Cartas a un amigo perdido

CUATRO

Hola, Asher:

Estoy sorprendida… Definitivamente no esperaba recibir tantas llamadas tuyas. Llamadas que ignoré totalmente.

Estaba dolida. Sacar a mi abuela en la conversación, tan solo porque sabías que aquello me lastimaría, fue más ruin de lo que jamás pude creer de ti.

¿Lo recuerdas?

Ese noviembre fue frío, no por el inevitable cielo nublado que señalaba las terribles tormentas que tendríamos aquel mes. Noviembre fue frío por el manto de muerte que se cernía sobre mi pequeña familia.

Alice…

Era una mujer maravillosa, querida por todos, amable, solidaria… La mujer que me crió. Mi segunda madre, mi todo: MI ABUELA.

El cáncer había hecho estragos en ella, los médicos nos advirtieron que ya no había nada más que pudieran hacer. Todo había acabado.

Pero dile al corazón que acepte la desesperanza con los brazos abiertos…

Fuimos a verla al hospital, un martes. Entramos en silencio para no despertarla, en caso estuviera descansando; sin embargo, ella estaba recostada sobre sus almohadones, en aquella fría camilla de hospital. Un libro abierto reposaba en su regazo.

Al escuchar el sonido de nuestros pasos, alzó la cabeza, abandonando su lectura. En cuanto nos vio, su rostro cansado reflejó la más sincera alegría.

Traté de devolvérsela, mientras mis hermanos menores chillaban abrazándola con cariño, pero la sensación de vacío en mi pecho, me tenía compungida. El cambio en ella era notorio, y lo peor fue verlo paso a paso. Día a día.

Su hermoso cabello blanco hasta los hombros disminuyó con tal rapidez a causa del tratamiento, que pronto tenía que usar una peluca o pañoleta.

No tenía cejas ni pestañas. Sus mejillas estaban hundidas, sus ojos verdes estaban enmarcados por unas horribles ojeras oscuras. Y su piel antes sonrojada, lucía desgastada y de un tono grisáceo enfermo.

A pesar de ello, su personalidad poco o nada había cambiado. Seguía con la nobleza que la caracterizaba.

—Abuela…-susurré con cariño, dejando un tierno beso en su frente.

Conversamos toda la tarde, ella, contenta porque sentía que estaba mejorando. Todos lo notamos.

Cunado fue la hora de irnos, nos despedimos con la promesa de regresar al día siguiente. Ya en el auto, papá comentó con alegría: —Alice está mejorando…Tal vez aún hay esperanza.

Todos sonrieron; sin embargo, la sensación de que algo andaba mal estaba en mí. Casi no pude comer en la cena y al momento de ir a la cama, no dormí.

Alrededor de las tres de la casa se rompió ante unos sollozos. Alice había muerto mientras dormía, una muerte tranquila y sin dolor.

Las horas siguientes fueron un caos total. Papá y mamá encargándose de los trámites necesarios; todos los hermanos de mamá llegaron para el funeral, poco a poco nuestra pequeña casa.

Y yo cuidando a Keith y Damián, mis hermanos menores. A sus 12 años ambos entendían bien que Alice había muerto. No había un cuento de “Se fue al cielo”, o “Está en un lugar mejor” … Un “Solo duerme” no serviría para consolarlos.

Con mis 18 años, tenía que fingir una fortaleza que no sentía, tratando de consolarlos.

Para cuando cayó la noche, el luto ya se sentía en mi casa, en los rostros llorosos de mis tíos. En el llanto de mi madre y la tristeza de mi padre. En nuestra vestimenta negra. En los rostros desconocidos que lloraban a mi abuela.

Soporté los dos días de velorio; sin embargo, cuando llegó la hora del entierro, me quedé a un costado, apoyada en un muro dejé caer todas las lágrimas que había guardado.

Mi llanto silencioso pronto se transformó en sollozos desesperados. Cuando vi el ataúd en la tierra, quise abalanzarme. Unos brazos fuertes me detuvieron.

Me giré y te vi. Con una camisa negra y un pantalón del mismo tono; tu rostro era sereno, pero comprensivo. Tus ojos reflejaban pena, compasión y dulzura.

Enterré mi rostro en tu pecho, sollozando con más fuerza. Me abrazaste y sostuviste hasta que todo acabó.

Keith y Damián se acercaron con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar, sus rostros estaban cansados y tristes.

—Mamá nos dice que ya nos vamos. — susurró Keith, limpiándose las lágrimas con la manga de su suéter.

—Yo cuidaré a Alessa. — susurraste mirando a mis hermanos.

—No la dejaremos con un desconocido. — dijo firme Damián, mirándote con recelo.

—Estoy b-bien, Dam. — dije calmándome.

—Pero…— quiso protestar mi hermanito.

—Antes de lastimarla apuñalaré mi corazón. — afirmaste seguro, y mi corazón latió desesperado.

Una promesa vacía.

No supe en qué momento nos quedamos solos, pero tu mano acariciando mi cabello, me calmó.

—Te quiero, Ale. — susurraste.

Dime…. ¿Dónde quedó ese Asher?



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En el texto hay: cartas, despedida, amor

Editado: 13.06.2018

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