Carolina

Nuevos Comienzos.

Han pasado tantas cosas en los últimos días que siento que, si no las escribo ahora, terminarán perdiéndose entre el ruido de mis pensamientos.

Por fin tengo en mis manos el dinero para comprar mi medicamento. Fue mi tía Sindy quien me ayudó, y no encuentro palabras suficientes para agradecerle. Sin embargo, la vida volvió a ponerme una pequeña piedra en el camino: la receta ya está vencida y, para colmo, ese medicamento no es fácil de conseguir. Mamá ya salió de vacaciones, así que probablemente en estos días podamos ir con el psiquiatra Jairo Beltrán. Para que me haga una nueva receta. Saber que existe esa posibilidad me da un poco de paz.

Hay algo más de lo que nunca había hablado en estás páginas: Mi Padre.

Nuestra relación comenzó a romperse cuando yo tenía catorce años. Desde entonces, y hasta mis diecisiete, todo entre nosotros fue una sucesión de Silencios, decepciones y distancia. Supongo que crecer tiene un precio. Cuando eres niño, muchas cosas pasan desapercibidas; las justificas o simplemente no las entiendes. Pero llega un momento en el que empiezas a ver la realidad tal como es, y eso cambia la manera en que miras a las personas que más quieres .

Mi padre casi nunca estuvo aquí.

Si soy completamente sincera, las veces que lo vi fueron muy pocas. La distancia hizo su parte, pero también nuestras actitudes terminaron levantando un muro tan alto que un día decidí dejar de buscarlo. Corté toda comunicación con él.

Y, aún así durante el último mes no podía dejar de preguntarme Cómo estaría.

Era una pregunta que aparecía una y otra vez, hasta que finalmente reuní el valor suficiente. Le pedí su número a uno de mis hermanos y marqué.

Cuando escuchó mi voz, pareció alegrarse. O al menos eso quiero creer.

Desde ese día volvimos a hablar.

Podría decirse que estamos bien... Aunque, curiosamente, ahora lleva un tiempo sin responder mis mensajes. Pero esta vez es diferente. Ya no siento esa desesperación por retener a alguien.

He aprendido que las personas son temporales.

Algunas llegan para quedarse un tiempo y otras simplemente pasan por nuestra historia. Ya no pienso mirar hacia atrás intentando detener a quien decidió seguir otro camino. Quién quiera formar parte de mi vida será bienvenido. Y quién quiera marcharse encontrará la puerta abierta.

Eso también incluye a mis propios padres.

En cuanto a Nicolás, parece que mi ausencia no cambio absolutamente nada en su vida. Y, aunque hace unos meses esa idea me habría destrozado, hoy siento algo inesperado: alivio.

Cada día duele un poco menos.

El mismo día que decidí hacer contacto cero con él, tomé unas tijeras y me corté el cabello.

Mientras los mechones caían al suelo, sentía que también se desprendía una parte del peso que llevaba cargando desde hacía tanto tiempo. Fue como despedirme de una versión de mi que ya no quería seguir siendo.

Ese día me hice una promesa. No volveré a dejar crecer mi cabello hasta que sane aquello que realmente me duele por dentro.

Tal vez para otros sea una tontería.

Pero era esto o las venas.

Y, entre tantas emociones, también recibí un regalo que no esperaba. Le escribí a Alicia vazquezi, mi anterior terapeuta. Siempre ha sido una persona muy importante para mí, así que quise contarle sobre mi decisión de hacer contacto cero. Su respuesta fue más calida de lo que imaginaba.

Me dijo que se alegraba profundamente por mí y que, cuando yo quisiera, encontraría un espacio en su agenda para regalarme una consulta.

Pero hubo una frase que se quedó grabada en mi corazón.

“Me alegra que cada día te tomes más a ti en cuenta, Ale.”

Leí esas palabras una y otra vez. Por primera vez en mucho tiempo sentí orgullo de mi misma.

Sentí, que, después de tantos tropiezos, de tantas lágrimas y de tantas despedidas, quizá por fin estoy aprendiendo a elegirme.

Y, aunque todavía queda mucho camino por recorrer, está vez tengo la sensación de que voy en la dirección correcta.

Quizá eso sea, precisamente,

Un nuevo comienzo.




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