Alaska
Reviso el teléfono por décima vez antes de siquiera salir de la cama.
Nada. Ningún mensaje nuevo, ninguna llamada perdida, nada que explique por qué Will nunca llegó al jardín anoche, ni por qué dejó de contestar antes de las seis, justo cuando se suponía que íbamos a hablar de una vez por todas. Me quedé sentada en los escalones de mi propia casa como una tonta, revisando la calle cada dos minutos, inventando excusas cada vez más generosas hasta que se hizo tarde y tuve que aceptar que, por algún motivo que todavía no logro entender, me había dejado plantada.
O algo peor: que se había arrepentido. De todo. Del beso, de mí, de años enteros de algo que yo pensé que también era suyo.
Exagerada.
Pongo música, la playlist que arme para esas mañanas difíciles, y me quedo un rato más enredada entre las sábanas, dejando que el sonido llene el cuarto y se lleve toda esa mala energía antes de obligarme a levantarme del todo. Es un truco tonto, pero funciona: algo en la cabeza se ordena un poco cuando hay una canción de fondo, como si el ruido bueno lograra tapar el otro, el que no para de repetirme la misma pregunta sin encontrar ninguna respuesta.
La puerta se abre sin golpear.
—Buen día, mi princesa de las nieves. — Papá entra con esa sonrisa de siempre, todavía en pijama, con un vaso de agua en una mano y el pastillero en la otra, ese que tiene mi nombre escrito con marcador permanente en la tapa.
—Buen día.
—¿Cómo estás? ¿Nerviosa por lo de hoy?
—Un poco.
No le cuento el resto. No hoy, no todavía, no antes de tener algo más concreto que un silencio de doce horas para explicarle.
—Va a estar todo bien —dice, sentándose al borde de la cama, extendiéndome el vaso y destapando el pastillero con esa rutina que ya lleva una semana entera repitiendo, cada mañana, sin faltar un solo día— El director Coleman solo quiere hablar. No es una marcha a la hoguera.
Tomo la pastilla, el agua, y le devuelvo el vaso vacío. —¿Cuándo me vas a dejar tomarlas sola?
—Cuando superes la prueba de los dos meses. —Sonríe, guardando el pastillero en el bolsillo de la bata—. Ahí podemos hablar.
—Eso lo dices hace dos semanas.
—Y lo voy a seguir diciendo hasta que se cumplan los dos meses. Así funcionan las pruebas, cariño.
Le tiró la almohada, sin fuerza, más como saludo que como protesta real, y él la esquiva.
—Apúrate. Desayuno en diez minutos.
Me visto con la música todavía sonando, eligiendo algo cómodo, algo que no me haga pensar demasiado en cómo me voy a ver frente al director esta mañana, y bajo justo cuando el resto de la casa ya está en plena carrera contra el reloj: Harper buscando un par de medias que jura haber dejado sobre la silla, Sharon peleándose con la tostadora, Brandon con medio sándwich en la boca y la mochila a medio cerrar.
—Hoy los llevo yo —anuncia papá, agarrando las llaves del auto de la mesada, y después, sin ningún disimulo, clava la mirada en Brandon—. Tengo una reunión con el director.
Brandon levanta ambas manos en el aire, como si lo estuvieran apuntando con algo. —Juro que esta vez no hice nada.
—No dije que fuera por ti.
—Pero me estás mirando como si lo fuera.
—Es la mirada que uso con todos ustedes por igual —dice papá, sin la menor intención de convencerlo de lo contrario.
—Bueno… — canturrea Brandon cruzándose de brazos, no del todo satisfecho— Estoy ochenta y cinco por ciento seguro de que esta vez no tiene nada que ver conmigo.
—Un progreso notable respecto al cincuenta por ciento del mes pasado —lo molesto, cerrando su mochila al pasar detrás de él, lo que hace que me agarre de la cintura para girarme y marearme como forma de venganza.
Sharon se ríe desde la cocina, Harper aparece por fin con las medias encontradas, y por un momento, en medio de ese caos tan ordinario de un lunes cualquiera, casi logro olvidarme del silencio en mi teléfono.
Casi.
Subimos todos al auto —Megan adelante, como siempre, en su propio espacio, sin que nadie tenga que explicar por qué ni ella tenga que pedirlo: el contacto físico apretado del asiento trasero es demasiado para ella, así que esa parte de adelante es, sin ninguna discusión posible, suya— y el resto nos apretamos atrás como podemos, discutiendo por el lugar junto a la ventanilla como si tuviéramos ocho años en vez de los que realmente tenemos.
Mientras la casa se va quedando atrás por la ventanilla, no puedo evitar mirar hacia la de Will, preguntándome si hoy, en el instituto, finalmente voy a tener alguna respuesta.
La oficina del director Coleman huele a té de manzana y a perfume de chicle. Una combinación que, estoy casi noventa por ciento segura, es por su esposa, con esos diplomas enmarcados que cubren la pared entera detrás del escritorio, como si necesitara recordarle a cada visitante que sabe lo que hace. Papá se sienta a mi lado, con esa postura derecha que reserva para las situaciones oficiales, y yo no logro evitar que la pierna empiece a moverse sola, ese temblor nervioso que aparece cada vez que algo se siente más grande de lo que puedo controlar.
Siento la mano de papá sobre mi rodilla, apenas un segundo, suficiente para que el temblor baje un poco de intensidad.
—Gracias por venir los dos —dice el director, acomodando una carpeta sobre el escritorio—. Sé que la idea de esta reunión era simplemente hablar del cambio de asignaturas que pediste, Alaska. Pero surgió algo en el medio que necesitamos resolver primero.
—¿Qué cosa? —pregunta papá, con esa alerta inmediata que le sale automáticamente cuando algo no suena del todo bien.
Papá oso y sus ositos.
—Aarón, tanto tú como la doctora Prescott me explicaron la situación con la ansiedad de Alaska, y entiendo perfectamente por qué es importante que curse las mismas asignaturas que sus hermanos. El problema es que, si la cambiamos ahora, no le van a alcanzar los créditos para graduarse.
#10293 en Novela romántica
#1871 en Joven Adulto
vínculos frágiles, humor como defensa, amor que duele y abriga
Editado: 17.09.2026