El sol de la tarde comenzaba a declinar, bañando las calles de París con su cálido resplandor dorado. Elena caminaba junto a Daniel por las orillas del Sena, disfrutando del suave viento que movía las hojas de los árboles y despeinaba sus cabellos. El sonido del agua fluyendo junto al río era tranquilo, como una melodía de fondo, mientras las voces de turistas y residentes se mezclaban con el murmullo de la ciudad.
Daniel no dejaba de mirarla. Algo en ella había cambiado desde la última vez que hablaron sobre Marc. Elena parecía más ligera, más tranquila. Tal vez aún había dudas, pero estaba dispuesta a enfrentarlas.
"¿Sabes?" comenzó Daniel, rompiendo el silencio entre ellos, "Hace días que quiero hacerte una pregunta."
Elena lo miró, sonriendo ligeramente, aunque aún con algo de tensión en su expresión. "¿Qué pregunta?"
"Si pudieras ir a cualquier parte del mundo ahora mismo, ¿a dónde irías?" preguntó Daniel, mirándola con curiosidad.
Elena pensó por un momento. No era una pregunta fácil de responder, pero en el fondo, sentía que la respuesta era obvia. "A un lugar tranquilo, alejado de todo. Tal vez una isla en Grecia, con agua azul, el sol y nada más que el sonido del mar. Pero no iría sola," dijo, mirándole a los ojos.
Daniel sonrió, aunque un atisbo de tristeza se reflejó en sus ojos. "¿Y quién te acompañaría?"
"Tú," respondió sin pensarlo, con un brillo en la mirada que solo él conocía. "Si alguna vez me atrevo a escapar, sería contigo."
Un silencio cómodo se instaló entre ellos mientras continuaban caminando, pero de pronto, el sonido de unos pasos apresurados los sacó de su ensueño. Un hombre se acercaba rápidamente, y Elena lo reconoció al instante: Marc.
"Elena," dijo Marc con voz grave, mirando a ambos. "No esperaba encontrarte aquí."
Elena se detuvo en seco, mientras Daniel apretaba un poco su mano. "Marc," respondió con un tono más frío de lo que había esperado. "No sé qué haces aquí, pero ya no tienes nada que decirme."
Marc la miró con una mezcla de arrepentimiento y frustración. "Sé que lo que hice fue un error. Te dejé ir, te lastimé, y ahora quiero hacer las cosas bien. He cambiado."
Elena dio un paso atrás, alejándose ligeramente de él. "No se trata de lo que hiciste, Marc," dijo, con el corazón latiendo fuertemente en su pecho. "Se trata de lo que tú y yo ya no somos. No puedo seguir viviendo en el pasado."
Elena sintió una mano cálida en la suya, un gesto tan pequeño, pero tan lleno de significado. Daniel estaba allí, a su lado, y eso la hacía sentir más fuerte. En silencio, él le apretó la mano, dándole el apoyo que tanto necesitaba.
"Elena..." Marc empezó, pero ella lo interrumpió, levantando la mano.
"Lo que tú quieras decir, Marc, no cambiará lo que soy ahora. He aprendido a vivir por mí misma. Ya no soy la misma chica que dejaste atrás."
Marc, claramente abatido, dio un paso atrás. "No sé qué decir... solo que lo siento mucho."
"Lo sé," dijo Elena, con un suspiro, pero sin perder la firmeza en su voz. "Ya no puedo permitir que tus disculpas cambien mi vida. Mi vida ha seguido, y la he encontrado aquí, con alguien que me entiende."
Elena miró a Daniel, quien no se apartó ni un segundo. Él, con su paciencia y calidez, era todo lo que necesitaba en ese momento. Aunque no lo dijera en voz alta, sus ojos reflejaban todo lo que sentía por él.
Marc, al ver la mirada compartida entre ellos, comprendió finalmente lo que Elena había querido decir. Era el final. Con una última mirada triste, se dio la vuelta y se alejó, perdiéndose en la multitud de la ciudad.
Elena exhaló profundamente, sintiendo una mezcla de alivio y liberación. La presencia de Marc ya no la afectaba como antes. Su vida había cambiado, y esa nueva vida ahora estaba a su lado, en la figura de Daniel.
Daniel se acercó a ella, su rostro reflejando una preocupación sincera. "¿Estás bien?"
Elena asintió lentamente, sin poder evitar la sonrisa que comenzaba a asomarse. "Sí, lo estoy. Fue más difícil de lo que pensaba, pero... creo que ya no me importa el pasado."
"Te prometo que no te dejaré ir," dijo Daniel, casi en un susurro.
Elena lo miró fijamente, y en sus ojos se reflejaban las promesas no dichas, los sentimientos profundos que crecían entre ellos cada día. "Lo sé," respondió, "Y yo no quiero irme."
De repente, un suave viento sopló de nuevo, moviendo sus cabellos. Como si la ciudad misma les estuviera dando su bendición, como si el universo estuviera alineado para que ellos dos finalmente pudieran encontrar la paz en el otro.
Elena había superado su pasado, había sanado las heridas que Marc había dejado en ella, y ahora solo quedaba el futuro. Un futuro que, por primera vez, veía claro y lleno de posibilidades.
Y mientras París seguía su curso, ellos caminaban juntos hacia un destino que solo ellos podrían escribir.