Hay días que parecen pequeños, casi invisibles, pero terminan dejando una huella cálida en el corazón. Hoy fue uno de esos.
Acompañe a mi tía Sindy hasta la SCT (Secretaria de comunicaciones y transportes)
Porque tenía que recoger el dinero destinado para mí medicamento. Desde que salimos de casa llevaba esa idea dando vueltas en mi cabeza. No era cualquier trámite; era la tranquilidad de saber que, por fin, podría comprar el medicamento que tanto necesito. Cuando tuve el dinero en mis manos, lo guarde con mucho cuidado dentro de la funda de mi teléfono. Ahí permanecerá hasta mañana, cuando vaya hasta la farmacia Guadalajara para preguntar si ya lo tienen disponible.
Sin embargo, por importante que fuera ese momento, no fue lo que más alegría me regaló.
Al salir de la secretaria nos encontramos con un señor que vendía helados. El calor invitaba a detenerse unos minutos, así que decidimos comprar uno. Yo elegí un sándwich de helado de chocolate, mientras que mi mamá prefirió un bolis de rompope.
Fue entonces cuando ocurrió algo tan sencillo que cualquiera podría haberlo dejado pasar.
Mientras nos entregaba los helados, el señor sonrió y, mirando a mi mamá, comento que yo me parecía muchísimo a ella.
Sentí que el corazón se me derretía más rápido que el helado entre mis manos.
Hay personas a las que uno admira, personas que inspiran o dejan huella, pero si tuviera que elegir parecerme a alguien en este mundo, siempre sería a mi mamá.
Escuchar esas palabras de un desconocido fue un regalo inesperado. Tal vez para él solo fue un comentario al pasar, pero para mí significo muchísimo. Me hizo sonreír con esa felicidad silenciosa que no necesita hacer ruido para sentirse enorme.
Y como si el día quisiera añadir un toque más de rareza, de un momento a otro comenzaron a sonar los celulares. No importaba donde estuviera cada persona:
Todos los teléfonos emitieron al mismo tiempo una alerta presidencial. Por un instante todos volteamos a ver nuestras pantallas con cara de sorpresa antes de soltar unas cuantas risas. Fue uno de esos momentos extraños que rompen la rutina y que, sin buscarlo, terminan convirtiéndose en una anécdota divertida.
Al regresar a casa me di cuenta de que había recibido mucho más que un simple trámite resuelto.
Ahora tengo conmigo el dinero para comprar mi medicamento, una preocupación menos sobre mis hombros y, sobre todo. Un recuerdo que pienso guardar por mucho tiempo: el de un desconocido diciéndome que me parezco a una de las personas que más amo.
A veces la felicidad no llega en forma de grandes acontecimientos. A veces llega escondida entre un helado de chocolate, y unas cuantas palabras dichas por alguien que jamás imaginó cuánto podrían significar.