Cartas de otoño

Capítulo 16: El eco del silencio.

🎧The Silence - Manchester Orchestra

Elisa.

El aire en la funeraria olía a flores marchitas y a tierra húmeda. Me aferré a Tobias con una fuerza que me dejó los nudillos blancos, era mi ancla en un mundo que se había vuelto inestable, su calor no podía regresar el mío, estaba condenada a vivir en un invierno frío y doloroso. Tuve que dejarlo en mi habitación porque no quería que sintiera mis penas.

Vi a mi padre de pie junto al ataúd de tía Alejandra. Su espalda era rígida, una estatua de dolor y rabia congelada. No lloraba. Solo miraba el rostro pálido sin movimiento de su hermana con una intensidad que casi podía sentirse, como si intentara grabar cada detalle en su memoria antes de que la madera se la llevara para siempre. Sabía lo que había entre ellos. El secreto que ahora pesaba más que la muerte misma. Y sin poder evitarlo, pensé en la última llamada, en mis palabras envenenadas "nunca quiero volver a verte." El eco me golpeó el estómago y tuve que apoyarme en una silla.

Mis amigas llegaron como un suave murmullo de solidaridad. Claris, Rowena, Valeria, Dayna. Se deslizaron a mi lado, sin decir nada, solo presentes. Sus manos encontraron las mías, un contacto cálido en la frialdad mortuoria.

—Tal vez no pueda evitar la muerte pero estaremos aquí para ti Eli…—susurró Valeria a mi oído. Mientras que las demás solo asentía y me daban un abrazo profundo.

No tardó mucho en llegar, era el, Rael. Se acercó con una tristeza respetuosa en sus ojos. No me abrazó, no dijo palabras vacías. Solo se paró a mi otro lado, su hombro rozando el mío, un faro silencioso en mi tormenta personal. Su presencia no arreglaba nada, pero hacía el naufragio un poco menos solitario.

Pude sentir como levemente su mano se deslizaba y entrelazaba con la mía, no pude sentir nada, mi mente estaba en blanco.0

Fue entonces cuando Alexia se acercó. Sus ojos, tan parecidos a los de mi tía, estaban hinchados y rojos. Me tomó de la mano y me guió a un rincón tranquilo, lejos de las miradas curiosas.

—Elisa —su voz era un hilo quebrado—. Mi papá… Roberto, el… aterrizará en la ciudad dentro de poco, y… me voy con él.

Las palabras no penetraron de inmediato. Era como si me hablaran en otro idioma.

—¿Te… vas?

—Si, esta misma semana. No… no sé cuándo pueda volver. —Una lágrima escapó por su mejilla—. Sin mamá aquí… ya no queda nada para mí en este lugar.

—En verdad… no te quiero dejar, pero…—murmuraba Alexia, sus lágrimas eran evidentes, era imposible negar todo lo que pasó.—Sé que volveré, no te dejaré sola para siempre, eras más que mi prima, era mi hermana…

Sentí como si el suelo se abriera por segunda vez en menos de veinticuatro horas. Alexia, mi prima, mi cómplice en el descubrimiento de todos los horrores, mi último lazo con la única persona que siempre me había ofrecido un refugio genuino, y ahora también se me escapaba.

Abrió los brazos y nos abrazamos. Fue un abrazo desesperado, cargado de todo lo que no podíamos decir. Del duelo por su madre, del miedo al futuro, de la rabia por un destino que nos arrancaba todo lo que amábamos.

—Lo siento Eli —susurró—. Cuidate mucho.

—Debo preparar mis cosas ahora para partir.

Y luego se fue, dejándome más sola de lo que nunca había estado.

Quise gritar, quise correr tras ella, quise decirle que no se fuera, que no me dejara sola en este infierno. Pero algo dentro de mí se había roto, un mecanismo crucial que conectaba mis propios sentimientos.

Abrí la boca, pero no salió ningún sonido. Las palabras se formaban en mi mente "no te vayas", "te necesito", pero se convertían en polvo en mi lengua. Solo pude asentir, con una lágrima fría recorriendo mi mejilla, mientras una parte de mi alma se entumecía, se cubría de una capa de hielo impenetrable.

Ya no podía llorar. Ya no podía gritar. Solo podía sentir un vacío vasto y silencioso, como si alguien hubiera apagado el sonido del mundo.

Lucero.

A veces, la grieta se abría

A veces, la grieta se abría. Y hoy, en el funeral de esa mujer, la grieta era un abismo.

Miro el ataúd y no veo a Alejandra. Veo a Aiden. Pequeño, pálido, envuelto en una sábana blanca, la misma palidez, la misma quietud eterna. Alexander estaba al otro lado del salón, y su perfil es tan cortante como un cuchillo. Lo miro y, por un instante, no veo al hombre con el que he vivido por años. Veo al chico de dieciséis años que me besó detrás del cine, y luego veo al fantasma de Dante sonriéndome con lástima. Las voces se mezclan en mi cabeza.

"Te amo, Lucero", dice la voz de Alexander, joven y llena de esperanza.
"Ese niño que llevas dentro… podemos criarlo juntos, alejate de Alexander, solo te lastima. Por favor mirarme aunque sea una vez…", susurra la voz traicionera de Dante.
"¡Por su culpa perdí a mi hijo!", grita mi propia voz, llena de un odio que ya no sé si es hacia ellos o hacia mí misma.

Aprieto los puños hasta que las uñas se clavan en mis palmas. El dolor físico es un ancla, me ayuda a recordar dónde estoy, pero es frágil.

Veo a Elisa, tan pálida como su tía, y un impulso irracional me atraviesa. Quiero abrazarla, protegerla del frío, de la muerte, de la verdad. Pero otro impulso, más oscuro, me hace querer apartar la mirada. Porque en sus ojos, veo los de él. Y en su supervivencia, veo la ausencia de mi hijo.

La Grieta se ensancha. ¿La estoy protegiendo? ¿O la estoy castigando por vivir? Ya no lo sé. Nada es sólido. Nada es real. Solo el frío del ataúd y el calor de la culpa que me quema por dentro.




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