Capítulo 4. El evento corporativo y la verdadera misión
Los siguientes dos días pasaron volando como si fueran una sola hora. Sus amigos finalmente lo arrastraron al evento de la empresa. Un buen restaurante, cocina deliciosa, un público refinado... Pero, por alguna razón, Serguii se sentía incómodo. Todos estaban con sus esposas o parejas, y él era el soltero que sentía envidia de la felicidad ajena.
La música retumbaba, algunos bailaban, otros conversaban animadamente con sus amigos; solo Serguii permanecía sentado, con la mirada clavada en su plato.
— Santa, ¿por qué estás tan amargado? ¿Es por el proyecto? —preguntó un amigo.
— Mi proyecto solo lo puede salvar un milagro —respondió Serguii con tristeza.
— ¡Pues tú eres Santa, ¿no?! —escuchó una voz femenina—. Tú mismo eres quien debe hacer esos milagros. ¡Pues hazlos!
Las luces se apagaron y en medio del restaurante apareció un hombre vestido de Santa Claus. Hubo algunas palabras, concursos, pero Serguii estaba lejos de todo aquello. En su cabeza daban vueltas las palabras: "Tú mismo eres quien debe hacer esos milagros".
— ¡Exacto! —exclamó Serguii para sí mismo, se levantó de un salto y se dirigió al hombre que dirigía los concursos.
— Oye, ¿vas a estar aquí mucho tiempo más? —le preguntó Serguii directamente al hombre del disfraz.
— No, este es el último concurso.
— ¡Excelente! Tengo una dirección. ¡Te pagaré, hay que entregar unos regalos! —decía Serguii febrilmente, entusiasmado con su idea.
— Lo siento, pero no —respondió el hombre, echando por tierra todos los planes de Serguii.
— Pero te pagaré muy bien. ¡Entiende, hay una familia que necesita un milagro urgentemente!
— No. Porque yo tengo a mi familia. No aceptaré por ningún dinero. Debo estar con ellos —explicó el hombre—. Tengo dos hijos. Les prometí que estaría en casa para las fiestas. Lo siento.
Serguii estaba dispuesto a prometer mucho más, pero el argumento del hombre sobre la familia anuló todas sus ideas.
— Pero si quieres, te puedo dar el traje, y tú mismo vas a esa dirección y creas el milagro —propuso el hombre disfrazado.
— ¿Yo? —se sorprendió Serguii—. Pero si yo nunca he hecho algo así.
— Créeme, puedes hacer mucho más de lo que imaginas —dijo el hombre—. ¡Nunca es tarde para hacer milagros!