Cartas de otoño

Capitulo 10: El peso de las heridas.

🎧 Arcade - Duncan Laurence

Elisa.

Aunque el mundo se fuera a la mierda ahora, no podría estar más que agradecida por lo que tengo ahora. Ser egoísta nunca ha sido lo mio, pero si mis inmensas ganas de triunfar. La luz que se filtraba por las grietas de mi mundo era cálida, pero también me dejaba al descubierto.

La llegada de una nueva idea me dejaba viajar a mi lugar seguro, estaría en la Preparatoria Aurora junto el abrazo calidad de mis amigas, y del príncipe que me salvaran del dolor y oscuridad que me atormentando.

Caminar por los pasillos de la Preparatoria Aurora con el recuerdo del abrazo de Rael era como llevar una armadura invisible, pero una hecha de cristal: me protegía, pero cualquiera podía ver las fracturas.

Como cada día ahí estaban ellas, su presencia protectora no podía ser ignorada, gracias a ellas había un motivo más para seguir el camino que me tracé.

—Bueno, bueno. Dime que tal te fue con Rael, ¿acaso ya se dieron su primer beso?—exclamó Valeria mientras rodeaba sus brazos en mi cuello.

—¡Vaya que metida eres!—dije sonriendo.

—¡Aunque sea dime si ya se te propuso!—insistía Valeria.

—Sin comentarios—aclare.

Valeria solo pudo quejarse mientras nos dirigiamos al salón de clases, para encontrarnos con las demás.

Arek regresó a clases. No hizo falta verlo; se sentía. Una corriente fría que recorría el pasillo y helaba las risas. Nuestras miradas se encontraron por un instante fugaz al cruzar la puerta del aula. Ya no había fuego en sus ojos, solo las brasas negras de algo consumido. La rigidez al caminar delataba un dolor que yo reconocía demasiado bien. Él apartó la vista, sabía con qué sentimiento trataba, pero… mi terquedad y ego no pudieron hacer nada más.

La clase de Literatura fue un refugio y una tortura. El “gramático” habló de un poema sobre el Otoño y la Primavera, dos estaciones que se anhelan pero nunca se encuentran, condenadas a solo reflejarse en los charcos que deja la lluvia.

"El Otoño, cargado de hojas muertas y verdades que duelen; la Primavera, con su promesa de flores que quizás nunca broten..."

No pude evitar mirar a Arek. Él era el invierno perpetuo, sí, pero un invierno que una vez fue otoño. Su rabia no era distinta a la de mi padre; aunque podía ver que era un grito ahogado que no había encontrado otra salida, uno que no culpaba a nadie más, más que el mismo. Y yo, en mi silencio y mis cartas, era otro tipo de otoño, uno que se dejaba arrastrar por el viento en lugar de plantar batalla. La comprensión me golpeó con la fuerza de una revelación: estábamos atrapados en el mismo ciclo, sólo que en polos opuestos.

No pasó mucho tiempo antes de que mi mente dejara de divagar, la clase había acabado y era hora del almuerzo.

Como siempre salíamos las cinco, dirigiéndose al pasillo más escondido para poder hablar a gusto, pero una voz nos interrumpió.

—¡Elisa!, ¿qué hay de nuevo?—preguntó Rael.

—¡Ah! Rael, estoy bien… supongo.

Su sonrisa era un faro, pero hoy la niebla dentro de mí era demasiado densa.

—¿Estás bien? —preguntó, su voz suave cargada de una preocupación genuina que casi me desarma.

—¡Bueno!, lo mejor será que nos retiremos chicas—proclamó Claris.

Las chicas simplemente se desvanecieron para dejarnos a solas.

Solo bastaron unos minutos llenos de silencio, su mirada no juzga, solo esperaba. Y en un acto de fe que me aterró, decidí confiar en esa luz.

—Mi casa... —comencé, traicionando el temblor en mi voz—. No es un lugar, es una guerra fría. Y a veces... no tan fría. —Bajé la vista, avergonzada del secreto que siempre cargaba—. A veces siento que camino sobre cristales, Rael.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino pesado. Lleno de la verdad que yo acababa de soltar.

Entonces, él hizo lo impensable. No me consoló con palabras vacías. En cambio, puso un fragmento de su propia armadura en mis manos.

—Yo... mis padres se divorciaron hace dos años —confesó, mirando más allá de mí—. Mi mamá... no es la misma. Mi hermana se había vuelto solitaria y se aisló de todos, trato aun de ayudarle a incorporarse, pero… aún es difícil. Y a veces, este... —hizo un gesto vago hacia sí mismo, hacia su popularidad, su sonrisa fácil— "...este 'chico perfecto' es solo la fachada que ella necesita ver. Para que no se preocupe. Para que crea que está todo bien."

Un príncipe de cristal. La frase resonó de nuevo, pero ahora con un significado nuevo y dolorosamente claro. No era un insulto, era una realidad. Él también escondía sus grietas.

El tiempo que resto del almuerzo solo permanecemos en silencio, el silencio como siempre tenía un significado diferente, este era especial… lleno de misterios y un amor no encontrado.

Esa noche, al llegar a casa e ir a mi habitación la inquietud no era una sorpresa, las cartas como siempre mi consuelo esta vez fluyeron más rápido que de costumbre, no escribí sobre mi dolor la dirección estuvo dirigida hacia otra parte, impulsadas por el poema y la mirada vacía de Arek. Tomé una hoja y tracé el título en la parte superior: "Para el Invierno que llevas dentro."

"¿Qué te hicieron para que creas que el mundo sólo se conquista con filo? ¿Quién te rompió tanto que crees que romper a otros te sanará? Sé que reconociste mi dolor porque es el mismo que llevas tatuado en los huesos. Somos ecos de la misma campana rota, resonando en casas diferentes."
Deja de buscar espejos donde solo hay polvo."

Ver como las palabras fluían me llenó de miedo, las heridas superficiales que vi fueron suficientes para escribir un poco, pero… ¿y si hubiera heridas que no se vean?

Era un vago pensamiento pero había más cosas que me molestaban.

Estaba segura de ir a casa de mi tía, pero mi corazón lo impidió, aquella chispa que brotó dentro de mi madre fue diferente…

No podía saber el porqué, quería pensar que aunque fuera muy dentro de ella, aun hubiera espacio en su corazón para mi, y como siempre, anhelaba algo que tal vez no podría hacerse realidad…




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