Queridos lectores, esta historia esta relacionada con "Cartas de otoño", pero aquí podrán disfrutar de una pequeña precuela o en su defecto un spin off de la familia de la protagonista Elisa.
ADVERTENCIA: NO BUSCO NORMALIZAR EN NINGÚN SENTIDO EL INCESTO, RECUERDEN, ESTA OBRA NO ES MAS QUE PURA FICCIÓN.
EL ÚNICO FIN DE ESTA LECTURA ES DISFRUTAR Y CONOCER UN POCO MÁS EL CONTEXTO DE LA FAMILIA DE LA PROTAGONISTA.
NO ES NECESARIO LEERLO, NO AFECTA LA TRAMA, ESTE TEMA QUE COMO YA MENCIONE NO SE BUSCA ROMANTIZAR.
DISFRUTEN :D
Capítulo 1: Lo que el Silencio Esconde.
🎧The Night We Met - Lord Huron
Alejandra.
El olor a lluvia se filtraba por la ventana entreabierta de mi habitación. Eran las tres de la madrugada, y yo, con diecisiete años, ya conocía el sonido de la soledad. No era la primera vez que esperaba. Desde que mamá murio, mi vida se había convertido en una vigilia perpetua.
Alexander tenía doce años. Doce años y un corazón demasiado grande para un cuerpo tan frágil. Esa noche había salido con sus amigos, una rareza que yo misma le había permitido, con la esperanza de que aprendiera a ser un chico normal, pero el toque de queda había pasado hace horas. Cada minuto que transcurría afilaba mis nervios como cuchillos.
Cuando por fin escuché la puerta, un suspiro se escapó de mis labios. Bajé las escaleras con la determinación de una hermana mayor, pero también con el miedo de una madre sustituta.
—Alexander —dije, y mi voz sonó más cansada de lo que esperaba.
Él estaba en el recibidor, empapado, con el cabello pegado a la frente y los ojos brillando con una luz que no supe descifrar.
—Perdón, Ale —murmuró, evitando mi mirada—. Se nos fue el tiempo.
—¿Sabes qué hora es? Papá podría haber llegado en cualquier momento.
—Papá no va a llegar —respondió, y su tono era tan frío que casi me hizo estremecer—. Está en otra de sus "giras".
No dijo más, pero no hacía falta. Ambos sabíamos que nuestro padre estaba perdido en algún bar, ahogando sus propios fantasmas en alcohol. Alexander y yo éramos todo lo que teníamos el uno al otro.
—Vamos, ve a secarte el pelo—dije, suavizando la voz—. No quiero que te enfermes.
Mientras lo seguía hacia la cocina, no pude evitar notar cómo sus hombros se habían ensanchado en los últimos meses. Ya no era el niño que escondía detrás de mis faldas; ahora era un adolescente que intentaba encontrar su lugar en un mundo que le había dado la espalda demasiado pronto.
—¿Y bien? —pregunté, tendiéndole una toalla—. ¿Cómo estuvo?
Una sonrisa tímida asomó en sus labios.
—Genial. Fuimos al nuevo centro comercial. Y después… bueno, conocí a alguien.
Algo se contrajo dentro de mí. Una punzada de celos que inmediatamente me avergonzó.
—¿A alguien? —repetí, intentando sonar casual.
—Se llama Lucero —dijo, y su voz se llenó de una luz que nunca antes le había escuchado—. Es… diferente.
Diferente. Esa palabra resonó en mi mente como una campana de advertencia. Pero me limité a asentir, secándole el cabello con la toalla como si aún tuviera siete años.
—Solo ten cuidado, Alex —susurré—. El mundo está lleno de personas que no entienden lo que significa ser familia.
Él me miró entonces, y por un instante, vi al niño asustado que una vez consolé después de una pesadilla.
—Tú siempre serás mi familia, Ale —dijo—. Nada ni nadie podrá cambiar eso.
Sus palabras deberían haberme reconfortado. En cambio, solo alimentaron el miedo que crecía en mi pecho. Porque en ese momento entendí que mi mayor temor no era perder a mi hermano, sino que él encontrara a alguien que le hiciera olvidar que yo existía.
Alexander.
Lucero Montes era el sol. Eso decidí la primera vez que la vi, riendo en el centro comercial con sus amigas. Mientras yo me escondía detrás de mis libros y mis responsabilidades, ella brillaba con una intensidad que casi me dolía mirar.
Cuando se acercó a preguntarme la hora, supe que mi vida estaba a punto de cambiar.
—Eres Alexander, ¿verdad? —dijo, con una sonrisa que iluminaba su rostro—. Te he visto en la biblioteca. Siempre estás solo.
—Me gusta la tranquilidad —respondí, sintiendo cómo las palabras se atascaron en mi garganta.
—Aburrido —declaró, pero su tono era juguetón—. La vida es demasiado corta para pasarla en silencio.
Esa fue la primera de muchas conversaciones. Lucero se convirtió en mi guía hacia un mundo que no conocía: un mundo de risas fáciles, de planes improvisados, de miradas que hacían que mi corazón latiera con un ritmo nuevo y aterrador.
Pero cada vez que volvía a casa, a Alejandra, sentía que traicionaba algo. O a alguien.
—¿Otra vez con ella? —preguntó mi hermana una tarde, mientras yo me preparaba para salir.
—Solo vamos al cine —dije, evitando su mirada—. Nada del otro mundo.
—Tu mundo debería estar aquí —susurró, y en su voz había una tristeza que me partió el corazón—. Con tu familia.
—¡Tú siempre serás mi familia, Ale! —protesté, sintiéndome como un niño otra vez—. Pero tengo quince años. Necesito… vivir.
—¿Y yo? —preguntó, y su pregunta flotó en el aire como una acusación—. ¿Cuándo me toca vivir a mí, Alexander?
No supe qué responder. Porque la verdad era que Alejandra había dejado de vivir el día que nuestra madre murió. Se había convertido en mi sombra, en mi protectora, en la pared que me resguardaba del mundo. Y ahora que yo intentaba escapar, ella se quedaba atrás, prisionera de un rol que nunca pidió interpretar.
Esa noche, cuando Lucero me besó por primera vez detrás del cine, su sabor a cerezas y libertad me hizo sentir vivo como nunca antes. Pero cuando volví a casa y vi a Alejandra esperándome en el sofá, dormida con un libro en el regazo, la culpa se instaló en mi pecho como un huésped no deseado.
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Editado: 11.01.2026