Cartas al otro lado del alambre

Capítulo 1

El delantal de Nia Johnson olía a lejía y a secretos.

Cada martes a las 3:00pm, sin falta, sonaba el timbre de servicio de la casa de los Whitmore. Y cada martes a las 3:00pm, sin falta, aparecía él.

Sato Daiki.
Con su gorra de repartidor ladeada, la caja de verduras en los brazos y los ojos bajos. Como si mirar directo a una chica negra le fuera a costar el trabajo.

Nia tenía 21 años, un diploma de la Booker T. Washington que no servía para nada, y las manos rojas de tanto lavar ropa ajena.
Él tenía 23, apellido japonés, y la mala suerte de haber nacido en California justo cuando el mundo decidió que eso era un crimen.

"Buenas tardes, señorita Johnson" murmuró ese martes. Su voz era bajita. Educada. Como si pidiera permiso para existir.
"Las verduras de la señora Whitmore."

Nia tomó la caja. Sus dedos rozaron los de él por medio segundo.
Ninguno de los dos respiró.

En Alabama, 1943, una chica negra y un chico japonés no podían ni compartir una acera. Si el señor Whitmore los veía, a Nia la corrían. A Daiki quién sabe qué le hacían.

Pero nadie nos dijo que el corazón también tenía leyes de segregación.
Y nadie nos avisó que nos lo iban a romper.

"Lluvia mañana" dijo Daiki, de repente. Siguió sin mirarla.
"¿Cómo sabe?" preguntó Nia, confundida.
"Leo el periódico. Antes de repartir." Se encogió de hombros. "Para saber qué va a pasar."

Nia sonrió por dentro. Nadie le hablaba así. Nadie le hablaba de mañana.

El portazo de la cocina la hizo pegar un brinco. La señora Whitmore.
Daiki dio un paso atrás, bajó la cabeza, y se fue. Como siempre.
Pero antes de doblar la esquina, dejó caer algo al suelo.

Nia esperó a que la señora se fuera y lo recogió.
Era un pedazo de papel de bolsa de mercado. Dobladito.
Y con letra perfecta decía:

_La biblioteca cierra a las 6. El libro de poemas de Langston Hughes está en el estante de arriba.

A Nia se le subió la sangre a la cara.
Un nisei recomendándole poesía negra a una empleada doméstica.
En 1943.

Guardó el papel en el bolsillo del delantal, junto al corazón.
Olía a lejía, a verduras... y a peligro.

Porque a veces el crimen más grande no es el color de tu piel.
Es atreverte a querer.

Nia no durmió esa noche.

El papel de bolsa seguía en el bolsillo del delantal, doblado cuatro veces. Cada tanto metía la mano y lo tocaba, como si se fuera a deshacer. Como si Daiki se fuera a arrepentir de haberlo escrito.

_La biblioteca cierra a las 6. El libro de poemas de Langston Hughes está en el estante de arriba._

Ella no iba a la biblioteca desde que se graduó. ¿Para qué? Los libros no te daban trabajo. Los libros no pagaban la renta.
Pero a las 5:30pm del jueves, Nia se quitó el delantal, se lavó las manos tres veces, y caminó 8 cuadras bajo un sol que quemaba.

La Biblioteca Pública de Birmingham.
Letrero grande: 'COLORED ENTRANCE'. La entrada de atrás, como siempre.

Adentro olía a madera vieja y a silencio. Nia caminó despacio. Los zapatos le dolían.
Estante de arriba. Poesía.
Y ahí estaba. _The Weary Blues_. Tapa azul, gastada en las esquinas.

Lo abrió. Y entre la página 14 y 15 encontró otra nota.
Misma letra. Perfecta. Calmada.

> _Nia:_
>
> _Si te molesté, discúlpame. Solo pensé que a alguien que lava ropa ajena todo el día, le gustaría leer sobre alguien que canta aunque esté cansado._
>
> _Yo reparto verduras. Usted limpia casas. Los dos sabemos lo que es que te miren por encima._
>
> _Si no quiere volver, lo entiendo. Si quiere, el martes traigo más libros._
>
> _- D_

Nia se sentó en el suelo. Ahí mismo. Entre los estantes.
Nadie la había llamado "Nia" en voz alta en meses. En la casa de los Whitmore era "la chica".
Y nadie le había escrito que entendía lo que era que te miraran por encima.

Se quedó una hora leyendo a Langston Hughes. Por primera vez en mucho tiempo, los poemas no le dolieron. Le hicieron compañía.

Cuando salió, ya estaba oscureciendo.
Y en la esquina, recostado en un poste como si esperara el bus, estaba Daiki.

No la miró. Solo dijo, bajito, viendo al frente:
"¿Le gustó?"

Nia tragó saliva. El corazón le iba a mil.
"Sí." Su voz le salió ronca. "El de 'Mother to Son'. Me gustó mucho."

Daiki asintió una vez. Siguió sin mirarla.
"El martes entonces. Traigo a Countee Cullen."

Y se fue. Caminando con las manos en los bolsillos.
Como si no acabara de empezar algo que podía costarles todo.

Nia se quedó parada ahí, con el libro contra el pecho.
Olía a papel viejo y a jazmín. Daiki siempre olía a jazmín.

Por primera vez desde que se graduó, Nia pensó en el mañana.
Y no le dio miedo.




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