Carta para un amigo

Querido Diego

Es increíble la velocidad y vertiginosidad con la que pasan los años. Estando a pocos días de cumplir diez años de tu partida, quiero que sepas que aun te recuerdo. En un principio creí que con el pasar tiempo se me olvidaría tu rostro y el sonido de tu risa, pero no fue así, tu recuerdo sigue vívido, tu risa aún resuena en mi mente.

Quisiera contarte lo mucho que ha cambiado todo, ahora vivo en una gran Ciudad, lejos del pequeño pueblo donde pase mi infancia. Lejos de todo. A veces, en el ajetreo del trabajo y el estrés de la rutina, me invade la nostalgia, esa sensación incontenible que te lleva a extrañar tu humilde infancia, cuando todo era más sencillo y no había preocupaciones en nuestras mentes.

Aunque nos conocimos desde la primaria, teníamos amistades diferentes. Hasta que por mi soberbia termine quedándome solo. Pasaba las mañanas sentado en el patio del colegio, demasiado tímido para tener nuevas amistades. En ese momento, cuando más necesitaba un amigo apareciste y me diste tu incondicional amistad. Eras como yo, de origen humilde, siempre sonriente y amable. Desde ese momento fuimos amigos.

Como olvidar las cosas que pasamos juntos. Como olvidar aquel viaje de secundaria en que querías declararte a la chica que te gustaba, pero ella no te correspondió. Fue la primera vez que te vi llorar. Hace algunos años la volví a ver, tiene esposo y una hermosa hija. Me reconoció y charlamos sobre la vida y me dijo que todavía se acuerda de ti, a pesar del tiempo todavía siente tu pérdida y el no haber aprovechado cuando aún estabas con nosotros, se arrepiente sobre todo de la forma en que te trató aquella vez, pero éramos tan sólo niños.

Al pasar los años uno adquiere la capacidad de ver la vida desde otra perspectiva. Se aprende a valorar lo que tenemos a fuerza de pérdidas dolorosas. Personas que no valoramos en vida y luego las extrañamos cuando se encuentran en el descanso eterno. Recuerdo cuando te dije que me marcharía del pueblo, me dijiste que hiciera lo que me haría feliz, algo sabio, pero en ese momento no sabía si realmente irme me haría feliz. Te pregunte lo mismo, y me respondiste que te quedarías a trabajar la tierra como tus padres, que era lo que querías, después de todo la ciudad era muy peligrosa. Supongo que el destino nos llega a todos, no importa donde estemos. Tú te marchaste en esa calurosa mañana en tu propio patio trasero, trabajando en lo que te gustaba; yo en cambio he estado en muchos lugares, algunos muy peligrosos, pero supongo que todavía no era mi momento. Me gusta pensar que de alguna forma tu me cuidas desde arriba, no sé si es así, pero lo pienso y me siento seguro.

Quisiera pedirte perdón, porque al regresar desde lejos durante las vacaciones, me reencontré con viejas amistades. Me invitabas con insistencia que fuera a verte, pero tu casa quedaba muy lejos, debía caminar muchos kilómetros en el ardiente sol, tenía otras invitaciones. Solo ponía excusas para no ir a verte. No sabes cuánto me arrepiento.

Entonces, un lunes por la mañana desperté sintiéndome extraño. Sentí una gran necesidad de ir a verte. Sin saber porque fui hasta tú casa. El calor era intenso y el sol brillaba con potencia implacable en aquel cielo despejado de verano. Aun así camine los siete kilómetros de caminos de tierra polvorientos que separaban el pueblo de la zona rural donde vivías. Al llegar estabas en el frente de tu casa, sentado en un sillón mirando hacia el camino, como si supieras que estaba a punto de llegar. Tu alegría al verme fue inmensa, como si se te hubiera cumplido un deseo muy querido. Recuerdo esa tarde que pasamos, charlamos durante horas, nos contamos sobre cómo estaba marchando todo en nuestras vidas, me contaste sobre tu nueva novia, estabas tan feliz. Me gusta recordarte así, alegre, sentados en esa tarde de verano hace ya diez años.

Cuando llego el momento de la despedida me di cuenta del tiempo que había perdido sin ir a visitarte. Te dije que volvería al día siguiente y me dijiste que estarías ocupado, que fuera el miércoles. Si hubiera sabido que esa sería la última vez que te vería te hubiera dado un abrazo, pero sólo me despedí con el frío apretón de manos que solíamos usar.

Al día siguiente me entere de tu accidente, estabas trabajando como todos los días cuando una potente descarga eléctrica puso fin a tu vida aquella mañana del 28 de diciembre de 2008. Pasmado fui al día siguiente a tu velorio, era el miércoles, tal como me habías pedido. Al llegar lo primero que vi fueron los brazos de tu madre quien llorando me decía "Viniste a despedirte. Él quería verte y viniste". Sus palabras me hicieron sentir lo mal amigo que fui contigo, tú me esperabas pacientemente y yo solo busque motivos para no ir hasta que fue demasiado tarde. Ya no tendría más oportunidades para compartir contigo. Solo tenía frente a mí un triste ataúd con tu cuerpo pálido, carente de toda vida, pero todavía tenía esa leve sonrisa en el rostro, como si supieras que había cumplido mi promesa de ir ese día a verte.

El tiempo fue pasando, para tu familia fue muy duro superar la pérdida de su hijo único. Hace un par de años me acerque a saludarlos, fue triste darme cuenta que no me reconocieron, el tiempo había hecho estragos en mí, ya no soy aquel niño que ellos conocieron. Me tranquilice al ver que ellos estaban bien, habían encontrado la paz en medio de su tragedia.

Quiero decirte nuevamente que no te he olvidado. Cada vez que vuelvo al pueblo, camino los kilómetros hasta el distante cementerio en el que te encuentras. Kilómetros que debí recorrer cuando aún estabas, pero que ahora solo me llevan a una gris tumba iluminada con una imagen de tu rostro. Cuando llego, quedo contemplando tu imagen en silencio Recordándote. Es algo que llevo haciendo infaltablemente los últimos diez años y es algo que haré el resto de mi vida. A veces convenzo a otros compañeros de secundaria para que me acompañen, ellos también te recuerdan. Prometo jamás olvidarte, porque nuestra amistad perdurara a lo largo del tiempo.




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