Cartas a Ina (#1)

Capítulo 6

Will

Normalmente dormir no es un problema. De hecho, es fácil: te acostas, pones música y miras un punto fijo hasta que el cerebro se adormece y entiende que es hora de descansar y pum, te dormís. En otros casos también sirve el cansancio físico. Te mantenes ocupado todo el día y te acostas siempre a la misma hora, generando así una rutina de sueño. En palabras simples, caes rendido. No es la mejor opción, pero funciona.

Pero esta noche no.

Nada de lo que hago funciona.

Los recuerdos van a doscientos por hora, uno tras otro, como proyectiles. Y los detalles son lo peor.

El sonido del vaso rompiéndose contra la pared. El grito de mi madre cuando la arrastra. El tono exacto de morado, verde y amarillo del moretón en su abdomen. La canción de cuna que tarareo para que mis hermanos mellizos, de apenas un año, se duerman y no lloren. Porque si lloran, él se enoja. Y si él se enoja, quiere lastimarlos. Mamá nunca lo dejó lastimarlos. Son muy bebés. Ella recibe los golpes. El doble. El triple si intenta cubrirme a mí también.

Sacudo las piernas y me saco las sábanas de encima. Me siento en la cama y muevo el cuello hacia ambos lados intentando aflojar la tensión. Apoyo los codos sobre las rodillas y dejo caer la cabeza entre las manos. Intento hacer las respiraciones que la Doc. me enseñó, pero solo aumenta mi frustración un poco más de lo que ya estaba.

<< Definitivamente pagas sesiones al pedo.

— Por una puta vez, déjame en paz. — murmuro —Te lo suplico.

Me levanto de golpe. Me pongo unos pantalones de jogging. Me quedo sin camiseta. Agarro la cajetilla del escritorio, el encendedor y el celular.

La psicóloga dijo que a algunas personas el frío las ayuda a cortar el ciclo, que cambiar la sensación física obliga al cerebro a enfocarse en otra cosa. En el momento me pareció interesante. Ahora es lo único que se me ocurre intentar. No quiero prender la luz. No quiero cruzarme con nadie. No quiero explicar por qué estoy despierto. Ir al jardín no es opción.

Abro la ventana despacio y el aire de la madrugada entra directo, fresco, más fuerte de lo que esperaba. No es invierno, pero a esta hora el viento todavía corta. Me quedo unos segundos apoyados en el marco, respirando. Se siente distinto. No arregla nada, pero cambia cómo entra el aire en mis pulmones. Eso ya es algo.

Paso una pierna por la ventana y después la otra. El marco cruje y me quedo quieto, escuchando. Silencio. Bien.

Me acomodo en el tejado con cuidado. Las tejas están frías incluso a través de la ropa y ese contacto me mantiene presente. Estoy acá. No allá.

El viento me pega en la cara y despeja un poco la presión en el pecho. Respiro más profundo. No perfecto, pero mejor que adentro. Saco el paquete del bolsillo, enciendo el cigarrillo y la primera pitada arde en la garganta con la intensidad de la menta y el ligero toque dulce de sandía. El humo entra y sale. Es concreto. El frío en las manos. El ardor en el pecho. El sonido del viento. Todo eso compite con el recuerdo y, por unos segundos, le gana.

Me quedo mirando el horizonte del barrio, las luces aisladas, las estrellas encima. Hago dibujos imaginarios con las grietas de las tejas. Me pongo los auriculares y pruebo el ruido blanco que Harper me recomendó. No lo soporto ni treinta segundos.

Perdón, amiga, pero tus gustos son rarísimos.

En su lugar, pongo Stuck in a Moment You Can't Get Out Of de U2 y dejo que la voz de Bono llene los espacios oscuros con pequeñas luces de emergencia. No hace que desaparezca nada, pero me permite caminar por los recuerdos sin que me aplasten. Busco a mi mamá riéndose en la cocina. A mis tías discutiendo por quien le toca hacer la cena. A Harper bailando en cualquier contexto. A todas esas personas que fueron, o siguen siendo, parte de los días buenos.

La noche pasa tranquila. Es extraño, pero parece el único momento del día con paz real. Sharon dice que durante la noche el cincuenta por ciento de la población está dormida y que por eso hay menos energía negativa flotando en el aire.

Debatible.

Pero ahora mismo no me importa discutirlo.

Estoy respirando.

Y alcanza.

La madrugada, irónicamente, se me pasó rápido. Cuando quise darme cuenta, el sol ya estaba saliendo y los adultos mayores salían a caminar con el amanecer de fondo. ¿Por qué los ancianos aman tanto madrugar?

>>Quizás porque saben que morirán pronto a causa de la edad y quieren disfrutar al máximo.
<<Eso es oscuro, hasta para ti.

Cuando vuelvo a entrar por la ventana hacia la habitación, la tía Olivia ya está allí, mirándome con las manos en la cadera y sus ojos que gritan: "adolescente estúpido atrapado".

Me quedo quieto como una estatua y pestañeo de forma tierna.
—Hola, tía, hermosa, maravillosa— sonrío, con dientes y todo, forzando mi intención de que no me rete.

Ella me mira, levanta una ceja como diciendo "¿en serio?", achina los ojos y espera a que hable.

—Fue una mala noche, no podía dormir. Pero, ey, al menos solo fui al tejado y no escapé a ninguna fiesta o carrera clandestina. Soy bueno.

La tía Olivia no puede seguir conteniendo la risa ni su fachada seria.
—La siguiente vez, mínimo ponte una remera. No quiero salir corriendo porque tienes una gripe mortal o algo así.

Se acerca a mí, que sigo de pie en medio de la habitación con la posición de "ladrón atrapado a mitad de un robo".

—¿Los recuerdos te torturan de nuevo?

Automáticamente mi cuerpo se endereza y se pone a la defensiva, apretando los puños a mis costados, listo para un ataque.

>>Es la tía Livi, imbécil, no un sicario de la mafia rusa.

Es verdad. No sé por qué reacciono así.

—No, solo era insomnio. —miento

—Will... —la forma en que dice mi nombre, con una mezcla de advertencia y ternura, hace que mi corazón duela, porque quisiera poder abrazarme a ella y llorar como un niño pequeño, decirle todo lo que me pasa por la cabeza, pero no puedo hacerlo. Yo soy el mayor, el fuerte, el que siempre debe poder con todo.




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