Te amé donde no hay redención,
entre suspiros que huelen a pecado.
Allí donde el alma pierde dirección
y el deseo arde… en lo no nombrado.
Tu piel sabía a tormenta y delirio,
a lo que sangra sin haber herida.
Cada roce tuyo era un exilio,
cada beso… una muerte bendecida.
No eras un sueño, eras un conjuro,
mitad carne, mitad abismo eterno.
Te amé con miedo, con placer oscuro,
como quien ama el fuego… sabiendo el infierno.
Nuestros cuerpos eran altares rotos
donde rezaban dioses ya olvidados.
Y aun así, entre espasmos y sollozos,
hallé el amor… en tus labios profanados.
No me hables de virtud, ni de cielo,
no fuimos hechos para la luz serena.
Nos tocamos desde el mismo duelo,
desde la sed, la culpa y la condena.
Tú fuiste mi vicio más sagrado,
la cruz que nunca quise soltar.
Te deseé… y en cada pecado,
aprendí lo que es amar… y arruinar.
Si algún día el mundo limpia mi nombre,
si en mi pecho ya no late el temor,
sabré que fui, por ti, menos hombre…
pero más humano… por tanto amor.
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Editado: 30.10.2025