Alaska
—Cuéntame cómo has estado.
—Bien. Dentro de lo que se supone que debo sentirme bien, me siento bien.
Prescott levanta una ceja sin dejar de escribir. Su forma de decir "explícate" sin gastar palabras.
—Ya no hay tanto ruido en mi cabeza. Sigue habiendo cosas que me generan ansiedad, eso no desapareció. Pero cuando tengo un episodio, esta vez sí logró usar las herramientas que trabajamos, y de verdad funcionan. Antes las intentaba y todo empeoraba. Ahora hay control. O algo parecido.
—Me alegra escuchar eso. —Anota algo, y después me mira con esa expresión que ya conozco de memoria: la de cuando sabe que hay más—. ¿Algo más que quieras compartir? Algo nuevo, algo de la medicación, o simplemente algo que hayas traído de la semana.
No respondo enseguida. Debo tener el cuerpo más rígido de lo que creo, porque ella nota esas cosas antes que yo misma.
—No sé si decirlo. O no sé cómo decirlo. Todavía me cuesta ordenar las palabras antes de soltarlas.
—Llevamos tantos años en terapia que ya tengo una especie de máster en traducción de Alaska´s —dice, con media sonrisa. — Inténtalo. Yo hago el resto.
Me río, un poco a pesar de mí misma.
—Uno de mis mayores miedos, cuando empecé con las pastillas, era que me quitaran algo esencial. Que dejara de ser yo.
—¿Y ahora?
—Creo que eso no pasó. Casi lo creo del todo. Pero hay algo que no cierra. Sigo siendo yo, en la mayoría de las cosas. Pero también estoy sintiendo cosas nuevas. O dejando de sentir, con la misma intensidad de siempre, cosas que pensé que jamás iban a cambiar.
—¿Cómo qué?
Trago saliva.
—Hay un chico. Lo conozco desde niña. Siempre sentí por él un enamoramiento enorme, de esos que te consumen entera. Y uno de mis mayores miedos era que ese amor no fuera real. Que fuera solo parte de mi nube rosa tóxica, mezclada con la ansiedad, con la hipersensibilidad, con todo lo demás.
—¿Y ahora cómo te sientes respecto a él?
Ahí es donde se me traba todo.
—Lo sigo viendo y me sigue volviendo loca. Eso no cambió: el estómago apretado, las ganas de sonreír sin motivo. Pero al mismo tiempo se siente diferente. Cuando se acerca, se me corta la respiración. Se me pone la piel caliente, y no es algo lindo ni inocente. No, es como si me quemara. No es que quiera estar con él o sí, no lo sé. Es que lo quiero cerca, quiero su calor, quiero sus manos encima mío. —me detuve, como si decirlo en voz alta lo volviera más real—. No sé qué es esto. Pero pega fuerte. Y no se parece en nada a lo que sentía antes.
—¿Seguís sintiendo algo por él? Digo, en el sentido romántico.
—Sí. Pero no es igual que antes. Y me preocupa no saber qué cambió.
—¿Puedes explayarte un poco más en eso "nuevo" o "distinto"?
Siento que la cara me arde antes de terminar de escuchar la pregunta. Con mi piel es imposible disimular nada: soy albina, así que cualquier rubor se enciende de inmediato.
—No sé si este es el lugar para hablar de esto.
—¿De qué cosas?
—De... ya sabes. De cosas sobre… sexo. — digo cohibida y deseando que este sofa se trasnforme en un agujero negro y me trague.
—Este es exactamente el lugar para hablar de eso… —responde, sin dudar ni un segundo—. Construimos este espacio para que pudieras hablar de lo que necesitaras, sin excepciones.
Miro un punto fijo en la pared, arriba de su cabeza.
—Bien, pero conste que se lo advertí… — Cierro los ojos y tomo una respiración profunda, tratando de ordenar las palabras en mi mente. —Es como... no sé, cómo ¿lujuria? O deseo. No sé cómo decirlo sin que suene mal. Calentura, directamente, si quiere que sea sincera. Es que siento demasiado…— Respiro hondo, evitando mirar a la cara a mi psicóloga. —Tengo ganas de él. De estar con él, en ese sentido. Antes también estaba, incluso antes de las pastillas, pero era distinto: suave, ambiguo, casi inocente. Puro enamoramiento de película. Y ahora esa parte inocente ya no está. Solo queda fuego. Y no sé si soy yo sintiendo esto, o si es todo lo que las pastillas soltaron y que antes tenía atado.
Prescott se ríe. No es una risa cruel, es corta y cálida, la de alguien que reconoce algo profundamente familiar. Me deja terminar de todos modos.
— Y ya sé lo que me va a decir, así que no me regañe: busqué los efectos secundarios de los ansiolíticos en internet. Y ahí decía que uno de los más comunes es la reducción de la libido. A mí no solo no se me redujo nada, sino que aumentó. ¿Qué tan mal estoy como para que mi cuerpo haga justo lo contrario de lo que dice el prospecto?
—Alaska… — Su voz tiene ese peso particular que usa cuando mi vomito verbal le causa gracia, pero debe mantenerse profesional, eso logra sacarme una sonrisa. — Primero que todo, respira. Segundo: Cada cuerpo reacciona distinto a los medicamentos. Da igual si hablamos de ansiolíticos, antidepresivos o remedios para la diabetes o un jarabe para la tos: el cuerpo, muchas veces, simplemente no sigue el manual. Esa lista de efectos secundarios en el prospecto está armada en base a estadísticas, a un promedio calculado sobre miles de personas distintas. Por ley tienen que advertir lo que le pasó a un porcentaje de esa muestra. Pero no es una sentencia. Puedes tener cinco efectos de esa lista, uno solo, ninguno, o uno que ni siquiera esté mencionado ahí.
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Editado: 03.09.2026