Cartas de otoño

Capítulo 13: Estupida ignorancia.

🎧Glimpse of Us - Joji

Elisa.

La luz de la mañana se filtraba por la ventana, indiferente a mi mundo resquebrajado. El mensaje de Rael ardía en mi pantalla. "¿Puedo verte mañana?". La carta que había escrito, llena de mis contradicciones más oscuras, pesaba como una losa en mi mochila. ¿Qué versión de Elisa iba a mostrarle hoy? ¿La frágil, la enojada, la que finge estar bien?

Nos encontramos en el parque. Su sonrisa era un faro, pero yo ya no quería ser la polilla que choca contra él.

—Elisa —dijo su voz suave—. No tienes que fingir conmigo. No después de... todo.

Permanecía en silencio, era inconsciente de mi, las dudas en mi garganta eran muchas, lo sabía, actuaba para mi misma, para no desmoronarme.

—Te pregunto, acaso ¿lo que tenemos es real o solo soy uno de tus “personajes”?—dijo mientras mantenía su bella sonrisa.

—No… Tu…—dije con la voz quebrada—¡Te has convertido en mi todo, me has dado la luz que he estado perdiendo, no quiero que pienses que te uso!

No pude evitar bajar la cabeza mientras las lágrimas fluían en mis ojos como el mar infinito.

Quería volver a confiar en el amor que se me había negado pero no sabía si era posible. Por un momento tuve el valor de verlo a los ojos, su sonrisa había cambiado a una llena de amor profundo y gran tesoro.

Rael se acercó a mí, acarició mi mejilla con su mano gentilmente. Sentí como había mariposas en mi estómago, mariposas que revoloteaban emocionadas.

El silencio inundó el ambiente, no podía negar, que él era parte de mi mundo, entró a mi corazón y lo inundó de lo que me faltaba.

El tiempo pasó, el invierno estaba próximo y mis dudas seguían presentes, la frialdad de mis padres aumentaba, mi cumpleaños, nuestro cumpleaños. A.S

No quería pensarlo de nuevo, ya estaba rota, no quería volver a caer en la oscuridad, pero era imposible evitar que tuviera a alguien más a mi lado cuando llegue al mundo, no estuve sola.

Esa duda me llevó a la biblioteca, aunque pensé que la salida sería difícil, mi madre me odiaba más, aquella chispa brotada, ya era borrosa, pude irme en silencio. Quería saber porque guardaban silencio, hay una razón para todo, el mundo tendría algún registro. Algún eco.

Con los dedos temblorosos, busqué en los archivos. El tiempo se fue volando, el anochecer se acercaba y no había nada que encontrar. Nada bajo "A.S.". Pero luego, probé con "nacimientos" y la fecha de mi cumpleaños, añadiendo "gemelos".

Mi pulso se detuvo. No fue un periódico, sino un PDF del "Archivo de Casos Raros en Neonatología". El título era largo y aterrador: "Síndrome de Microquimerismo Alogénico Perinatal (SMAP) en gemelos monocigóticos: Reporte del caso Aiden y Elisa Sevilla."

Aiden.

El nombre brillaba en la pantalla, tan real que casi podía tocarlo. Aiden Sevilla. Mi hermano.

Mis ojos recorrieron el texto, pero era un mar de jerga incomprensible. "Gemelos monocoriales", "microquimerismo fetofetal", "linfocítico portal hepático"... Palabras frías y técnicas que se negaban a contarme una historia, solo a enumerar una tragedia. Entrelazadas con esos términos, frases sueltas se destacaban como cuchillos:

"...Gemelo A [Aiden Sevilla]... empeoramiento progresivo... palidez...
"...Tratamiento realizado: transfusión... corticoides...
"...evolución: parada cardiorrespiratoria y fallecimiento."

El aire escapó de mis pulmones. No necesitaba entender la ciencia. La conclusión era clara y brutal.

Aiden había existido. Y había muerto.

No éramos solo hijos. Éramos un "Caso Raro". Un "reporte médico" y su hermana. La que sobrevivió a algo que él no pudo. La pregunta ya no era si había existido, sino cómo algo con un nombre tan frío y complicado se lo había llevado. Y, sobre todo, por qué mi existencia estaba escrita para siempre en el mismo documento que anunciaba su muerte.

La emoción fue breve, ahogada por la marea de preguntas que vinieron después. ¿Qué pasó? ¿Cómo murió? ¿Fue una enfermedad? ¿Un accidente? Era muy estúpida para entender aquellos términos médicos. Lo único que había en el mundo era su nombre,Aiden Sevilla, un simple caso clínico y un sonajero de plata. El impacto evitó que mi búsqueda siguiera, solo cerré aquel archivo y me fui.

Esa noche, en casa, el silencio era más elocuente que nunca. Cada mirada de mis padres, cada frío "pasa la sal", gritaba la ausencia de Aiden. Ya no era la "inútil" o la "decepción". Era la recordatoria viviente de su hijo perdido.

Agotada, llamé a mi tía Alejandra. Necesitaba un poco de normalidad, un respiro en su casa llena de calor y olor a galletas.

—¡Elisa! —me recibió con un abrazo tan fuerte que por un segundo olvidé quién era—. Alexia está en su cuarto. Ven, ayúdame a terminar de decorar el pastel.

Mientras untaba el glaseado, la conversación derivó, como siempre, hacía anécdotas de cuando yo era pequeña.

—...y tu madre estaba tan orgullosa —decía mi tía, riendo—. Con los dos en brazos, diciendo que eran sus 'luchadores'. Aiden siempre era el más...

Se detuvo en seco. La cuchara con glaseado se quedó suspendida en el aire. Su sonrisa se congeló y luego se desvaneció, reemplazada por una máscara de pánico.

—Bueno... —tosió, desviando la mirada—. Eran tiempos muy ocupados, con dos bebés. ¿Quieres más leche, cariño?

El corazón se me aceleró. "Aiden siempre era el más..." ¿El más qué? ¿Fuerte? ¿Débil? ¿Ruidoso?

La miré a los ojos, desafiante. —¿Por qué lo sabes? ¿Por qué nunca lo habías dicho?¿Sabes algo de Aiden, tía? ¿Sabes qué le pasó?

Ella palideció. —Elisa, por favor... hay cosas que es mejor no conocer.

—¡Es mi hermano! —casi grito, y noté cómo Alexia asomaba por la puerta de la cocina, alertada—. Tengo derecho a saber.

Mi tía suspiró, con los hombros hundidos por el peso de un secreto que claramente la agobiaba. —Tu madre... ella... —tragó saliva—. Ella no fue la misma después de lo de Aiden. Se culpó tanto... —Sus ojos se llenaron de lágrimas. —No puedo decirte más, Elisa. Se lo prometí.




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