Will
El ruido de la cafetería era constante, como una especie de fondo musical caótico hecho de bandejas chocando sobre las mesas, sillas arrastrándose y conversaciones que se superponían unas con otras.
Estaba reclinado en la silla, con las piernas estiradas debajo de la mesa y una sonrisa divertida que aparecía cada vez que alguno del grupo decía algo estúpido.
O sea, todo el tiempo.
—Estoy diciendo que necesitamos un nombre —insistió Brandon, golpeando la mesa con el lápiz—. Todos los grupos icónicos tienen uno.
—No somos un grupo icónico —respondió Harper, sin levantar la vista de su celular—. Somos seis adolescentes hormonales promedio cuyo pasatiempo favorito es juntarse a quejarse de la vida y comer papas fritas.
—Ocho —corregí, señalando con la cabeza hacia otra mesa. Todos miraron en la misma dirección.
Alaska y Breana estaban sentadas unas mesas más allá, inclinadas una hacia la otra, completamente metidas en su propio mundo. Breana hablaba en voz baja mientras Alaska la miraba fijamente. Parecían vivir en una realidad paralela.
Logan tomó una papa frita del plato del centro de la mesa y la levantó como si fuera un micrófono.
—Propongo que nos llamemos Los olvidados por Cupido.
Sharon levantó la vista de su teléfono.
—Eso suena como un grupo de apoyo.
—Técnicamente es lo que somos: ocho locos ayudándose mutuamente en vez de buscar ayuda profesional —respondió Harper.
—¿Y si nos llamamos Los sobrevivientes del drama? —dijo Sharon.
—Ese nombre es demasiado largo —opinó Valentín.
—Los dramáticos —propuso Jerry.
—Eso suena a grupo de teatro —rebatió Sharon—. Y no importa qué tan icónica sea, no quiero ser Sharpay Evans.
—El club de las malas decisiones —propuse.
Harper se quedó pensándolo unos segundos.
—Eso, en realidad, no está mal.
—Porque es verdad —dije—. Míranos.
Señalé la mesa con una sonrisa ladeada mientras me acomodaba más recto en la silla.
—Yo soy perfecto —dijo Logan.
Brandon resopló.—Claro.
—Es verdad —dijo Logan, encogiéndose de hombros—. Si esto fuera una serie adolescente, yo sería el alivio cómico.
—Tú serías el problema central —corrigió Harper—. Incluso si estuviéramos en una película de terror, serías el primero al que el asesino perseguiría.
Las risas estallaron alrededor de la mesa.
—¿Qué les parece “El club de los ocho desastres”? —propuso Brandon.
—Los nueve —agregó Jerry.
Todos se lo quedaron mirando.
—Ya te hemos dicho que tu amigo imaginario Tom no puede sumarse al grupo —lo molestó Logan.
Jerry le mostró el dedo medio con una sonrisa sarcástica. —No, imbécil. Me refiero a Megan.
—¿Megan, mi hermana? —preguntó Valentín de pronto.
—¿Conoces alguna otra Megan que sea parte de nuestro grupo? —respondió Jerry.
Es verdad.
¿Cómo nos habíamos olvidado de Megan?
Megan ni siquiera iba a nuestro instituto. Iba a una escuela de arte para personas dentro del espectro autista. Un lugar diseñado para gente que veía el mundo de forma distinta.
Pero aun así, todos sabíamos que era parte del grupo.
Nunca hubo discusión al respecto.
<<Pero bien que se la olvidaron.
>>Dios, ya te habías tardado en aparecer. En mi defensa, Megan estaba implícita en todo esto. No era necesario mencionarla.
<<Sí, claro.
>>Vuelve a tu rincón oscuro, ¿quieres?
—¿Cómo puede ser que no sepamos cuántos somos? Hemos sido los mismos desde el jardín maternal —dijo Brandon, negando con incredulidad.
Levanté la mano. —De hecho, yo no. Desgraciadamente los conocí hace apenas seis años.
—En realidad… —comenzó Sharon, y ya todos sabíamos lo que venía—. Tú llegaste tarde, pero siempre fuiste parte. El universo reservó tu lugar hasta que te guiara hasta nosotros.
—Qué daño cósmico habré hecho para que el universo me dejara caer entre una panda de locos.
—¡Hey!
La queja colectiva me hizo reír, pero se cortó en cuanto noté cómo la silueta de cierta chica que me traía loco se acercaba por mi costado.
—Holis —dijo Breana, acercándose a la mesa con Alaska a su lado.
<<Está rara.
>>Lo sé. ¿Pero qué puedo hacer para ayudarla sin acercarme demasiado?
<<Quizá dejar de ser un idiota egoísta y abrazarla.
>>No puedo.
<<Bien, idiota. Solo intégrala. Sabes que llamar la atención sobre su estado anímico suele ponerla peor.
—¿Podemos unirnos? —preguntó Alaska tímidamente.
—¿Qué clase de pregunta es esa? Claro que pueden —dijo Logan—. Ven aquí, Alas.
Ella rodeó la mesa y se sentó entre Logan y Jerry, mientras Breana se acomodaba a mi lado, con Brandon del otro.
—¿De qué hablaban? —preguntó Brea.
—Mientras ustedes ponen al día a las señoritas, yo voy por un jugo antes de que el cambio de hora comience —dijo Jerry mientras se levantaba—. ¿Alguien quiere algo?
—Yo quiero uno también —dijo Harper con una sonrisa—. Por favor.
—Claro, preciosa.
<<Sería menos obvio con un cartel en la frente.
>>No lo juzgues. Harper puede ser intimidante. Las cosas deben fluir.
<<¿Fluir? Ni que fuera un río.
Mientras el resto de la mesa ponía al día a las recién llegadas, yo no podía evitar mirar a la pequeña hadita sentada frente a mí.
<<¿Hadita? Creo que voy a vomitar.
>>¿No la has visto? Parece salida de uno de esos cuentos que mamá me leía.
<<Bueno… quizá ya no vomite tanto.
Quisiera poder seguir viéndola así.
Solo como eso.
Una hadita.
Pero Alaska intenta disimular una risa por algo que Logan le dice, mordiéndose el labio, y ese gesto…
Dios.
Ese maldito gesto hace que toda la sangre en mi cuerpo empiece a calentarse y dirigirse a dónde no debería.
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vínculos frágiles, humor como defensa, amor que duele y abriga
Editado: 21.03.2026