Cartas a través del tiempo

Capítulo 2 Respuesta

El silbato final rebotó en toda la cancha como una orden liberadora. Mauro soltó el aire con una sonrisa cansada mientras hacía girar el balón de futbol entre sus manos. El entrenamiento había sido intenso, pero él seguía con la misma energía de siempre, como si el cansancio no terminara de alcanzarlo.

Uno de sus amigos les gritó desde la salida del campo para que se apresuraran.

Ya casi todos se habían ido. Solo quedaban él y un par de chicos recogiendo sus cosas antes de salir de la escuela. El sol de la tarde caía tibio sobre los pasillos vacíos, y el eco de las conversaciones deportivas aún flotaba en el aire.

Mauro se despidió con una mano levantada y caminó hacia los vestuarios. Era de esos chicos que siempre parecían tener algo que decir, que reír o que compartir. Extrovertido, sociable, imposible de ignorar. Donde él estaba, había ruido, bromas y movimiento.

Abrió su casillero con una mano mientras aún sostenía el balón con la otra. Tiró dentro la botella de agua, la camiseta y los guantes sin mucho orden. Solo necesitaba cerrar todo rápido y salir con sus amigos pero algo llamó su atención, algo que cayó al suelo.

Una hoja arrugada captó su atención, al igual que el gesto extraño en su mirada.

Por un segundo pensó lo obvio: alguna de sus admiradoras. No era raro que le dejaran notas, aunque casi siempre eran mensajes cursis o firmas sin sentido. Esa idea le sacó una pequeña sonrisa mientras se agachaba a recogerla para luego abrirlo con curiosidad.

La caligrafía era bonita y ordenada, aunque las arrugas del papel deformaban ligeramente las letras. No era una carta grande, pero sí sencilla y limpia.

Leyó en silencio y sin darse cuenta, sonrió.

No era un mensaje romántico, ni una cursi confesión. Eran pensamientos sueltos, pequeñas anécdotas, cosas simples contadas de una forma torpe pero sincera. Como si alguien hubiera necesitado sacar de su cabeza todo lo que le pesaba en su día sin preocuparse por cómo se veía.

Cuando terminó, exhaló profundamente por la nariz, divertido y entretenido, hasta que su mejor amigo Octavio lo sacó de ese trance dándole un leve golpecito en el hombro y preguntándole si estaba listo para irse con él y sus demás amigos.

Mauro giró y, sin pensarlo demasiado, le mostró aquella hoja.

Octavio no dudó en tomarla. La leyó rápido y soltó una risa corta al encontrarse con aquella anécdota.

-Es lo más estúpido que he leído hoy -susurró divertido.

Mauro no compartía la opinión de su amigo. No porque creyera tener una verdad más clara, sino porque esas palabras le habían parecido demasiado humanas como para ser descartadas tan rápido.

No sabía quién las había escrito, pero había algo en ellas, algo torpe y sincero que le despertó una extraña empatía. Tal vez era solo una chica desconocida intentando ordenar la frustración de su día entre letras... o tal vez alguien que, como tantos otros, solo necesitaba ser escuchado pero no encontraba con quién.

Aun así, prefirió guardar ese pensamiento para sí mismo y dejar que la risa de su mejor amigo llenara el silencio, mientras fingía seguirle la corriente.

Octavio se alejó hacia los demás amigos, perdiéndose entre risas y conversaciones. Fue entonces, en ese breve resquicio de silencio que le quedó, cuando Mauro guardó el papel en el bolsillo de su pantalón y, casi sin pensarlo, hurgó entre el desorden de su casillero hasta dar con un lápiz y otro trozo de papel.

Apoyó la hoja con cuidado y sin detenerse a darle demasiadas vueltas, dejó que la tinta tomara forma en unas breves palabras de ánimo para aquella chica misteriosa que probablemente, solo había tenido un mal día.

Ánimo, a veces el día solo se siente demasiado pesado, pero eso no lo hace eterno. A veces solo hay que dejar que el tiempo pase y confiar en que todo se acomoda, incluso si ahora no lo parece.

Finalmente, guardó aquel papelito en su casillero antes de dirigirse hacia Octavio y los demás muchachos, quienes entre risas y burlas ya se marchaban.

El día escolar había terminado y, aunque también había sido algo agotador para él, se sintió bien al saber que no era el único que se sentía así. Solo esperaba que, de la misma forma en que aquella hoja arrugada había llegado a él, esa nota también pudiera llegar a la persona que le había escrito.




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