Nia llegó a casa a las 6:15pm.
Tarde.
Su casa era pequeña. Dos cuartos. Paredes de madera pintada de blanco que ya estaba amarilla. Olía a gumbo y a cigarrillo.
Su madre, Clara, estaba en la cocina. Espalda doblada sobre el fregadero.
Su padre, James Johnson, estaba en la mesa. Botella de cerveza. Cinturón a un lado.
"¿Dónde estabas?" La voz de su padre era grave. Sin saludar.
"A la biblioteca, papá." Nia dejó el libro sobre la mesa. Las manos le temblaban. "Cerraron tarde."
James la miró de arriba a abajo. El delantal limpio, el pelo recogido, los ojos rojos de no dormir.
"Biblioteca." Escupió la palabra. "¿Para qué quiere leer una negra? ¿Para creerse más que yo?"
Clara no se volteó. Siguió lavando platos. Pero Nia vio cómo apretó la taza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
"El trabajo no se va a hacer solo, Nia." James se levantó. "Mañana lavas la ropa de los Whitmore y la de los Davis. Doble. ¿Me oíste?"
"Sí, señor."
Él se acercó. Olía a alcohol. Le dio un empujón en el hombro con dos dedos. No fuerte. Solo para recordar quién mandaba.
"Y nada de andar en la calle a estas horas. Las chicas decentes están en su casa."
Nia bajó la cabeza. "Sí, señor."
Cuando James se fue al cuarto y cerró la puerta de un portazo, Clara se derrumbó.
No lloró. Solo se sentó en el suelo de la cocina y se tapó la cara con las manos.
Nia corrió a abrazarla. Olía a jabón y a cansancio.
"Ma... perdóname. Es mi culpa."
"No es tu culpa, mija." Clara le acarició el pelo. "Tú solo... tú solo estudia. Tú vete de aquí cuando puedas."
Esa noche Nia no pudo dormir.
Escuchó a su padre roncar en el cuarto. Escuchó a su madre llorar bajito en la cama de al lado.
Y sacó el papelito de Daiki del bolsillo.
_Cuídese, Nia Johnson._
Por primera vez entendió por qué Daiki le tenía miedo al campo de Arizona.
Porque ella también vivía en una jaula. Solo que la suya tenía paredes de madera y un hombre con cinturón.
El martes siguiente llegó.
5:30pm. Bajo el farol.
Daiki ya estaba ahí. Y cuando la vio llegar, notó algo diferente.
Tenía el labio hinchado. Un moretón chiquito que intentó tapar con el pelo.
Daiki se tensó. Las manos se le hicieron puños en los bolsillos.
"¿Quién fue?" preguntó. Su voz ya no era bajita. Era dura.
Nadie le había preguntado eso a Nia en su vida.
Y por primera vez en 21 años, Nia Johnson dijo la verdad en voz alta.
"Mi papá."
Daiki no dijo nada en 10 segundos. Solo la miró.
Y luego hizo algo que rompió todas las reglas de 1943.
Dio un paso. Y le rozó el pelo, quitándole un mechón de la cara para verle mejor el moretón.
No la tocó. Solo el aire entre sus dedos y su piel.
"El martes que viene" dijo, con la mandíbula apretada. "Trae el libro. Y si puedes... trae también algo de ropa. En una bolsa."
Nia abrió los ojos. "¿Qué?"
"En cinco minutos no te puedo salvar." Daiki tragó saliva. "Pero en un mes sí. Si quieres."
El farol parpadeó.
Y por primera vez, Nia pensó en cruzar al otro lado del alambre.
Aunque fuera el alambre de su propia casa.