Will
Creí que, luego de la muerte de mi madre, nadie iba a volver a amarme. Nadie volvería a quedarse junto a mí. No me elegirían. Porque sentía que eso era lo que pasaba con mis hermanos y mis tías. Ellas no eligieron mandar al carajo toda su vida para cuidarnos. Mis hermanos no me eligieron a mí por sobre mi madre; no les quedó otra opción.
Durante años pensé que mi problema era que recordaba demasiado. Que, si pudiera olvidar algunas cosas, todo sería más fácil.
Los ojos miel de mi madre, opacos. Sus manos inmóviles. Mi propia voz llamándola una y otra vez, suplicando que despertara.
Pero Harper decía que estaba equivocado. Ella tenía nueve años cuando me lo dijo. Todavía no entiendo por qué se lo conté a ella, ni por qué me escuchó como si supiera exactamente qué hacer.
—Entonces no pienses en eso. —Así de simple, como si fuera la solución más obvia del mundo—. Cuando aparezca un recuerdo feo, buscá uno bonito —decía ella—. Y si no tienes uno,créalo.
Al principio pensé que era el peor consejo que me habían dado. Ahora creo que fue el mejor.
Porque empecé a acumular recuerdos sin darme cuenta: Harper sentada en el piso de su habitación haciendo la tarea conmigo; Brandon y Valentín invitándome a jugar a la Play; Sharon tirándome las cartas del tarot en busca de mi fortuna; Aarón enseñándome a conducir cuando cumplí los dieciocho años; incluso Megan, a su manera, enseñándome cómo hacer un buen difuminado en los dibujos.
También apareció Alaska.
Todavía recuerdo la primera vez que la vi: llanto, cabello enredado por el viento, rodillas contra el pecho y una indignación absurda creciendo dentro de mí. Porque no entendía por qué alguien quería hacerla llorar.
Ni por qué me importaba tanto.
Ya tenía suficientes personas de las que preocuparme. Mis hermanos debían ser mi prioridad.
Y aun así me senté a su lado.
A veces pienso que mi vida cambió ese día. No porque me enamorara; creo que era demasiado chico para entender algo así. Pero sí porque fue la primera vez en mucho tiempo que sentí algo que solo había sentido con mi madre: la necesidad irracional de hacerla sonreír una y otra vez.
Porque ella y mi madre compartían eso: tenían la sonrisa más luminosa y tierna que jamás había visto. Esas sonrisas que veías y te cambiaban el humor por completo.
Toda la familia White Saller me trató como si fuera un chico normal.
Como si no hubiera nada roto en mí, como si fuera suficiente.
No sabía cuánto necesitaba que alguien me eligiera hasta que ellos lo hicieron.
Así que, cuando Harper me llamó diecisiete veces para convencerme de ir a una fiesta, entendí que seguía haciéndolo, seguía eligiendolos una y otra vez.
Lo que todavía no entiendo es por qué acepté lo de la fiesta.
Bueno, sí lo entiendo.
Porque Harper nunca pregunta las cosas como si aceptaras un "no". Pregunta como quien ya decidió por los dos y solo te está preguntando por cortesía, pero es más un aviso no negociable.
Y porque, después de tantos años siendo su mejor amigo, aprendí que resistirse solo significaba alargar una discusión cuyo resultado ya conocía.
La casa de Alaska olía a esmalte de uñas y palomitas de microondas, una combinación que no debería funcionar y que, sin embargo, ya era parte del ADN de ese lugar.
Cuando entré, la sala parecía un desfile de casting mal organizado. Harper daba vueltas sobre sí misma mostrando el conjunto de pantalón militar verde y una manga larga negra que estaba cortada en el abdomen, muy Kim Possible. Breana se ajustaba la capa roja frente al espejo de la entrada, quejándose de que el escote quizás era demasiado, mientras Sharon la convivencia que de hecho era bastante poco. Marcos y Valentín, ya con los lentes negros puestos aunque estuviéramos en interiores a las ocho de la noche, se paseaban con esa seriedad exagerada de agentes de la MIB.
—Will. —Brandon, vestido de Max Goof hasta los guantes blancos, levantó ambos pulgares—. Garfio. Buena elección.
—Dame la mano, Garfio. Quiero ver si esta noche te va bien en el amor o si tendrás una resaca monstruosa. — me dice Sharon desde el sillón, acomodándose el turbante mientras repartía sus cartas de tarot sobre la mesa ratona
Marcos y Valentín seguían con los lentes puestos, hombro con hombro, mirando la sala como si estuvieran vigilando una escena del crimen.
Con ellos dos nunca hacía falta hablar mucho. Años de historia comprimidos en un choque de puños y un "¿todo bien?" que significaba mucho más que esas dos palabras.
Harper, en cambio, apareció girando, exigiendo opiniones que ya había decidido de antemano que iban a ser positivas.
—¿Y bien?
—Hermosa, como siempre.
—Obvio. —Se acomodó el cabello, satisfecha, y bajó la voz solo para mí—: Gracias por venir.
No le dije que en realidad no había tenido opción. No hacía falta. Ella ya lo sabía, y las dos cosas eran ciertas al mismo tiempo: que me había arrastrado hasta ahí a la fuerza, y que yo hubiera terminado yendo de todos modos, aunque solo fuera por ella.
Breana pasó a mi lado ajustándose la capa roja brillante, mientras Logan, ya convertido en Jorgen Von Strangle con una varita de utilería demasiado grande para la sala, amenazaba con "convertir a alguien en gallina" si no le prestaban atención, y Jerry —Ken de pies a cabeza, con el cabello más rubio de lo normal por culpa de un spray que probablemente no se iba a ir con un solo lavado— filmaba todo para su Instagram, narrando la escena como si fuera un documental de naturaleza.
Al fondo, sentada en su sillón de siempre, con la tablet apoyada en las rodillas y los audífonos grandes puestos, Megan dibujaba sin mirar a nadie, ajena por completo al caos que la rodeaba y, al mismo tiempo, perfectamente cómoda dentro de él.
Aarón estaba en el sillón principal, con los brazos cruzados y esa media sonrisa que solo le había visto cuando miraba a sus hijos hacer alguna estupidez de la que en el fondo se sentía orgulloso.
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vínculos frágiles, humor como defensa, amor que duele y abriga
Editado: 21.08.2026