Cartas a Ina (#1)

Capítulo 5

Alaska

Si mi mente fuera una habitación, no tendría puertas. Tendría ventanas abiertas, música sonando desde tres radios distintas y papeles volando por todos lados con frases subrayadas como: "esto podría ser una señal del universo"

—¡Alaska! —grita papá desde la cocina—. ¡Vas a llegar tarde otra vez!

No otra vez. Siempre.

Llegar tarde es casi una tradición familiar, como discutir quién se terminó la leche o quién dejó la toalla mojada sobre la cama equivocada.

Ser parte de sextillizos debería venir con un manual de instrucciones. En mi casa, el silencio es sospechoso. Si no hay gritos, risas, discusiones o alguien llorando porque alguien usó su taza favorita, entonces algo está muy mal.

—¡Estoy bajando! —grito mientras busco mi auricular izquierdo, que como siempre decidió mudarse de dimensión.

Bajo las escaleras esquivando mochilas, zapatillas y una Sharon sentada en el último escalón, limándose las uñas como si no viviera en una casa que parece un manicomio con mejor iluminación y comida.

Papá está apoyado en la desayunara, café en mano, observándonos como si esto fuera un documental de National Geographic: La mañana caótica de una familia promedio.

—Buen día, cariño —dice, sonriéndome—. ¿Dormiste bien?

—Dormir está sobrevalorado —respondo mientras agarro una galleta—. Además, estaba en la mejor parte del libro.

—Siempre estás en la mejor parte.

Y tiene razón. Para mí, todo puede ser la mejor parte: una canción que empieza, un mensaje que vibra, una historia que promete amor. Me emociono fácil. Demasiado.

En la mesa del desayuno, Brandon y Valentín están haciendo lo que mejor les sale: ser idiotas coordinados.

—Si yo fuera un superhéroe —dice Valentín—, mi poder sería llegar tarde sin consecuencias.

—Mentira —responde Brandon—. Tu poder sería molestar gente con solo existir.

—No me hablen antes de las ocho —dice Sharon—. Mi aura todavía no está lista para tanta testosterona mal direccionada.

Mientras tanto, Harper nos organiza, Megan acaricia a su gato loco, papá suspira con resignación. Yo observo y cuento que mis manos tengan 5 dedos perfectamente normales.

La cabeza hoy hace más ruido de lo normal.

Luego de que papá se fuera para llevar a Megan a su instituto, nosotros salimos todos juntos como una estampida humana. Brandon va adelante haciendo algún baile ridículo junto con Logan y Jerry que esperaban en la parada del autobús; Valentín discute con Harper por absolutamente nada; y Sharon camina como si estuviera desfilando en una pasarela invisible.

Breana me espera en la misma parada del autobús. — Tus hermanos parecen más ruidosos que de costumbre.

—Eso es porque hoy estamos más vivos que de costumbre querida Brea.

Ella sonríe, evitando mirar a Brandon. Él evita mirarla.

Tema prohibido en la lista de prohibidos de BFF número tres: ellos.

Tema prohibido en la lista de prohibidos de BFF: por qué terminó su relación secreta.

El camino al instituto es una mezcla de auriculares, pensamientos acelerados y listas mentales de cosas que no debo olvidar: respirar, entregar el trabajo de literatura, un pie delante del otro para caminar, no encorvarse.

Realmente no presto atención a cuando bajamos del autobús y atravesamos las puertas principales del instituto; de hecho, ni siquiera recuerdo bien cuando me subí al autobús. Es como si mi mente estuviera aún bajo las sábanas de mi cama durmiendo.

Hoy va a ser un mal día, te lo afirmo.

NO. Hoy va ser un buen día, te lo ¿contra afirmo?

Último año. Esto lo transforma todo. Aunque, los pasillos sigan con el olor a desinfectante de baja calidad, los lockers aún fallan y los profesores repiten frases como "esto les será útil en la universidad", aunque nadie parece creerles del todo.

En la escuela, todo tiene un orden controlado.

Bueno, casi siempre lo tiene.

Entro a la clase y algo en mi mente se empieza a romper. Me gusta aprender. Incluso cuando no comprendo. Incluso cuando me siento aburrido. Me gusta esforzarme. Tomo notas. Subrayo. Pero en cuanto me despido de mis amigos-hermanos y entro sola al aula, algo en el estomago se me retuerce.

La docente menciona preguntas claves para la siguiente lectura obligatoria y yo escribo más rápido de lo que entiendo. Las palabras se amontonan en mi mano. Flechas. Asteriscos. La chica al frente mastica chicle de manera rítmica. Alguien tose. De pronto miro y hay gráficos. Un debate comienza a mi izquierda y termina al fondo del salón. Yo también participo. Creo. Levanto la mano en algún momento. O quizás solo lo pienso, pero no lo hago. Anoto fechas. Resalto palabras clave. Subrayo algo tres veces. Me digo que lo revisaré más tarde.

Parpadeo.

Fiuuuum... y listo

La campana. Almuerzo.

Estoy sentada en la misma mesa de siempre con la bandeja delante de mí. Por dentro, es como si diez estaciones de radio estuvieran sintonizadas a la vez. A veces me preguntan si estoy cansada o que parezco distraída. Pero, no es que vaya más lento o que esta distraída, es que todo sucede demasiado rápido dentro mío.

El problema no es que no esté.
Es que estoy en demasiados lugares al mismo tiempo.

El tenedor golpeando la bandeja tres mesas más allá. Sharon girando los ojos antes de hablar, siempre lo hace medio segundo antes. Logan inclinándose hacia adelante cuando algo le importa de verdad. La forma en que Jerry protege su vaso con el brazo como si alguien fuera a robárselo. El olor a pasto recién cortado.

Estoy consciente.

Solo que mi mente corre maratones mientras mi cuerpo todavía se está atando los cordones.

Y entonces Breana cae en el banco frente a mí con un golpe seco de madera y una sonrisa torcida.

—¿Me extrañaste o ya estabas planeando reemplazarme zorra? —dice, dramática, dejando su bandeja.




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