Cartas de otoño

Capitulo 15.2: Las hojas que nos unieron.

Capítulo 2: El Pecado que Nos Condenó.

🎧Seven Devils - Florence + The Machine

Alejandra.

La lluvia azotaba los cristales de mi ventana con la furia de un presagio. Alexander llevaba días ausente, sumergido en ese mundo nuevo que Lucero le ofrecía. Un mundo del que yo estaba excluida. Cada risa suya que escuchaba desde el jardín, cada vez que salía por la puerta sin mirar atrás, era una pequeña muerte.

Yo, que había sido su sol, su luna, su universo entero, me estaba convirtiendo en una simple anécdota en la historia de su vida. Y el rencor, ese veneno silencioso, comenzó a envenenar cada rincón de mi alma.

La gota que colmó el vaso fue verlos juntos en el parque. No era la primera vez, pero esa tarde fue distinto. Él la miraba con una entrega total, con una adoración que solo yo merecía. La tomó de la mano y ella se rió, un sonido cristalino que me atravesó como un vidrio roto.

Esa noche, cuando volvió a casa, la tormenta dentro de mí estalló.

-¿Otra vez con ella? -pregunté, bloqueando su paso hacia las escaleras. Mi voz sonó rasgada, cargada de una emoción que ya no podía disfrazar.

Alexander suspiró, pasándose una mano por el cabello. Parecía cansado, de mí, de todo.

-Ale, por favor. No empieces.

-¿No empezar? ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Sentarme aquí a esperar a que te dignes a recordar que existo? -Avancé hacia él, temblando de rabia-. Yo te crié. Yo estuve aquí cuando nadie más lo estaba. ¿Y ella? ¿Qué te ha dado ella aparte de sonrisas vacías?

-¡Me da paz! -gritó él, y sus palabras me golpearon con la fuerza de un puñetazo-. ¡Contigo todo es una obligación, un peso! ¡Con ella puedo respirar!

El silencio que siguió fue ensordecedor. Nos miramos, dos fantasmas en la casa vacía que una vez fue un hogar. El dolor en sus ojos era un reflejo del mío, pero era demasiado tarde para retroceder.

-¿Paz? -susurré, y una sonrisa amarga se dibujó en mis labios-. Te enseñaré lo que es la verdadera guerra, hermanito.

Alexander.

Las palabras se habían escapado de mi boca como un virus, envenenando el aire entre Ale y yo. "Contigo todo es un peso". La vi desmoronarse frente a mí, y la culpa me ahogó. Ella, que había cargado con mis miedos, mis enfermedades, mis noches en vela. Yo le había devuelto el favor clavándole un cuchillo en el lugar más vulnerable.

Pasaron dos días sin que nos dirigiéramos la palabra. La casa se convirtió en un campo de batalla silencioso. Cada plato que lavaba, cada paso que daba, sentía su mirada en la nuca, cargada de reproche y un dolor tan profundo que me hacía sentir un monstruo.

Lucero notó mi distracción.

-¿Otra vez con tu hermana? -preguntó, con un deje de impaciencia en la voz.

-Es complicado -murmuré, mirando mis manos. No podía explicarle que me sentía desgarrado. Que amaba su luz, pero que la oscuridad de Ale era la única que realmente conocía.

-Todo es complicado contigo, Alexander -susurró, y por primera vez, vi dudas en sus ojos-. A veces siento que compito con un fantasma.

Esa noche, decidí que tenía que arreglarlo. No podía perder a las dos personas más importantes de mi vida. Compré flores -las favoritas de Ale, girasoles- y preparé la cena. Ella bajó las escaleras con desconfianza, pero cuando vio la mesa puesta, algo se suavizó en su rostro.

-¿Una tregua? -pregunté, con una sonrisa tentativa.

Ella asintió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos. Comimos en un silencio incómodo, el fantasma de mis palabras aún merodeando entre nosotros.

-La extraño, Ale -confesé finalmente, cuando el postre estaba casi terminado-.Te extraño a ti...

Ella dejó la cuchara lentamente. Sus ojos, tan parecidos a los míos, brillaron con lágrimas.

-Yo también te extraño, Alex -susurró-. Pero ya no sé cómo alcanzarte...

Fue entonces cuando se levantó y se acercó a mí. No como una hermana, sino como una mujer herida, buscando consuelo. Y cuando sus labios encontraron los míos, el mundo entero se detuvo.

No fue un beso de reconciliación. Fue un beso de desesperación. Un territorio prohibido que estábamos tocando por primera vez, impulsados por un dolor que no sabíamos cómo expresar de otra manera.

Lucero.

Algo había cambiado en Alexander. Lo sentía en la forma en que me abrazaba, con una distancia nueva. Sus besos sabían a culpa, y sus ojos evitaban los míos durante demasiado tiempo.

-¿Estás bien? -le pregunté una y otra vez, acariciando su mejilla.

-Sí, solo son cosas de la casa -mentía, y yo fingía creerle.

Pero una tarde, lo vi salir de su casa con Alejandra. Iban caminando juntos, y no era la distancia fría de los últimos días. Había una intimidad renovada entre ellos, una complicidad que me dejó helada. Ella le dijo algo al oído y él sonrió, una sonrisa genuina que ya no me pertenecía.

Los celos, verdes y venenosos, se apoderaron de mí. ¿Qué tenía ella que yo no pudiera darle? ¿Qué secreto compartían que era más fuerte que el amor que él decía tenerme?

Fue entonces cuando tomé la decisión más estúpida de mi vida. Si Alejandra podía reclamarlo con su sangre, yo lo reclamaría con mi cuerpo.

-Ven a mi casa -le dije esa noche, tomando su mano-. Mis padres no están.

Alexander dudó. Vi el conflicto en sus ojos, el miedo. Pero también vi el deseo, la curiosidad de un chico de dieciséis años tentado por la fruta prohibida.

-Lucero, no sé...

-¿Tienes miedo? -desafié, acercándome a él hasta que nuestro aliento se mezcló-. O ¿es que prefieres quedarte aquí con ella?

Esa pregunta, cargada de una insinuación que ni siquiera yo entendía completamente, fue el detonante. Asintió, con los ojos nublados por una mezcla de excitación y pánico.

Y esa noche, en la penumbra de mi habitación, perdimos nuestra inocencia juntos. Fue rápido, torpe, y cuando terminó, un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Yo me sentía victoriosa, creyendo haberlo reclamado como mío. Pero cuando lo vi vestirse apresuradamente, evitando mi mirada, supe que había ganado una batalla para perder la guerra.




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