Cartas al otro lado del alambre

Capítulo 2

Los martes se volvieron sagrados.

A las 3:00pm Daiki dejaba las verduras.
A las 5:30pm Nia llegaba a la biblioteca.
Y entre las páginas de un libro nuevo, siempre había una nota.

No hablaban. No se tocaban.
En Alabama, 1943, eso era más íntimo que un beso.

*Martes 1:*
_Countee Cullen. Léase "Heritage". Me hizo pensar en usted._
Nia lloró en el bus de regreso.

*Martes 2:*
_Mi madre hacía onigiri los domingos. Nunca le dije que me gustaban. ¿A usted quién le cocina?_
Nia le contestó en un papelito y lo dejó entre los libros: _Mi abuela. Gumbo los viernes._

*Martes 3:*
No hubo nota. Solo un libro: _Selected Poems_ de Langston Hughes.
Adentro, subrayado con lápiz: _"I, too, sing America."_
Nia entendió.

Tres semanas. Tres martes. Tres secretos guardados en el bolsillo delantal.

Hasta que el martes 4 todo cambió.

Llegó tarde. La señora Whitmore la retuvo limpiando la plata.
Cuando entró a la biblioteca eran las 5:55pm. Cinco minutos para que cerraran.

El libro estaba. _Black God of the Congo_ de Cullen.
Pero no había nota.

Nia se quedó parada, con el corazón hueco. ¿Se cansó? ¿Lo descubrieron?

"Señorita, cerramos" dijo la bibliotecaria.

Nia salió corriendo. La calle ya estaba vacía.
Y ahí, en la esquina, bajo el farol que parpadeaba, estaba Daiki.

No con la gorra de repartidor. Con ropa normal. Camisa blanca.
Y con las manos en los bolsillos, como si esperara a alguien desde hace horas.

Cuando la vio, no sonrió. Solo suspiró, como si se le saliera el aire.

"Llegó tarde" dijo.
"Lo siento. La señora—"
"Shhh." Dio un paso. Ahora estaban a menos de un metro. Muy cerca. Demasiado cerca.
"Hoy no pude escribir. Hoy vinieron a mi casa."

Nia se quedó helada.
"¿Quiénes?"
"Del FBI. Otra vez. Preguntaron por mi hermano. Por mi padre. Por mí."

Se pasó la mano por la nuca. Nia vio que le temblaba.
"Dijeron que si seguía 'haciendo amistades raras', me iban a mandar al campo. Al de Arizona. Con mi familia."

El campo. Gila River. Así le decían.
Nia había leído el periódico. Alambre de púas. Barracas. Familias enteras.

El silencio entre ellos pesó. El farol parpadeó.

Daiki la miró por primera vez a los ojos. Directo.
Eran cafés. Cansados. Jóvenes.

"No quería asustarla" dijo bajito. "Por eso no escribí la nota. Pensé que si dejaba de venir, usted estaría a salvo."

Nia sintió que algo se le rompía en el pecho.
Un chico japonés-americano, con miedo de que lo metieran preso, preocupado por _ella_.

"Yo... yo también espero los martes" susurró Nia. La voz le tembló. "Los espero mucho."

Daiki cerró los ojos un segundo. Como si le doliera.
"Entonces el próximo martes nos vemos aquí. A las 5:30. Sin notas. Solo... hablemos cinco minutos. Y nos vamos."

Asintió. Y antes de irse, hizo algo que Nia no olvidaría en su vida.

Levantó la mano. Como si fuera a tocarla.
Se quedó a un centímetro de su mejilla.
Y la bajó.

"Cuídese, Nia Johnson."

Y dobló la esquina. Solo.

Nia se quedó bajo el farol, con el libro contra el pecho y el corazón latiéndole en la garganta.

Los martes ya no eran sagrados.
Ahora eran peligrosos.




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