Alaska
Cuando salgo del edificio del instituto siento que mi cuerpo está funcionando en una frecuencia distinta a la del resto del mundo.
No debería ser así.
Ayer tuve un ataque de pánico frente a medio instituto, dormí casi nada y, si seguimos la lógica humana, hoy debería sentirme como si una estampida de jirafas me hubiera pasado por encima.
Pero en lugar de eso siento energía.
Demasiada.
Es como si alguien hubiera girado una perilla invisible dentro de mi cabeza y ahora todo estuviera funcionando más rápido: los colores parecen más brillantes, los sonidos más claros y mis pensamientos saltan de uno a otro sin freno.
No es desagradable. De hecho, es casi bonito.
Siento que podría correr una maratón, aunque odie correr.
Estoy bajando los escalones de la entrada cuando veo el auto de mi papá estacionado afuera. El estacionamiento está casi desierto; todavía hay tres períodos antes de terminar las clases. Está apoyado contra la puerta del conductor, con los brazos cruzados, mirando el edificio como si pudiera vigilar todo el instituto al mismo tiempo.
Cuando me ve, su expresión cambia apenas. No es una sonrisa completa. Es más bien ese gesto que hace cuando intenta parecer tranquilo, aunque claramente no lo está. Sé que debe estar preocupado por mí.
Odio eso. Desearía poder demostrarle que estoy bien.
¿Lo estás?
—Hola, princesa de las nieves.
No puedo evitar sonreír mientras me acerco.
—Hola, pa.
Su mirada recorre mi cara un segundo más de lo necesario. —¿Cómo estás hoy?
—Bien.
—¿Por qué no te creo?
—Estoy bien de verdad —digo rápido—. Bueno, no bien como "psicológicamente estable y perfectamente equilibrada, como para aprobar un apto físico y entrar en la policía"; pero sí bien como "mi cerebro decidió cambiar de velocidad y ahora siento que estoy funcionando en modo pensamiento veloz, como Barry Allen en Flash".
Mi papá levanta una ceja.
—Eso fue una respuesta bastante larga para una pregunta simple.
—Lo sé, pero hoy estuve pensando: las palabras están ahí para usarse, ¿por qué no usarlas? —respondo encogiéndome de hombros—. Es raro porque normalmente, después de un ataque de pánico, me quedo como apagada durante horas. Pero hoy es lo contrario. Hoy tengo demasiada energía y demasiadas ideas, y mi cabeza sigue saltando de un pensamiento a otro y...
—Ok, ok, creo que entendí —me interrumpe papá mientras abre la puerta del pasajero—. Vamos. A la doctora Prescott le encantará escuchar tu teoría sobre cómo las palabras están abandonadas y solas.
Su expresión se suaviza apenas, pero la preocupación sigue ahí.
Me meto en el auto y cierro la puerta mientras él rodea el vehículo y se sienta al volante. El motor arranca y, durante unos segundos, conducimos en silencio. Exactamente diez segundos.
—¿Sabes qué fue raro de anoche? —digo.
Mi papá no aparta la vista de la calle. —Varias cosas.
Parpadeo.
—¿Varias?
—Sí.
Giro un poco en el asiento para mirarlo.
—Bueno... yo iba a mencionar solo una. — Papá suspira antes de continuar—El jardín.
Mi cerebro tarda un segundo en procesarlo. —¿El jardín?
—Sí.
Se detiene en un semáforo y me mira de reojo.
—Donde estabas dormida sobre el pecho de Will.
Mi boca se abre. —¿Qué?
—Exactamente eso.
—¿Tú viste eso?
—Bueno, teniendo en cuenta que estaban en el jardín de mi casa... sí, lo vi.
—¿Cuánto viste exactamente?
—Lo suficiente como para saber que estabas profundamente dormida.
El semáforo cambia y el auto vuelve a moverse.
—También lo suficiente como para ver que él no se movía para no despertarte —añade.
Me quedo unos segundos en silencio. —Espera... —digo lentamente—. Entonces...
Mi papá sonríe apenas. —Yo fui quien te cargó hasta tu habitación.
Ahora sí lo miro completamente.
—¡Esto es horriblemente vergonzoso!
Él se encoge de hombros. —Podría haber sido peor.
—¿Cómo exactamente? Además del hecho que Will vio cómo me cargabas como un bebé.
—Podrías haber estado roncando.
Lo miro con indignación. —No ronco.
—No puedo confirmar ni negar esa información.
Lo fulmino con la mirada.
Luego añade con calma: —Tal vez debería recordarle a Will que tengo un arma.
Parpadeo. —Papá...
Él sonríe con diversión.
—Ya sabes. Por si se quiere tomar atrevimientos con mi niña.
—¡Papá!
La palabra sale más fuerte de lo que esperaba, aunque no puedo evitar reírme.
—Will y yo somos amigos —digo—. No se atrevería a nada.
Ya quisiera que se atreviera a algo. Como tocarme, besarme, morderme, poner sus muy masculinas manos alrededor de...
—Parecías tranquila —dice finalmente—. Muy tranquila.
Él me observa unos segundos, claramente sospechando algo, pero decide no presionar.
El auto gira en la esquina del edificio del consultorio. Papá tamborilea suavemente los dedos sobre el volante.
—Breana me llamó ayer, antes de la cena. Después del incidente del instituto. —dice mirándome de reojo mientras nos vamos acercando al edificio. —Estaba preocupada.
—Ella siempre está preocupada por mí. Es básicamente un requisito para ser mi mejor amiga.
—Y yo también lo estoy.
Eso me hace mirarlo otra vez. La culpa se asienta en mi estómago como una maldita roca.
—Lo sé. Lo siento —respondo más suave.
El auto se detiene frente al edificio. Apaga el motor y se vuelve hacia mí. —No tienes que disculparte por estar mal, preciosa. Solo quisiera saber qué hacer para ayudarte.
Baja del auto y rodea el vehículo para abrirme la puerta.
Maldita y estúpida sofocante culpa.
Aprieto los puños sobre mi regazo. Uno de los dijes del brazalete se me clava en la palma de la mano por error, pero no dejo de apretar.
Necesito esto.
#7469 en Novela romántica
#1050 en Joven Adulto
vínculos frágiles, humor como defensa, amor que duele y abriga
Editado: 30.03.2026