenzen.

Dejó que la rabia salga en sollozos, que la pena ocupe su lugar sin pedir permiso. No lo escondo. No lo maquillo. Hoy soy esto: Una persona con el corazón apretado en la mano, llorando en el baño porque alguien más tiene su noche y yo no.

Si no me permito esto ahora, lo que queda se pudre en silencio.

Cuando por fin me levanto, mis piernas tiemblan. Me miró al espejo con los ojos hinchados y veo a alguien: vulnerable, cansada, me digo con una voz temblorosa pero firme, que no voy a desaparecer.

Que si Lome eligió estar con ella está noche, eso no borra lo que fuí ni lo que puedo ser. Que su felicidad.

-Si es que la tiene con ella.

-No tiene porque arruinar la mía. Me seco las lágrimas con la manga y respiro profundo: un intento, pequeño, de reconstrucción.

Antes de salir del baño, me dejó una palabra clavada en lo profundo:

Límite. Límite para lo que no voy a aceptar. Límite Límite para no volver a regalarme a quien no sabe cuidarme. me doy una orden suave para mañana: llamar a alguien que me quiera de verdad. - algo que no dependa de él ni de ella.

La noche se queda con sus sonidos: la ciudad respirando, los autos pasando, y yo con mi propio latido tratando de recomponerse. No sé cuánto tardará en dejar de doler. No sé si alguna vez dejará de apuñalarme su nombre. Pero salgo del baño Sabiendo que estoy rota.




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