"Will"
Hay algo casi cómico en la cantidad de sentimentalismo que se le puede sacar a doce horas.
Anoche fue un beso contra una columna. Esta mañana, una mano temblando sobre una rodilla ajena, como si tocarla fuera algún tipo de necesidad primitiva que no logra manejar. Y ahora esto: yo, sentado en el borde de mi cama, mirando el techo, con ganas de hacer absolutamente cualquier cosa que no sea quedarme sentado en el borde de esta cama, mirando el techo.
"Ahora no puedo." Ja, ni siquiera fue una mentira particularmente elaborada. Simplemente no había tiempo de pensar algo mejor antes de salir literalmente corriendo de esa cocina, antes de que la pequeña hadita fuera capaz de mirarme de verdad. En serio, ¡qué miedo esa niña! Es como si con esos ojos lilas tan preciosos que tiene pudiese leerte hasta el alma, y ni me hagan hablar de la pelirroja de su hermana, otra loca bruja que te escanea con sus ojos y te controla, aunque la quiera, esta loca.
Salgo a caminar sin rumbo fijo: termino parado frente al almacén de la esquina, el mismo de siempre, comprando un paquete de cigarrillos sin pensarlo demasiado. Menta y sandía, dice la góndola, la marca de siempre, el sabor de siempre. Lo paso de largo sin ninguna nostalgia particular y elijo uva en su lugar, por ningún motivo mejor que el de tener ganas de algo distinto por una vez.
Fumo el primero apoyado contra la pared, mirando la calle vacía de un domingo cualquiera, cuando el teléfono vibra.
Harper.
—Necesito que vengas al centro con el auto —dice, sin saludo previo, con esa urgencia particular que reserva para las emergencias poco reales pero que ella decide que son emergencias reales—. Fui a buscar el pedido de libros de Alaska y no tenía idea de que era tanto. Literal, no entra en mi mochila ni por casualidad. Esta chica está desquiciada.
—Dame veinte minutos —respondo, haciendo una mueca, sabiendo que intentar pelear con la copia de la hija de Satanás no es opción.
—Eres mi persona favorita —canturrea ella antes de cortar.
Apagó el cigarrillo contra el borde del cesto de basura y luego lo arrojo dentro. Camino de vuelta a casa a buscar las llaves del auto.
Manejo hasta el centro con la ventana baja y la radio más alta de lo que suelo escuchar, con un segundo cigarrillo colgando de la mano que no está en el volante. Algo que técnicamente no suelo hacer: está terminantemente prohibido dentro del auto desde que el olor a tabaco tardó una semana entera en irse la única vez que lo intentó, hace años, antes de jurar no repetirlo nunca más. Y, técnicamente, me importa un carajo.
Hoy no me parece una regla que valga demasiado la pena sostener. Mi único día libre no voy a pasarlo siguiendo reglas, ¿no?
Encuentro a Harper parada afuera de la librería, con cinco bolsas enormes apoyadas a sus pies y una expresión de quien está a punto de perder la paciencia con la gravedad misma. Apenas me acerco con el auto a la ventanilla, arruga la nariz.
—¿Estuviste fumando? — pregunta con el ceño fruncido. — No fumas en el auto. Nunca. Es tu regla número uno.
—Hoy hago una excepción.
Me mira raro, con esa duda que no termina de convertirse en pregunta directa, y finalmente se encoge de hombros, dejándolo pasar, quizás porque tiene cinco bolsas de libros esperando y no la energía suficiente para pelear dos batallas al mismo tiempo.
—¿Y esto? —pregunto, bajando del auto y señalando las bolsas con la cabeza—. ¿A qué banco le robaste para pagar todo esto?
Harper hace un gesto ofendido, dramático, llevándose una mano al pecho como si la acusación le doliera de verdad.
—No es mío, tonto. Es todo de Alaska. Lo pidió por la página de la librería hace unos días y yo solo vine a buscarlo.
—Ah, claro, eso lo explica todo. — digo girando los ojos irónicamente. — ¿Y a qué banco robó ella?
—A ninguno. Ahorra como loca para esto, hace meses que junta dinero de todos lados: cuando hace de niñera, cumpleaños, lo que sea. Y esta vez tuvo suerte, porque resulta que la librería está cerrando. Los dueños se van del país y estaban rematando casi todo el catálogo a mitad de precio. Prácticamente regalado.
—Con razón parece que se llevó media librería.
—Literal.
—¿Y por qué me llamaste a mí? Fácilmente podrías haber pedido ayuda a cualquiera de tus hermanos.
Harper pone los ojos en blanco, como si la respuesta fuera obvia.
—Porque hoy, después del desayuno, hice un trato con Alaska: yo iba a buscar sus libros si ella me ayudaba con el trabajo de literatura que tengo pendiente. Y mis hermanos están ocupados en un estupido torneo de la play, así que quedabas tú. Eres el único con auto disponible y sin ninguna excusa válida para negarse.
—Un placer ser tu última opción.
—Siempre lo eres —dice, sonriendo en broma.
Entre los dos intentamos acomodar las cinco bolsas en el baúl, pero después de un par de intentos fallidos queda claro que no hay forma de que entren todas.
—Bueno, esto no va a funcionar —digo, mirando las dos bolsas que sobran, apoyadas contra la vereda como si esperaran su turno.
—Van atrás, entonces —resuelve Harper, ya abriendo la puerta trasera sin esperar mi opinión.
Terminamos acomodando tres bolsas en el baúl y las otras dos en el asiento trasero, una de ellas ocupando prácticamente el lugar de un pasajero entero.
—Toma —me pasa un jugo de naranja que sacó de algún lugar de su mochila mientras ella abre uno de sus dulces en forma de corazón.
Casi lo rechazó. El impulso aparece rápido, automático —no me gusta la naranja, prefiero manzana— pero se corta a mitad de camino, chocando contra otro recuerdo que se acomoda mejor, que encaja de verdad. Siempre le gustó. La manzana es la que no soporta.
Lo acepto sin decir nada, tomó un trago disimulando la mueca de disgusto y me subo al auto.
—¿Estás bien? —pregunta Harper, más tarde, ya acomodados los dos.
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vínculos frágiles, humor como defensa, amor que duele y abriga
Editado: 03.09.2026