Cartas a Ina (#1)

Capítulo 9

Alaska

Despierto con la sensación de que algo pasó.

No algo malo.

Algo raro.

Abro un ojo.

Mi habitación está igual que siempre: la luz de la mañana entrando por la ventana, el ruido lejano de alguien moviéndose en la cocina, y mi manta completamente enredada alrededor de mis piernas como si hubiera luchado contra un pulpo en sueños.

Me quedo mirando el techo unos segundos.

Anoche.

El jardín.

El árbol.

Will.

Parpadeo.

No es la primera vez que mi mente me juega una mala pasada.

Una vez soñé que Valentín y yo habíamos adoptado una cabra y la habíamos escondido en el garaje durante tres días. Cuando desperté, estuve sinceramente decepcionada de descubrir que la cabra no existía.

Así que sí.

Mi cerebro tiene antecedentes.

Me giro hacia la mesa de noche y tomo el teléfono justo cuando la alarma empieza a sonar.

Primer pensamiento del día: llamar a Breana.

Porque Breana tiene una habilidad sobrenatural para quedarse dormida en cualquier lugar. Literalmente una vez se quedó dormida durante una película de terror sentada y con los ojos abiertos. Ayer me pidió que la llamara para asegurarse que no se quedara dormida y no pierda el turno con el médico o su madre la mataría.

Abro el teléfono.

Pero antes de marcar su número, algo me llama la atención.

El chat de Will está arriba de todo.

Eso es raro.

Muy raro.

Normalmente está abajo. Muy abajo.

Frunzo el ceño y lo abro.

Y ahí está: El último mensaje fue a las 2:31 a. m.

Me quedo congelada mirando la pantalla.

No fue un sueño.

Mi corazón hace una cosa extraña en el pecho. Algo entre un salto y una voltereta.

Oh.

Dios.

No fue un sueño, lo de anoche sí pasó.

Siento que una sonrisa empieza a crecer en mi cara.

Intento detenerla.

No funciona.

—Ok —murmuro al aire—. Ok, Alaska. Respira.

No estoy segura de por qué estoy hablando sola.

Pero tampoco estoy segura de muchas cosas en este momento.

Lo único que sé es que mi estómago está lleno de ballenas azules haciendo piruetas.

SIP, ballenas azules, porque ahora los elefantes se quedaron chicos para describir lo que siento.

Pasitos de hormiga.

Sí.

Exactamente.

No importa si lo de anoche fue en plan amigos, sigue siendo un avance.

Uno pequeño, pero avance al fin.

—Pasitos de hormiga —repito en voz baja.

Me levanto de la cama con decisión, o al menos lo intento.

Porque inmediatamente me enredo con las mantas y casi termino besando el suelo.

—Perfecto —murmuro desenredándome.

Agarro el teléfono otra vez y pongo música mientras camino hacia el mueble.

Empiezo a revisar la ropa para hoy con las primeras notas de Give me a Kiss de Crash Adams.

Jean.

Suéter.

No.

Demasiado aburrido.

Saco otra cosa.

La vuelvo a guardar.

Estoy sonriendo otra vez.

No puedo evitarlo.

Cada vez que recuerdo el momento en el jardín mi cerebro hace ese pequeño replay automático.

Will.

El árbol.

Las estrellas.

Y el hecho de que no se fue.

Sacudo la cabeza un poco.

Ok. Calma, No te emociones demasiado.

Es verdad, todavía existe la posibilidad de que hoy actúe completamente normal y me salude con un simple "hola" como si anoche no hubiéramos hecho árbolterapia a las tres de la mañana.

Pasitos de hormiga.

—Sí, ya entendí —le respondo.

Saco finalmente una remera negra sin diseño junto con una pollera-short de jean y un suéter gris, lo dejo sobre la cama.

El teléfono reproduce otra canción, esta vez es Takes one to know one de Jeremy Shada

Y mientras me cambio, mi sonrisa vuelve otra vez. Porque por primera vez en mucho tiempo las cosas con Will no están completamente en mi imaginación.

Creo.

Me estoy poniendo las medias cuando recuerdo que iba a llamar a Breana.

Levanto el teléfono, miro la pantalla y ahí está otra vez.

El chat de Will.

Arriba.

Mi cerebro inmediatamente empieza a hacer lo que mejor sabe hacer: convertir una hormiga en un dinosaurio emocional.

Ok.

Respira.

Inhalo.

Exhalo.

Una vez leí que si respiras profundo durante diez segundos el cerebro entiende que no estás en peligro y no se vuelve loco, No estoy segura de sí es ciencia real o algo que escribió alguien en internet solo porque estaba aburrido.

Pero funciona.

Más o menos.

El corazón deja de hacer parkour en mi pecho.

Okey, no hace falta convertir esto en una novela romántica de 600 páginas en mi cabeza. Anoche nos sentamos bajo un árbol, hablamos y miramos las estrellas. Fin.

Dos amigos haciendo cosas de amigos.

Probablemente.

Tal vez.

Quizás.

Cierro el chat antes de que empiece a analizar cada palabra como si fuera un criptograma de la CIA.

Marco el número de Breana.

Tres tonos.

—Si no contestas voy a ir a tu casa con una bocina de estadio y la canción que más odies a todo volumen—le digo al buzón y cuelgo.

Dejo el teléfono sobre la cama y termino de vestirme mientras la música sigue sonando.

Cuando bajo a la cocina, el olor a café ya está flotando por toda la casa.

Papá está sentado en la mesa con una taza enorme de café, leyendo algo en su Tablet.

Sharon está apoyada contra la mesada cortando fruta para su yogurt, mientras que los demás engendros que tengo de hermanos desayunan en el comedor. Levanta la vista cuando entro. —Buenos días, criatura de la noche.

—Buenos días —murmuro.

Abro la heladera.

Saco leche.

Cereal.

Todo muy normal. Muy tranquilo.

Papá me observa por encima de la taza. —Dormiste bien.

No es una pregunta.

Lo miro.

—Sí.

Silencio.




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