Carolina

Mi mayor anhelo.

A veces las respuestas llegan disfrazadas de cosas simples.

Aquella noche solo quería distraerme un rato, así que puse una película de Eugenio Derbez.

Pensé que seria una comedia ligera, una historia cualquiera para dejar de pensar. Pero no fue así.

No eres tú, soy yo.

Termino convirtiéndose en un espejo.

Mientras observaba la pantalla, sentía que cada escena hablaba un poco de mí. La historia seguía a un hombre intentando sobrevivir al duelo de una relación que había terminado. Lo veía aferrarse a la esperanza de que ella regresara, convencido de que el amor todavía podía salvarse. Pero el tiempo hizo su trabajo. Él aprendió a vivir sin ella, sano las heridas que parecían imposibles de cerrar y, cuando finalmente ella quizo volver, él ya había encontrado a la mujer con la que realmente quería compartir su vida.

Cuando aparecieron los créditos, me descubrí inmóvil.

No era solo una película.

Era mi corazón haciéndome preguntas.

Pensé en Nicolás.

Pensé en todo lo que todavía me duele admitir.

Pensé en esa parte de mi que aunque espera, aunque intente convencerla de que deje de hacerlo.

Y, por extraño que parezca, en lugar de romperme más, aquella historia me regaló algo que hacia mucho no sentía.

Esperanza.

Nunca había sido capaz de escribir esto sin sentir vergüenza.

Pero la verdad es que sueño con que algún día llegue ese hombre.

No un hombre perfecto.

Solo alguien que me mire con un amor tranquilo. Alguien que no tenga dudas de quedarse.

Que tome mi mano sin miedo y construya conmigo un hogar donde el cariño sea el idioma de todos los días.

Sueño con formar una familia.

Ese ha sido siempre mi mayor anhelo.

Y también mi mayor miedo. Porque conozco el dolor que deja crecer entre ausencias, silencios y heridas que nadie sabe nombrar. Se lo que se siente desear que las cosas hubieran sido distintas cuando eres apenas una niña.

Por eso quiero hacerlo diferente.

Quiero que mis hijos nunca tengan que preguntarse si son suficientes para ser amados.

Quiero que sepan que siempre tendrán un lugar seguro donde volver.

Los he imaginado tantas veces que, a veces, siento que ya existen en algún rincón del mundo esperándome.

Siempre digo que recibiré con amor lo que Dios quiera regalarme.

Pero, si pudiera elegir, me gustaría que primero llegará una niña.

La llamaría Sindy Carolina.

Sindy, por mi tía, una de las personas más importantes de mi vida, una mujer que ha dejado huellas de amor imposibles de borrar.

Y Carolina por mi mamá... Y también por mí. Porque ese nombre Une nuestras historias como un hilo invisible que atraviesa generaciones.

Después imaginaria un niño. Lo llamaría José Luis, Como mi abuelito.

Sería mi forma de mantener viva su memoria, de hacer que su nombre siguiera caminando por el mundo entre risas infantiles, abrazos y nuevos recuerdos.

A veces cierro los ojos y puedo verlos.

Los imagino corriendo por la casa. Escucho sus voces llamándome “Mamá“.

Siento sus pequeñas manos buscando las mías.

Y durante unos segundos todo parece tan real que casi Puedo tocar ese futuro.

Pero entonces aparece el miedo. Ese miedo silencioso que pocas veces me atrevo a decir en voz alta. Tengo apenas dieciocho años y nunca he tenido un novio.

Lo más cercano al amor fue Nicolás.

Él fue mi primera ilusión.

La primera persona con la que imaginé un futuro.

La primera vez que sentí que mi corazón pertenecía a alguien.

Y quizá por eso me asusta pensar que tal vez nadie vuelva hacerme sentir así.

Me aterra la posibilidad de quedarme sola.

De que ese hogar que imagino exista únicamente dentro de mi cabeza.

De que esos nombres que guardo con tanto cariño nunca lleguen a pronunciarse fuera de mis sueños.

Pero esa noche entendí algo.

Los sueños no son promesas son direcciones.

No sé cuándo llegará ese hombre.

No sé si aparecerá cuando ya haya olvidado el dolor o cuando todavía me quede alguna cicatriz por cerrar.

No sé cuál será su historia ni como nuestras vidas terminarán encontrándose.

Sólo se que quiero creer que existe. Y mientras exista esa esperanza, también existirá una parte de mi que seguirá caminando hacia ella.

Tal vez hoy mi corazón todavía este aprendiendo a despedirse de Nicolás.

Tal vez todavía haya noches en las que su recuerdo me visite sin avisar.

Pero eso no significa que mi historia termine aquí.

Porque, en algún lugar del tiempo, sigue esperándome una versión de mi que sonríe mientras escucha unos pequeños pasos correr por la casa.

Una mujer que ya no tiene miedo de amar.

Una mujer que encontró a alguien que decidió quedarse.

Hasta entonces, seguiré haciendo lo único que nunca he sabido dejar de hacer.

Seguir soñando.

Porque hay sueños que nacen del corazón mucho antes de hacerse realidad.

Y el mío, aunque a veces tiemble de miedo, sigue latiendo con la misma fuerza.

Con la esperanza de que algún día alguien tome mi mano y, sin decir demasiado, me haga entender que por fin.

he llegado a casa.




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