Cartas a Ina (#1)

Capítulo 15

Alaska

“Día uno: La declaración de guerra.

La pastilla es ridículamente pequeña, sinceramente me siento estafada.

Después de toda la crisis que tuve , esperaba algo más impresionante. Una reliquia antigua, un cristal bendecido por monjes tibetanos o un contrato firmado con sangre.

No una mini lenteja blanca.

La sostengo entre dos dedos durante aproximadamente cuarenta y siete años. Papá toma café mientras yo observo la pastilla y la pastilla me observa a mí. Estamos teniendo un duelo mental, la primera en rendirse, se gana un sticker. Por ahora vamos empatados.

—Alaska.

Levanto la cabeza, papá está apoyado contra la encimera de la cocina juzgandome con la mirada.

—Es un ansiolítico, no una cápsula de cianuro.

—Estoy intentando generar confianza.

—Repito: es solo una pastilla.

—Y los leones son solo gatitos gigantes. Sin embargo, nadie ve uno y piensa: "Que tierno, vamos a acariciarlo".

Papá suspira una risa suave mientras vuelvo a mirar la pastilla una última vez.

Ella me mira a mí, pero ninguna de las dos retrocede.

Finalmente la tomo y después espero: Porque claramente algo debería pasar. ¿Verdad?

Un trueno, un coro celestial; Morgan Freeman narrando mi evolución personal.

Pasan diez segundos y nada.

—¿Ya está? —pregunto levantando los brazos indignada.

Papá me observa por encima de la taza. —¿Qué esperabas?

—No sé. Algún efecto especial.

—La vida real es decepcionante. — toma un sorbo de su café y puedo ver sus ojos achinarse mientras se ríe.

—Eso explica muchas cosas.

El resto del día transcurre con absoluta normalidad y eso me parece profundamente sospechoso. Porque llevo tiempo aterrorizada por este momento y resulta que la gran decisión que iba a cambiar mi vida se sintió exactamente igual que tomar una vitamina.

Inaceptable.

Esa noche me meto en la cama esperando seguir sintiéndome rara. Pero no, me siento exactamente igual.

Y es entonces cuando aparece él.

El Fuggler. Gigante, naranja y muy, muy feo.

Qué color horrible es el naranja.

Estoy convencida de que la ansiedad sería naranja incluso si existieran millones de colores nuevos.

Tiene sus dientes humanos, sus ojos perturbadores y la misma expresión de delincuente reincidente que siempre lleva. Está sentado sobre una montaña de almohadas dentro de mi cabeza como un rey supervisando su reino.

—¿Qué fue eso? —pregunta.

—¿Qué cosa?

—Esa traición.

Pongo los ojos en blanco.—Era una pastilla.

El Fuggler se incorpora de golpe. — ¡Era una declaración de guerra!

—Dramático.

Lo observo unos segundos, porque está nervioso.

Irónico, el monstruo de la ansiedad, está nervioso.

Camina de un lado a otro, se tira de las orejas puntiagudas, gruñe, murmurando teorías conspirativas.

Y por primera vez en años noto algo que jamás se me había ocurrido: Mi ansiedad parece mucho más asustada que yo.

Y, sinceramente, eso me da un poquito de esperanza.

Días dos, tres y cuatro: El contraataque

El segundo día me desperté extrañamente cansada. Como si hubiera corrido una maratón mientras dormía.

En el instituto leo tres veces la misma consigna, después cuatro hasta cinco.

El Fuggler aparece sentado sobre mi pupitre. —¿Ves? —dice señalando alrededor—. Estamos empeorando. Te lo dije.

—Llevo apenas dos días, le daré más tiempo.

—Dos días de desastre de proporciones cósmicas.

—Eso no es una muestra estadística válida.

— ¡No me importan las estadísticas! —gruñe exaltado.

El tercer día, el maldito decide ponerse más creativo: empiezo a notar cada sensación mínima de mi cuerpo.

¿Ese dolor de cabeza siempre estuvo ahí?¿Y si me mareo? ¿Por qué de pronto mi piel quema tanto?

¿Y si me cambia la personalidad?¿Y si dejo de ser yo?

El Fuggler está encantado, camina de un lado a otro con una libreta.

—Excelente. Excelente, estamos entrando en pánico. Esto me gusta.

—Vete.

—¿Y si perdemos todos nuestros recuerdos?

—Eso no tiene sentido.

—¿Y si nos convertimos en una persona que colecciona cucharas?

—¿Qué?

El Fuggler levanta sus patas. O lo que sea que tenga. Esas cosas peludas que técnicamente podrían considerarse patas si uno fuera lo suficientemente generoso. —¡Hey! Escuché que eso puede pasar.

El cuarto día es peor. No porque me sienta mal, sino porque me siento exactamente igual, y eso me enfurece.

Estoy en mi habitación mirando el techo. —No funciona.

El Fuggler aplaude. —¡Eso! ¡Esa es la actitud!

—No funciona —repito otra vez, resignada. Las lágrimas comienzan a arder detrás de mis párpados.

—Jamás funcionan estas cosas

—No pasó nada.

—Exacto.

Me dejo caer sobre la cama y me cubro la cara con las manos. — No voy a enloquecer, llevo cuatro días, es relativamente poco tiempo.

—Cuatro días es una eternidad.

—No lo es.

—Para mí sí. He visto civilizaciones levantarse y caer en menos tiempo.

—Eres un monstruo, uno muy horrible por cierto, de mi mente, no podrías ver eso. — hablo mientras la almohada, en mi cara, amortigua mi voz.

Gimo contra la tela en mi cara. —Esto fue un error. ¿No?

El Fuggler se acomoda a mi lado inmediatamente, como un abogado oportunista que acaba de escuchar una confesión prometedora, quito la almohada para poder ver que hace.

—Y si mejor nos evitamos los próximos tres días y volvemos a nuestra hermosa rutina...

—¿Nuestra hermosa rutina?

—Sí. Ya sabes. Entrar en pánico por cosas que todavía no ocurrieron. Asumir lo peor. Sobreanalizar conversaciones de hace seis meses. Lo clásico, tú entiendes.

—Eso no suena hermoso.

—A mí me encantaba.

—Claro que te encantaba. — ruedo los ojos, volviendo a intentar ignorarlo.




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