Cartas de otoño

Capitulo 15.3: Las hojas que nos unieron.

Capítulo 3: Huellas en la arena del tiempo

QUERIDOS LECTORES A PARTIR DE AQUI ME GUSTARÍA PEDIRLES QUE REPRODUZCAN LA SIGUIENTE CANCIÓN, ESTO CON EL FIN DE INTENTAR TRANSMITIRLE EL MISMO SENTIMIENTO QUE YO SENTÍ AL ESCRIBIR EL CAPITULO Y CLARO QUE ESTE REQUERIMIENTO SERÁ NECESARIO A APARIR DE AHORA. GRACIAS.

🎧Dos Orugitas - Sebastián Yatra

Lucero.

El embarazo fue la tempestad perfecta, un huracán de silencio y culpa que se cernió sobre nuestra ya quebrantada casa. Cuando el médico confirmó que no era uno, sino dos latidos los que resonaban dentro de mí, supe que el universo me estaba cobrando con intereses cada una de mis traiciones.

Alexander se transformó. La noticia del embarazo gemelar lo sacó del aturdimiento en el que había caído después de mi confesión forzada. Vi cómo una determinación férrea, la misma que usaba para protegerse de su padre y del mundo, se apoderaba de él. Dejó la escuela y consiguió un trabajo de medio tiempo en una ferretería. Sus manos, antes dedicadas a libros y sueños juveniles, se llenaron de callos y astillas. Por las noches, se sentaba a mi lado en el sofá y posaba su mano sobre mi vientre, que se hinchaba como un fruto prohibido.

"Todo estará bien, Lucero," me decía, y su voz era un eco de la seguridad que yo ya no sentía. "Vamos a ser una familia."

Sus palabras me atravesaban. ¿Qué sabía él de familias? Nuestra unión no era el cimiento de un hogar, sino los escombros de dos naufragios chocando. Yo cargaba no solo con sus hijos, sino con el peso de mi propia infidelidad. Había sido un acto de venganza estúpido, una búsqueda desesperada de calor en los brazos de un compañero de clase, un chico llamado Dante, cuya sonrisa fácil y despreocupada era lo opuesto a la intensidad dolorosa de Alexander. Fue una sola vez, un error monumental en un momento de rabia y soledad, después de ver a Alexander y Alejandra compartiendo un secreto que yo nunca podría descifrar. Ahora, cada patadita de los bebés me recordaba que, mientras Alexander creía estar protegiendo a su familia, yo había sembrado una duda que podría destruirla toda.

No lo confesé. ¿Cómo hacerlo? Ver a Alexander, demacrado y con sueño, llegar a casa y arrodillarse para hablarle a mi vientre, me selló los labios. En lugar de la verdad, alimenté el fuego de mi culpa en silencio. Era mi cruz y mi penitencia.

El embarazo fue físicamente difícil. Náuseas implacables, un cansancio que pesaba más que mi cuerpo, y la sombra de Alejandra, que, aunque ya no vivía con nosotros, era una presencia fantasmal en cada decisión. Alexander había roto todo contacto con ella después de nuestra boda apresurada y civil, un acto que realizamos más por obligación que por amor. Pero a veces, lo sorprendía mirando una foto vieja de ellos, con una nostalgia tan profunda que me hacía sentir como una intrusa en mi propia vida.

Alexander.

Escribí la carta la noche que Lucero tuvo el primer susto. Un dolor agudo que la dobló en dos y nos llevó corriendo al hospital. Allí, en la sala de espera, bajo la luz fluorescente que todo lo desinfectaba, el miedo se materializó como una bestia. Por primera vez desde que decidí hacerme cargo de todo, me sentí de nuevo como el niño de doce años, asustado y solo.

Saqué un bolígrafo y una factura vieja del bolsillo. Las palabras fluyeron sin filtro, dirigidas a una hermana que ya no existía para mí, pero que era la única persona que entendería la magnitud de mi terror.

"Alejandra, no sé por qué escribo esto. Tal vez porque eres la única que sabe lo que es tener miedo de verdad. Lucero está adentro. Los médicos dicen que son los bebés, que es normal, pero nada de esto es normal.
A veces la miro dormir y veo el fantasma de nuestra madre en su rostro cansado. Tengo miedo de convertirme en él, en papá. Miedo de que estos niños nazcan y solo vean en mis ojos el mismo vacío que yo veía en los suyos. Trabajo hasta que mis huesos gritan, construyo una jaula de responsabilidad, pero por dentro sigo siendo ese niño que quería escapar.
Tú fuiste mi primer hogar, Ale. Y te perdí. Ahora intento construir otro con los escombros que quedan, pero cada vez que Lucero me sonríe, siento que hay una grieta que no logro ver. Una grieta que, temo, es mía.
Si algo les pasa a ellos… a ella… no sé qué quedará de mí. Quizás solo el cascarón que siempre fuiste tú cargando."

Doblé el papel y lo guardé en la cartera. No tenía intención de enviarlo. Era solo un exorcismo, una forma de sacar los demonios para poder seguir fingiendo ser el hombre fuerte que Lucero y mis hijos necesitaban.

Los meses pasaron. La barriga de Lucero era un mundo en sí mismo, y yo su guardián exhausto. Alejandra había desaparecido de nuestra vida, pero su ausencia era un eco constante. Supimos por rumores que había empezado a salir con un hombre mayor, un contador llamado Roberto. Era un intento tan obvio de llenar un vacío que ni siquiera yo podía llenar, me dio más pena que rabia.

Lucero.

El parto llegó en el invierno. Fue un nacimiento vaginal, largo y agotador, pero sin complicaciones. "Es un niño," dijo la enfermera, colocando a un pequeño, rojo y quejumbroso, sobre mi pecho. Aiden. Alexander lloró cuando lo sostuvo por primera vez, sus lágrimas cayendo sobre la manta del bebé.

Y entonces, apenas minutos después, llegó ella. "Y una niña," anunció el médico. Elisa. Menor, más delicada, pero con un pulso de vida tan feroz como su hermano.

Los primeros días fueron un torbellino de noches en vela, biberones y pañales




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