Cartas a un amigo perdido

CINCO

¿Te saludo? ¿Siquiera lo mereces?

Sinceramente no lo sé… Ha pasado una semana desde aquel día.

El primer día, me llamaste hasta el cansancio, fue extraño volver a ver tu nombre en el registro de llamadas.

El segundo día, fuiste a casa, pero mandé a mi hermana, con la vaga excusa de que no estaba en casa.

¿Lo notaste? Creo que sí.

El tercer día, te reíste de mí, cuando Daniela me echó su batido encima.

El cuarto día, volvimos a ser desconocidos, pero pasaste por mi lado golpeando mi hombro.

El quinto día, Kiara y yo comimos juntas. Nos miraron, sin embargo, nadie se acercó… Ni para lo bueno ni para lo malo.

El sexto día, tuvimos que hacer pareja en clase de Logística, pero pediste un cambio de grupo inmediato. Te dieron el gusto.

El sétimo día, no nos miramos, no hubo palabras ni disculpas.

Volvimos a la rutina.

Volvíamos a ser esos dos desconocidos que se conocían como a su propia vida.

Kiara y yo, empezamos a pasar tiempo juntas. A veces la ayudaba con algunos trabajos, pues, dividirse entre su familia y la universidad estaba resultando agotador.

La experiencia del cáncer de su padre, la estaba convirtiendo en un cascarón roto. Sin esencia y sin vida…

No quise que pasara.

La ayudé.

Y tengo que agradecerte… Tus idioteces me habían unido a una chica, que era lo más cercano a una amiga en aquel infierno.

Me contó que el cáncer de su padre aún no era muy avanzado, pero sus hermanos mayores trabajaban a turno completo, al igual que su madre… Ella era la única que estudiaba, y se sentía inútil si no ayudaba en nada.

Yo, le conté de Alice. De cómo fue una excelente abuela, que siempre tuvo lugar para mis revoluciones adolescentes y para los juegos de mis hermanos mellizos. Me sorprendí al notar, que a medida que hablaba, la historia empezaba a incluirte. Pequeñas menciones aquí y allá, que no revolucionaron mis sistemas.

Ella me escuchó con atención, con sonrisas sinceras dándome ánimo.

—¿Asher? —preguntó, cuando ató los cabos de la historia. —¿Asher Coleman? ¿El mismo patán que me acusó de mujerzuela y que intercambia saliva con Daniela?

Sonreí ante el tono de asco de Kiara. Asentí.

¿Qué hiciste, cariño?

Nadie cree que haya algo tierno y bondadoso en ti.

Yo sé que sí… O al menos lo hubo.

Le conté cómo eras… Le conté lo que fuimos y lo que hiciste por mí. Ella me sonrió, mientras nos sentábamos en alguna banca del patio.

Mi relato se interrumpió al chocar con tus ojos.

Una mueca cínica se dibujó en tus labios y besaste a Daniela como si no tuvieran público.

La mirada preocupada de Kiara sobre mí me hizo sonreír.

—Estoy bien. —le aseguré.

¿Cuánto de cierto había en aquello?

Es curioso que esos labios que alguna vez me besaron con dulzura infinita, sean ahora, capaces de decir las palabras que más daño me hacen.

Cambiamos…Lo ves, ¿no?

Solo que prefiero cerrar los ojos.



#45779 en Novela romántica
#7331 en Chick lit
#30149 en Otros
#9670 en Relatos cortos

En el texto hay: cartas, despedida, amor

Editado: 13.06.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.