Alaska
La Dra. Prescott permanece en silencio unos segundos después de hablar. No es un silencio incómodo; es de esos que ella deja a propósito para que las palabras tengan tiempo de asentarse en mi lento cerebro.
El consultorio queda en silencio, excepto por el sonido suave del reloj colgado en la pared.
Tic.Tac.Tic.Tac.
—Hay algo más que quiero hablar contigo hoy —dice finalmente.
La doctora junta las manos sobre la libreta cerrada y me observa con mucha calma. Demasiada. Esa calma profesional que suele aparecer justo antes de que diga algo que va a cambiarme el día, el mes, hasta el año.
—No me gusta esa cara —murmuró.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios. —¿Qué cara?
—La de "voy a decir algo importante y voy a intentar que no parezca aterrador".
—¿Y funciona?
—Nunca.
Ella suelta una risa suave por la nariz antes de inclinarse apenas hacia adelante .—Alaska, llevamos trabajando juntas seis años.
Escuchar el número en voz alta me provoca algo raro en el pecho. Porque seis años es muchísimo tiempo.
Seis años de ataques de pánico, de insomnio, de pensamientos girando demasiado rápido. De sentir demasiado.
—Te conozco muy bien —continúa ella—. Y durante mucho tiempo has hecho un esfuerzo enorme para manejar todo esto prácticamente sola.
Mis dedos aprietan el borde del cojín hasta dejarme los dedos blancos, no sé por qué de repente siento ganas de salir corriendo.
—Pero últimamente tu ansiedad está empezando a agotarte mucho más de lo normal. Y creo que quizás sería bueno considerar apoyo psiquiátrico.
Mi cerebro tarda un segundo en entender la frase y recién entonces levantó la cabeza completamente. — Ah.
La doctora mantiene el mismo tono tranquilo. —No estoy diciendo esto a la ligera. — dice con su típica voz dulce que usa conmigo cuando nota que estoy a punto de saltar por la ventana del consultorio, imitando épicamente al príncipe Eric. —Ni porque estés "loca". — hace las comillas con los dedos.
—Eso suena exactamente a algo que alguien diría antes de internarme en un manicomio victoriano.
Ella suspira con paciencia infinita y me habla con tono de advertencia. —Alaska.
—¿Voy a terminar usando una bata blanca y hablando con una planta llamada Ernesto?
—No.
—Porque si es así, quiero elegir el nombre de la planta.
—Alaska. — dice esta vez con un poco más de fuerza.
La forma en que dice mi nombre hace que finalmente deje de hablar, mis piernas empiezan a moverse solas.
Arriba. Abajo. Arriba. Abajo. ¡Hey, podría ser un trampolín para mi planta Ernesto!
La doctora espera hasta asegurarse de que realmente voy a escucharla. —La medicación psiquiátrica no existe para cambiar quién eres —explica suavemente—. Existe para ayudarte cuando tu cerebro está trabajando bajo demasiada presión durante demasiado tiempo. — Espera a que responda, pero sinceramente se me olvido como decir oraciones coherentes. La doctora se reclina en su sillón mientras me da la sonrisa más tierna que puede. —La ansiedad no es simplemente "ponerse nerviosa". Cuando se vuelve constante, termina afectando el sueño, el cuerpo, la energía, la regulación emocional... todo. Y llega un punto donde la terapia a veces necesita apoyo adicional.
Mi mirada cae otra vez sobre mis manos. Tengo cinco dedos. Creo. ¿Los tengo? —Pero la gente se vuelve dependiente de esas cosas.
La doctora asiente despacio, sin invalidar la preocupación. —Algunos medicamentos pueden generar dependencia si se usan incorrectamente o sin seguimiento adecuado. Por eso siempre deben ser supervisados por un psiquiatra. Pero también hay muchísimos tratamientos seguros y bien controlados que ayudan muchísimo a las personas. — Hace una pausa breve. —Y pedir ayuda médica no es un fracaso.
La palabra fracaso se me clava directo en el pecho como un puñal bien afilado. Porque creo que esa era exactamente la palabra que estaba intentando no pensar.
—No significa que seas débil —añade—. No significa que estés rota. Y por supuesto, tampoco significa que la medicación vaya a resolver mágicamente todo lo que sientes. La terapia sigue siendo importante. Tus herramientas siguen siendo importantes. Aprender a entenderte sigue siendo importante. La medicación no reemplaza el trabajo emocional que has estado haciendo.
—Entonces, ¿para qué sirve? — digo mientras vuelvo a mirar el muro detrás de ella, contando la cantidad de cuadros que hay colgados. Porque si me atrevo a mirarla a los ojos, las lágrimas brotarán como una maldita cascada.
—Para bajar el volumen del ruido. —La doctora sonríe apenas, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado. — Una vez me dijiste que vivir con ansiedad era como tener veinte radios encendidas al mismo tiempo dentro de tu cabeza. Todas en estaciones distintas. Noticias, alarmas, voces, música, pensamientos… todo mezclado constantemente. Y después de tantos años, te acostumbraste tanto al ruido que empezaste a creer que vivir así era normal. — Hace una pausa breve antes de continuar, dejándome tiempo para asimilar todo. —La medicación no apaga quién eres. No borra tus pensamientos ni convierte tu mente en silencio absoluto. Solo ayuda a bajar el volumen de algunas radios para que puedas escucharte a ti misma otra vez. Para que tu cerebro deje de trabajar como si estuviera sobreviviendo a un cataclismo las veinticuatro horas del día.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotras, siento un ardor incómodo en el pecho, porque odio admitir que estoy cansada.
—No quiero convertirme en otra persona —digo bajito.
La expresión de la doctora se suaviza todavía más.—La idea es justamente ayudarte a sentirte más tú, no menos.
Mis labios se aprietan un poco. —¿Y si empiezo a depender de eso para funcionar?
—Alaska, llevas años dependiendo del miedo para funcionar.
La frase me golpea tan rápido que casi me hace reír. Pero no de gracia. De esa risa vacía que aparece cuando alguien acaba de decir algo demasiado cierto.
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Editado: 18.06.2026